El aburrimiento de los días de trabajo me entristecía, andaba atrapado en el mundo y asqueado de la vida adulta. Pero esa es otra historia, ¿lo es? Me bajé del colectivo y vos ya estabas en el bar, se te veía de lejos, flaca, el pelo largo, suelto, negro, lentes oscuros y un cigarrillo que estabas por encender. Hablabas o al menos eso parecía. Movías los labios y las manos, sonreías, actuabas de vos misma y te salía bien, tampoco necesitabas actuar tanto. Me hablabas a mí o le hablabas al viejo de la otra mesa o hablabas sola. Era todo irreal, y llegué hasta vos y te vi de cerca… con esos lentes que te hacían como de ensueño, me olvidé de preguntarte con quién hablabas y estuvimos horas diciéndonos cualquier cosa. Quedé flotando, quiero decir… ¿hablé solo esas cuatro horas? Hablamos de cualquier cosa, que es de lo único que se puede hablar, me sentí verdadero incluso cuando actuaba y después me sentí solo, siempre me pasa después de actuar. Pero esa es otra historia, ¿no? Hay escritores que dicen que los aburre leer. Y sí. Los libros son aburridos, como las charlas. Salvo algunos libros o algunas charlas. Me dijiste que le dijiste a no sé quién que eras su mejor compañía, que nunca fallabas, y que después de eso te largaste a llorar y te sentiste desamparada. Qué gilada, contarte lo que hablamos como si vos no hubieras estado ahí. Las palabras latían, de todas maneras, y nos obligaban a seguir hablando, a hacer silencio. Me sentía vivo cuando algo de lo que decíamos corría el límite de lo que me pasa todos los días. No sé dónde empieza el otro lado, de todas maneras. Supongo que es como estar en la misma ciudad, que de golpe es otra. Como el diálogo del libro ese en que un personaje le dice a otro “vos lees mucho, no creas lo que dicen los libros”. A lo mejor debería escucharte con los ojos cerrados. Es difícil ver el cielo y que la palabra cielo no encarcele al cielo. Cerrar los ojos mientras hablás. Después del bar dimos un par de vueltas. Después del alcohol. Me dijiste que seguro conocía algún recoveco del barrio. Te dije que sí, y aunque eso era verdad, también era mentira. Eran todos inventados esos lugares sobre los que escribí, aunque estén. Los inventaba para vivir algo verdadero. No los conozco más que cuando los digo. Bueno, yo sospeché que te referías a eso. A lo mejor solo querías pasar por una cortada cualquiera, una esquina en la que el sol comparta con la tarde su silencio-luz. Dimos unas vueltas por ahí, pero de eso no me acuerdo mucho. Trabajo en un salón sin ventanas y a veces solo quiero echarme bajo el sol. Andar por ahí, al fin, como anduve años y años. ¿Hubo gente que tuvo mejores cosas que hacer? Bueno, yo no. No puedo aceptar que vivir sea ser eficiente con las obligaciones. ¿Hablabas sola cuando bajaba del colectivo? Volví a casa pensando en eso. Por eso tropecé. No se puede flotar mucho rato. Había una señora de pelo rojo y zapatillas violetas, una vieja que tendría setenta, una mujer desprolija, tranquila, tomaba café con leche y vos dijiste “aaah, yo quiero ser así”. ¿Hablaste en borrador? A veces hablás en borrador, que es algo así como dejar temblando a las palabras y esperar su efecto. ¿Fue en ese momento en que te sacaste los lentes? Yo había dejado de actuar y entonces ya no pude volver sobre los pasos de mis palabras. No sé qué dije que te causó gracia. Yo también hubiera llorado en caso de confesarle a alguien que era el mejor. Es un trabajo duro ser el mejor. Hablamos y dijimos algo así como “una trompada-una lluvia-un bar en la madrugada donde todos están borrachos y se miran con complicidad”. ¿Dijimos eso? Verte hablando sola era como ver una película, pero en silencio. ¿Quién no cree en el cine? El alcohol era fuerte y era dulce, dejaba en la boca un sabor espeso y así salían las palabras… El otro lado debe ser igual a este, solo que vas por ahí pero flotando. No te aburrís como en el trabajo. O hasta el aburrimiento tiene un no sé qué que te hace bailar, aunque estés quieto. En este lado todos se están volviendo locos. Algunos resisten. Yo te dije que alguien me dijo que todo el tiempo tiene algo en la cabeza y que eso lo vuelve un tipo desesperado. Con alas debe ser fácil volar. Me gustan los que vuelan sin ellas o al menos lo intentan. ¿Andar sin nada en la cabeza es deslizarse hacia el otro lado? Había quedado como en blanco, que no es lo mismo que no tener nada en la cabeza. Estar en blanco es como verse desde arriba. Dura un segundo… ¿Estás? Me diste un sacudón. Chasqueaste los dedos. Había una señora de pelo rojo y ahora su mesa estaba vacía. Era tan real la sensación de que seguía ahí… “Como un espejo que tarda unos segundos en darse cuenta que ya no hay nadie mirándose en él”. ¿Dijiste eso? Hace rato que estoy hablando solo y no tengo nada claro. ¿Estás? Tu apodo es como traer algo del otro a este lado. Dura un segundo. Solo cuando lo digo. No puedo decirlo muchas veces porque es como enloquecer. Dimos un par de vueltas después del alcohol y vos dijiste que todos sabemos que al terminar la película nos echan del cine. Y respondiste que bueno, que sí, pero me preguntaste si nunca vi a una persona sola, entre las butacas vacías, atrapada en lo que ve. ¿Cuándo fue que te dije que hablar con vos era como ser otro, pero sin actuar? Hablábamos de cualquier cosa, que es de lo único que se puede hablar. De romances arribas de un taxi y de los chicos destruidos por la cocaína. Yo quería perder el tiempo. Andar por ahí, equivocarme de colectivo, qué sé yo. Ir al río porque en una película vi que alguien iba al río y entendía qué le pasaba. Aunque yo después no entienda nada. ¿Estás? Otra vez tenías los lentes de sol, un cigarrillo encendido, no sé si era el bar o una calle cualquiera, me diste un sacudón porque otra vez estaba en blanco, pero ahora estaba ido de verdad y ya no podía volver. Hay una calle que es como esa calle en la que caminábamos, pero no la podíamos caminar porque no la podíamos decir.

Collage: Delfina Freggiaro
Este texto, que se llama “El otro lado”, pero que también podría llamarse “Del otro lado”, salió publicado en el fanzine ¿Hubo algún mal modo?, editado en Rosario en Octubre de 2022. Quienquiera adquirirlo, puede contactarse con el escritor o la ilustradora.
Instagram: Santiago BEretta
Delfina Palmer






