EL ENTIERRO / Santiago Beretta

A un costado de la tumba, de pie, el pastor predicaba. Llevaba camisa gris y pantalón de vestir negro. Parecía apurado. Su tono era monótono y bajo, pero el silencio que nos envolvía hacía audibles sus palabras; fríos filamentos de sonido atravesando la mañana. 

—Ahora que El Señor la llevó a su lado, Analía va a encontrar la paz que solo existe en el Reino de los Cielos…

Dos tardes atrás la visitaba en el Hospital de Emergencias y me quedada mudo, ausente, ante su cuerpo destruido por el fuego. Estaba entubada, conectada a un respirador, cubierta de gasas y vendas y con la cara vacía de todo gesto. En la recepción, en el horario de visita, sus amigas me habían visto preguntando por ella: 

—A vos te quiere, hablale, la vas a ayudar —me dijo la Caro, su mejor amiga, una morocha de ojos rasgados que me llevó hasta la sala de terapia intensiva.

***

La conocí en un boliche de cumbia de la zona norte, al que iba cuando quería dejar atrás la asfixia que me provocaban mis rutinas de adolescente del centro, de bohemio atemporal. Era flaca, se movía con soltura y miraba a su alrededor con aire descreído, como si sospechara que el mundo iría a jugarle una mala pasada. Vivía en uno de los departamentos de barrio Fonavi y estaba ahí acompañando a una amiga.

—No me gusta esto, me gusta la electrónica, porque voy sola y no me molestan. Acá, si no estoy con alguien, los tipos no me dejan en paz.

Teníamos dieciocho, queríamos escapar de nuestros destinos y eso nos unía. Nos acostamos aquella noche y algunas más; después nos volvimos amigos. Íbamos a recitales de rock; nos juntábamos a tomar vino en algún parque o nos acompañábamos en las fiestas y los cumpleaños. Nos queríamos.  

El día que la internaron, hacía un mes que se había instalado en lo de su novio, un tipo de treinta que trabajaba en una metalúrgica y vivía con sus dos hijos. Recién se conocían. Ella tenía veinte. Además del hogar, había dejado el trabajo y el profesorado de educación física. Su madre había querido “recuperarla”, pero cada vez que lo intentó volvió a su casa más enojada de lo que salió. No hubo caso.        

***

La enterraban en el sector municipal de La Piedad, donde las parcelas son gratis. Las lápidas sin inscripciones, rotas o ausentes se veían desoladas. Sin decorado ni ornamentos, el olvido y la muerte se trenzaban en absoluta desnudez. Nadie lloraba. Nadie se movía. Solo hablaba el pastor, que había sido convocado primero al hospital y finalmente al entierro. 

—Y es porque Dios tiene un plan para nosotros que hoy Adriana no está en cuerpo, pero sí su alma, que vive en el Más Allá…

***

La última vez que nos cruzamos anduvimos por la costanera de La Florida. Dimos unas vueltas y nos instalamos en el bar que está  a la vera del puente Rosario-Victoria. Sus ojos se apagaban y, cada tanto, lanzaban un relámpago de horror, una chispa siniestra que hasta entonces no había visto nunca en ninguna mirada. 

No hablamos. Esquivó todas mis palabras. De un salto se levantó de la mesa y me dijo que se iba. Salí tras ella. Al verme, se dio vuelta y me empujó. 

—¿Qué mierda te pasa? ¡La puta madre! —fue lo único que le pude decir.

—Bueno, te dejo que me acompañes a buscar un taxi, pero no me hablés.

Hacía dos años que pateábamos juntos. Tal como me ocurrió las pocas veces que la vi en ese último tiempo, sentí que estaba frente a otra mujer. Se me cruzó por la cabeza que se había enganchado a tomar merca y quería ocultarse de mí. O que algo la había golpeado y en cualquier momento se ahorcaba. 

***

El pastor, para finalizar un discurso impersonal que duró varios minutos, aclamó:

—Y ahora vamos a despedir de este mundo a Analía; y Dios le dará la bienvenida a su mundo celestial, lleno de amor infinito, libre de cargas y de pesares —y se corrió de escena dando lugar a que los deudos se acerquen. 

Su padre, un mecánico de la zona del Fonavi y Parque Field, un viejo con cara de bueno y ojos transparentes, apoyó sus manos en la tierra y murmuró:

—Hija, te voy a buscar toda la vida…

***

Sus manos finas, de dedos pequeños, lucían siempre las uñas rojas. Su pelo era lacio y lo llevaba rubio, platinado, opaco y brilloso al mismo tiempo. La primera vez que estuvimos caí a sus pies. Fue en un motel de paso de la zona de la terminal. Pero en las veces siguientes nuestros cuerpos se molestaron. Ni idea qué pasó. Lo cierto es que nos vestíamos y nos quedábamos charlando. 

Ilustración: Santiago Grunfeld

—Nunca estoy con nadie muchas veces. Pero a vos te quiero de amigo —me dijo.

¿Amigos? Así no se hacen las amistades, pensé. A la semana, de todos modos, la invité a tomar una cerveza. Creo que nos vimos en la esquina de Washington y Rondeau. La lluvia torrencial que se desató afuera nos atrapó. La risa también. Sentí que estaba frente a una desconocida con la que podía confiar ciertas intimidades y la cerveza que tomábamos se transformó en un montón de cervezas. De un momento a otro éramos amigos.  

***

Había intentado matarse una vez o, al menos, había hecho sonar la alarma, tomándose de golpe varios frascos de pastillas. Algo en relación a su madre quebró los huesos de su vitalidad. Recordé que una vez me dijo “mi vieja está desquiciada”; pero como a esa edad todos sentimos algo más o menos parecido —yo pensaba lo mismo de la mía—, no le di al asunto mayor importancia. 

Hacía tiempo era un fantasma que solo volvía a la vida para hablar de su hermano más chico, un pibito de trece que ya pateaba con los pesados del barrio. Hablaba de él y lloraba por él. Luego se aislaba en su silencio. Entonces conoció al metalúrgico, y con él construyo (o padeció, nunca lo sabré) una muralla que la separó de su entorno.  

Noticias. Especulaciones. Chismes. Interpretaciones. Información fragmentada. 

De todo me enteré la tarde que fui a visitarla al hospital, tras un llamado de la Caro, quien me puso al día y me dijo: 

—A vos te quiere, hablale, la vas a ayudar.

***

Una tarde la pasé a buscar por el bar de Ovidio Lagos y Pellegrini donde trabajaba de moza. Nos instalamos en el Parque Independencia y esperamos la noche con un porro. Fuimos a mi casa, nos bañamos y nos llegamos a una fiesta de música electrónica que había en el centro. Para mí fue una salida pésima; nunca me gustó ese ambiente y lo único que hice fue aguantar a que la joda termine. Ella bailaba feliz y se divertía aún más obligándome a bailar a mí. Bueno, no a bailar, tan solo a que me mueva un poco. Después el día puso sus pies en la ciudad y nos comimos unas hamburguesas en un carrito, para que la grasa nos absorba el alcohol y nos dé energía. Volvimos a mi casa. Dormimos unas horas y nos levantamos. Ella se fue a trabajar y yo seguí durmiendo. Fue la última vez que la vi disfrutando de la vida.    

***

Llegó el turno de la Caro. La morocha se acercó a la tumba, se hincó, cerró los ojos y le habló en silencio. Después vino y me abrazó. Las nubes ganaban el cielo y el viento soplaba fuerte en el oeste. Nos apartamos del grupo y caminamos sin rumbo. La Caro era su amiga desde la primaria y lloraba sin parar. Le dije que compremos unas flores y eso la entusiasmó.

—Violetas, que sean violetas —dijo. 

Ilustración: Santiago Grunfeld

Al parecer, todo había ocurrido por un cortocircuito en mitad de la noche. Chispazos en unos cables que atravesaron el techo. Cuando ella y el metalúrgico despertaron, el humo y las llamas ya se habían adueñado de la casa. Sacaron a los chicos, que tras una internación de un par de días recuperaron su salud, pero ellos no zafaron. El monóxido de carbono inhalado fue mucho y la espera de la ambulancia se hizo larga, tanto que los vecinos de Parque Casas casi linchan al ambulancista.       

***

La fuente seca y olvidada de la plaza Santos Dumont, un lugar al que no va nadie y era para nosotros una suerte de refugio. Las playas de La Florida, los rincones que estaban entre la orilla y los bares, ya cerrados por la noche. El bodegón del centro en el que desayunamos una mañana después de una caravana. Cualquier carrito de panchos. Todas paradas nuestras que hacían el mapa de las andanzas alegres, despreocupadas, que nos llevaron de acá para allá. 

***

Dos tardes atrás entraba a la sala de terapia y le decía que la quería y que todos la queríamos mucho, que era fuerte y se iba a salvar. Y aunque esto no es mentira, tampoco es verdad. Ni bien la vi me vacié de mí mismo. Yo no estaba ahí, ni estaba en ningún lado. El autómata que me reemplazó dijo las palabras correctas para la ocasión. Le dijo que la quería y que todos la queríamos mucho, que era fuerte y que se iba a salvar.

***

Dejamos las flores violetas en la tumba y nos fuimos. El cementerio estaba casi vacío y el paisaje que nos rodeaba, a medida que nos acercábamos a la salida, se me hacía extraño, irreconocible. Panteones. Grandes lápidas. ¿Dónde estaba? 

En la calle, compartimos un cigarrillo sin decirnos nada. La Caro todavía tenía los ojos vidriosos. 

—¿Te diste cuenta? —le dije mientras abruptamente—. El pastor se equivocó el nombre todas las veces… 

De golpe, como si acabara de despertarme, volví a mí. Y el dolor del que escapé en la sala de terapia y en el sepelio me quebró como a una vieja rama seca. 

¿Cómo podía ser? 

Nuestra amiga, Anabel, estaba muerta y enterrada. 

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