Qué nene más lindo, escuchó y esperó a que todo pasara. Era una película que se repetía cada principio de mes. La mano de la enfermera era grande, casi tan grande como la de su papá, por eso no dijo nada cuando lo despeinó. Se aburrió escuchando la charla, siempre la misma: que estaba bien pero que algunas veces se perdía, que se ponía mala cuando la comida no le gustaba y que la habían puesto linda para la visita. La enfermera les pidió que esperaran un minuto que los hacían pasar.
– ¿Por qué dijo que se puso linda?
–Porque seguro que se arregló para vernos.
– Pero es vieja.
– Eso no se dice, Pablo. Es tu abuela.
La enfermera lo salvó, el tono de su papá había sido poco amigable. Para él, linda era Mariana, la compañera que se sentaba en el primer banco y con la que jugaba a la escondida en el recreo.
Caminaron hasta el patio, el toldo metálico estaba entreabierto y el sol dibujaba líneas horizontales en la pared. Una de esas líneas le daba de lleno en la cara a un grupo de viejos sentados. Uno de ellos masticaba como las vacas. En la escuela le habían enseñado que eso se llamaba “rumiar”. Viejo vaca, pensó. La señora de al lado estaba quieta, en silencio, con la mirada perdida en el cielo.
–Busca formas en las nubes –le dijo la enfermera y le señaló una– ¿Ves? Esa parece una jirafa.
Tenía razón. Era una jirafa que comía hojas de un árbol muy frondoso. Recordó que las jirafas también son rumiantes.
– ¡Pabito!
Se dio vuelta. Si no fuera porque estiraba los brazos para saludarlo no la hubiese reconocido. Para él todos los viejos eran parecidos. Repitió Pabito, sin pronunciar la ele. Odiaba que le dijera así.
–Vení a saludar a tu abuela –le ordenó su papá.
Caminó lento. Si algo no quería, era saludarla. Cuando le daba un beso, podía ver cómo los dientes se le despegaban del paladar, cómo se le formaban hilos de saliva. Cuando su abuela se acercaba, él sentía su piel arrugada, el olor a hospital, el aliento tibio. Pero lo peor era escuchar cómo la dentadura volvía a acomodarse en el paladar después de darle el beso.
–¡Cómo cdeciste!.

Ilustración: Santiago Grunfeld
La abuela le sostuvo la cara con las dos manos mientras la dentadura bailaba dentro de su boca. Lo soltó por un momento, sólo para mostrárselo a su compañera de patio. Una señora que ni siquiera tenía dientes y le hizo preguntas inentendibles. Contestó con una sonrisa tímida y la señora le dio un beso ruidoso en la oreja. Su papá se sentó con su abuela y Pablo sintió que podía quedarse lejos hasta que se hiciera la hora de volver.
La señora del beso en la oreja le dijo algo y le indicó con la mano temblorosa una de las habitaciones. Él miró a su papá buscando algún tipo de respuesta, pero su papá no le prestó atención. Estaba concentrado en su abuela. Volvió entonces a la señora que, ayudándose con la cabeza, le insistía para que se dirigiera a esa habitación.
– Lobombonetraé.
Empujado por el dedo de la señora caminó hacia el pasillo. Era largo y celeste. De un lado estaba el patio y del otro una fila de puertas abiertas. Pasó por la primera habitación y vio dos camas vacías.
Arriba de las camas, dos crucifijos.
En el rincón, un camisón.
En el piso, un par de pantuflas.
En la mesa de luz, una jarra de agua.
Se dio vuelta y miró el patio. Los viejos formaban una larga fila iluminada por el sol. – ¡Lobombone! –la mano de la señora había tomado una actitud más enérgica.
Hizo unos metros más y llegó a la segunda habitación. Dentro, una enfermera le daba de comer a una señora muy vieja. Miró sus ojos, los tenía blancos. Cada vez que la enfermera acercaba la cuchara, la señora le tomaba el brazo intentando sacársela.
— No, Gladys, dejame —suplicaba la enfermera con paciencia.
Después de insistir un poco, la enfermera pudo hacer que la señora comiera una cucharada y Pablo vio como la comida se escapaba por la comisura de los labios.
El color de la comida, el ruido de Gladys masticando.
–¡Ahínoé! –dijo impaciente la vieja de sonrisa desdentada.
Pablo se asustó al ver como el dedo de la señora parecía desprenderse. Caminó unos pasos más siguiendo la línea imaginaria que dibujaba esa mano temblorosa. Cuando llegó a la última puerta, la vieja asintió dejando al descubierto su paladar desnudo. Pablo dio dos pasos hacia atrás, trastabilló con un desnivel y se agarró del picaporte. Levantó la vista. Un hombre acostado en una cama respiraba al compás del bip monocorde de la máquina que mide el latido de los corazones. Se preguntó dónde estarían los bombones y vio, sobre una mesa de luz, un vaso de agua con una dentadura postiza dentro. Concluyó que esa era la cama de la señora. Abrió el cajón pero no había nada.
–¿Usted sabe dónde están los bombones de la señora? –le preguntó al hombre de la cama.
Pero el hombre no contestó. Pablo repitió la pregunta con el mismo resultado. Entonces, se acercó y vio que tenía los ojos clavados en el techo, la boca entreabierta. Pablo levantó la cabeza y miró hacia donde el señor miraba: las manchas de humedad se parecían mucho a las nubes.
– ¿También busca formas?
El señor, por supuesto, no contestó. Ni siquiera movió los ojos. Pablo tomó una silla y se sentó a su lado un rato. No veía nada más que humedad hasta que la jirafa apareció en el techo y seguía comiendo del árbol frondoso.
Pablo sonrió.
El árbol comenzó a perder las hojas. Una a una se caían de la copa hasta que quedó pelado, sin vida. El tronco comenzó a resquebrajarse. Del centro se levantó una lengua llena de verrugas y pequeños tentáculos de carne podrida y piel deshecha. La jirafa se dio vuelta y Pablo vio los mismos ojos blancos de la señora a la que se le caía la comida. Pero no era la señora, no, era el viejo vaca que le pedía ayuda. Pablo no podía hacer nada. Los tentáculos tenían al viejo vaca tomado del cuello.
Intentó gritar pero no salió ningún sonido. Intentó nuevamente con el mismo resultado hasta que vio cómo los tentáculos cambiaban de color. Celestes, celestes, celestes como el pasillo. Se movían como las serpientes encantadas y en cada ventosa tenían dientes afilados como los de las pirañas que se pegaban al cuerpo del viejo vaca y lo vaciaban. Cada vez más vacío, el viejo vaca pedía más ayuda hasta que no quedaba nada de él, entonces, las ventosas eran sonrisas y luego carcajadas que retumbaban en cada rincón de ese campo gris. Gris y celeste, celeste, celeste.

Ilustración: Santiago Grunfeld
Pablo se dio vuelta, el hombre lo miraba fijo a los ojos.
Balbuceó una palabra que sonó muy parecida a suerte.
¿O fuerte?
O algo peor.
Y esta vez, su grito se escuchó en todo el geriátrico.
– ¿Qué hacés acá? –le dijo un enfermero mientras trataba de calmar al señor.
–Yo no hice nada, juro que no hice nada –repetía entre lágrimas.
Su papá apareció por la puerta y fue a su encuentro. Él escondió la cara entre sus piernas.
–¿Qué pasó? –le preguntó al ver que tenía el pantalón manchado, pero él no contestó. Me quiero ir, pa, me quiero ir, repetía una y otra vez. Tranquilo mi amor, tranquilo, ya pasó decía como un mantra su papá. Ahora nos tenemos que cambiar.
Fueron hasta el baño y abrieron la canilla. El sonido del agua lo calmó. Su papá volvió a preguntarle qué había pasado.
–No quiero … –y no terminó la frase porque su papá lo abrazó.
Salieron y caminaron por el pasillo. No parecía tan celeste como antes. La mujer de la segunda habitación dormía y en la primera no había camisón. Miró por última vez al
patio, la señora que buscaba formas en las nubes tenía la mirada clavada en el suelo y el viejo vaca seguía rumiando con su cabeza pegada al cuerpo.
–Voy a saludar a tu abuela –dijo el papá y, por primera vez, no le pidió que lo acompañara.






