Me vestí lo más presentable posible, sin llegar a exagerar: mocasines, pantalón jean, camisa y pulóver gris de cuello en “v”.
—¿Así estoy bien?— le pregunté a mi hermana.
—A ver— dijo ella.
Me acomodó el cuello y me besó.
—Listo.
Tenía puesto unos aros plateados en forma de argolla, que resaltaban sobre su pelo oscuro, y un vestido negro que combinó con una campera de cuero del mismo color.
Agarramos el auto y fuimos para el velorio.
—¿Cómo estás?— le pregunté en el trayecto.
—Bien— dijo Cecilia.
—¿Segura?
—Sí, no te preocupés. Está todo bien.
El barrio quedaba bastante lejos de donde vivíamos, las calles aún eran de tierra y recién empezaban a verse un par de construcciones precarias. El resto se mantenía igual: grandes terrenos vacíos sin desmalezar.
—¿Cuántos años tenía el abuelo?— le pregunté.
—Ochenta y cuatro.
—Podría haber vivido un poco más y evitarnos las molestias, ¿no?
Subió los hombros y torció los labios.
—¿Segura que estás bien?— volví a preguntarle.
—Segura— dijo y me devolvió la mirada con esos ojos grandes que mostraban cada iris casi por completo.
Sabía que mentía, la había escuchado llorar en el baño horas antes, así es que le hice una caricia suave en el cachete y volví a poner mi mano en la palanca de cambios. Ella apoyó su cabeza en mi hombro y con su dedo dibujó un círculo repetido sobre mi pecho.
La casa se distinguía desde lejos, sobresalía entre las que había en esa cuadra. Estacionamos y entramos por el pasillo que daba al patio descubierto. En el centro estaba el cajón abierto y alrededor varios de nuestros familiares. El olor a muerto se mezclaba con el de las velas aromáticas y el de la Colonia Crandall del abuelo, el de las flores ni siquiera se sentía.
Papá y mamá se acercaron.
—¿Cómo están?— preguntó mamá.
—Bien— dijo Cecilia.
Nos abrazamos entre los tres. A papá le costaba ser demostrativo, incluso en ese momento.
Saludamos al resto de los familiares. A la mayoría no los veíamos desde que murió la abuela. No había ningún niño, como era la costumbre en estos casos.
—¡Qué grande están! —dijo tía Elsa— ¿Recién llegan?
—Sí, recién— dijo Cecilia.
—Yo estoy desde hace rato. Espero que termine pronto— dijo y la voz se le quebró.
Me mantuve quieto y en silencio, Cecilia fue más amable y la abrazó.
—¿Qué voy a hacer si me toca? —dijo tía Elsa— Soy su hermana, ¿entendés?
—Cálmese, tía— dijo Cecilia.
Sacó un pañuelo descartable y se lo pasó.
—Gracias, hijita.
Se quedó un buen rato haciéndonos preguntas de vieja chusma.
—Es una momia, ya vivió. Ni siquiera tendría que afectarle— dije apenas se fue.
—Sí, pero igual me dio pena— dijo Cecilia.
Nos arrimamos al cajón para ver mejor al abuelo, sus ojos blancos por la ceguera, estaban abiertos por completo. Vestía una camisa azul a cuadros, chaleco gris de alpaca, un pantalón corderoy marrón y alpargatas negras. Le habían recogido el pelo y emparejado el bigote y la barba.
—Lo hubieran vestido más presentable— me quejé.
—Esta era su ropa favorita— dijo Cecilia.
Nos apartamos del cajón y recorrimos la casa. Entramos al cuarto donde el abuelo atendía. Había olor a humo, las paredes tenían pegadas estampitas de santos con frases de agradecimiento. Alrededor del piso estaban las velas derretidas y varias monedas mezcladas con cera.
Volvimos al patio y nos sentamos en la esquina de una de las bancas. Corría un aire frío y empezaba a anochecer.
Tía Elsa se acercó de nuevo con una bandeja.
—¿Gustan café?
Agarré una taza, Cecilia no quiso. Parecía muy afectada, así es que la abracé.
Don Zárate, el único que no era de la familia, pidió silencio, se puso a la cabeza del cajón y dio un discurso. Contó cómo conoció al abuelo y algunas anécdotas que compartieron en su oficio.
Cuando terminó de hablar, aplaudimos y el viejo pidió que nos mantuviéramos en nuestros sitios.
—Ya es hora— dijo.
Ordenó que pasáramos de acuerdo a cómo estábamos ubicados, empezando por su izquierda.
Tía Elsa, que estaba sentada en el medio, se cambió a una de las bancas del frente. Se armó la discusión y don Zárate volvió a pedir silencio.
Se acercó a mamá y le pidió que pasara.
Mamá se puso frente al cajón, tomó la mano del abuelo y dijo:
—Qanwan qashani, Rogelio. Dame tu bendición.
Se quedó un rato, lo soltó, le dio un beso en la frente y volvió a sentarse.
—Era obvio, no es familiar directa —dijo tía Elsa.
Los demás le pidieron que se callara.
Pasó el segundo… el tercero… el cuarto y no hubo nada extraño. Llegó el turno de papá, se levantó y caminó firme hacia el cajón, sujetó la mano del abuelo y dijo la frase, pero todo se mantuvo igual. Entonces tía Elsa se llevó las manos a la cara. Don Zárate le ordenó levantarse y ella fue tambaleando, como si estuviera por desmayarse.
—Soy yo… Anoche soñé que venía a buscarme— dijo tía Elsa y se largó a llorar.
La ayudaron a sentarse, le trajeron un vaso de agua.
—¿Ya se siente mejor?— preguntó don Zárate.
Tía Elsa asintió y el viejo le extendió la mano para ayudarla a levantarse de nuevo. La guió hasta el cajón y ella se apoyó sobre la madera, extendió tu mano y repitió la frase:
— Qanwan qashani, Rogelio. Dame tu bendición.
El cuerpo le temblaba como si fuera a darle una convulsión.
—Ella es— dijo alguien.
—Son los nervios… son los nervios— dijo tía Elsa.
Pero el murmullo entre el resto de los familiares continuó, hasta que don Zárate le dio permiso de retirarse.
Tía Elsa se soltó violentamente, volvió a llorar y se reía como una loca.
Seguimos pasando uno a uno y me ví frente al abuelo, acostado en su cajón, con los ojos abiertos. Tomé sus manos y de repente me pareció que respiraba, aunque su cuerpo estuviera frío y duro.
—La frase— dijo don Zárate.
Tragué saliva y repetí las palabras con cierta dificultad. Las manos del abuelo permanecieron rígidas.
—Podés irte— dijo don Zárate.
Me senté y llegó el turno de Cecilia.
—Suerte— le dije.
Me sonrió, se levantó de la banca y caminó hacia el abuelo, tomó sus manos y repitió la frase. Pero esta vez fue diferente. Los brazos de Cecilia se hundieron de golpe adentro del cajón.
—¡Soltame! ¡Soltame!— gritó.
El cuerpo del abuelo se levantó lentamente hasta quedar sentado. Sus manos sujetaban las muñecas de Cecilia que pedía ayuda.
Me levanté y don Zárate me indicó que me quedara dónde estaba. Caminé unos pasos y alguien me estiró del cuello del pullover. Era tía Elsa.
—Así son las cosas, hijo. Hay que respetar la tradición— dijo papá.
Mamá solo lloraba, ni siquiera miraba hacia donde estaba Cecilia.
Hice otro intento de ir hacia donde estaba ella. Don Zárate me lanzó una mirada y papá apoyó su mano en mi hombro desde atrás. Las piernas me temblaron.
Cecilia había dejado de gritar y no ponía resistencia. En el cajón, los ojos del abuelo recuperaban su color, mientras los de ella se iban volviendo cada vez más blancos.







