La isla de Böcklin
Aún hay algo en ese rostro
Aún hay algo que podría responderme
pero se niega a hacerlo
Aún no es el cuerpo que, con mecanismos secretos e implacables,
trabajará contra sí mismo
Aún no es una frase que repite hasta el cansancio
Aún no es una anécdota inofensiva
Aún no es.
Sueño
Sueño que se desliza por el espejo de agua
hacia la orilla de la isla
Nunca llega
Otras veces está suspendido dentro del lago
como la frágil figura de marfil en un diorama chino
Nunca llega
Una boca abierta que deja ver un paladar aún rosado
como un cristo
que se sacrifica para alimentar el vórtice oscuro de su propia garganta
Cuando un débil olor
a piel
a pelo
a grasa
se insinúa
Me despierto o huyo aterrada
En la otra orilla
el pequeño bosque sugiere una profundidad verde
lo bastante oscura como para resguardar un humilde misterio
Nunca llega.
Aún hay algo en ese rostro
Aún hay algo que podría responderme
pero se niega a hacerlo
Aún no es el cuerpo que, con mecanismos secretos e implacables,
trabajará contra sí mismo
Aún no es una frase que repite hasta el cansancio
Aún no es una anécdota inofensiva
Aún no es.
Sueño
Sueño que se desliza por el espejo de agua
hacia la orilla de la isla
Nunca llega
Otras veces está suspendido dentro del lago
como la frágil figura de marfil en un diorama chino
Nunca llega
Una boca abierta que deja ver un paladar aún rosado
como un cristo
que se sacrifica para alimentar el vórtice oscuro de su propia garganta
Cuando un débil olor
a piel
a pelo
a grasa
se insinúa
Me despierto o huyo aterrada
En la otra orilla
el pequeño bosque sugiere una profundidad verde
lo bastante oscura como para resguardar un humilde misterio
Nunca llega.

Para dormir la siesta en invierno
Hoy mi mente es una habitación a oscuras
La escalera detrás de los ojos lleva al fondo oculto del cráneo
Hay olor un olor dulce a flores maltratadas
Y un abuelo olvidado en el féretro
los párpados arrugados
vacíos
Una telaraña gris en los labios
En las cañerías, una perla perdida canta
aguda y suave,
Suena como un reino lejano y celeste
Y hay oscuridad dentro de la oscuridad,
Y sombras dentro de la sombra
En una esquina algo como un cachorrito lastimado
Ríe o se muere
Hay un corredor que, por fin, se desordena hacia el sueño.
Hoy mi mente es una habitación a oscuras
La escalera detrás de los ojos lleva al fondo oculto del cráneo
Hay olor un olor dulce a flores maltratadas
Y un abuelo olvidado en el féretro
los párpados arrugados
vacíos
Una telaraña gris en los labios
En las cañerías, una perla perdida canta
aguda y suave,
Suena como un reino lejano y celeste
Y hay oscuridad dentro de la oscuridad,
Y sombras dentro de la sombra
En una esquina algo como un cachorrito lastimado
Ríe o se muere
Hay un corredor que, por fin, se desordena hacia el sueño.

Una elegía de enero
Las palomas eligen el edificio que da a la ventana de mi estudio para morirse: son criaturas sencillas. Bestias monumentales como los elefantes erigen, con sus propios huesos, imponentes cementerios, y su memoria destella blanca en el medio del desierto como un oasis de la muerte. Ellas, en cambio, tienen aquí su humilde moridero: las superficies horizontales son escasas e incómodas y en las grietas de las paredes se forman árboles raquíticos. Las veo morirse mientras intento escribir, se cocinan despacio al sol de enero. Todas tienen la misma técnica: contenidas por las molduras góticas de las ventanas falsas, se disponen en diagonal con el pico hacia abajo. Son gargolitas grises y precarias. Las veo morirse mientras rasco con las uñas blandas la superficie reseca del pensamiento esperando una idea. A veces están acompañadas por sus parejas que las picotean amorosamente o que intentan, extendiendo un ala, cubrirlas de la vergüenza del mediodía. Y las veo morirse. Y me desespero porque quiero decir algo o más bien porque ya sé que no hay nada que decir. Y las veo, después de unos días, deshidratarse hasta convertirse en una superficie plana y seca como la lámina detallada de un libro viejo de biología. Recién ahí, caen al piso.
Las palomas eligen el edificio que da a la ventana de mi estudio para morirse: son criaturas sencillas. Bestias monumentales como los elefantes erigen, con sus propios huesos, imponentes cementerios, y su memoria destella blanca en el medio del desierto como un oasis de la muerte. Ellas, en cambio, tienen aquí su humilde moridero: las superficies horizontales son escasas e incómodas y en las grietas de las paredes se forman árboles raquíticos. Las veo morirse mientras intento escribir, se cocinan despacio al sol de enero. Todas tienen la misma técnica: contenidas por las molduras góticas de las ventanas falsas, se disponen en diagonal con el pico hacia abajo. Son gargolitas grises y precarias. Las veo morirse mientras rasco con las uñas blandas la superficie reseca del pensamiento esperando una idea. A veces están acompañadas por sus parejas que las picotean amorosamente o que intentan, extendiendo un ala, cubrirlas de la vergüenza del mediodía. Y las veo morirse. Y me desespero porque quiero decir algo o más bien porque ya sé que no hay nada que decir. Y las veo, después de unos días, deshidratarse hasta convertirse en una superficie plana y seca como la lámina detallada de un libro viejo de biología. Recién ahí, caen al piso.

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https://ubikrevista.com/2025/08/cosas-que-aprendi-a-los-ocho-anos-azul-chiodin






