Ensayo de Introducción: Juan Cruz Catena.
Si la lengua 4.0 está anegada de imágenes, esta serie ensayística interroga el cuerpo dañado del cual, olvidándolo, alguna vez partieron, o hacia el cual, ofendiéndolo, están destinadas (como un flecha hacia su presa distendida).
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Vengo obsesionado con una idea: una imagen es el órgano sobreviviente de una predación. Todavía no dimensiono su alcance. Devorados los ojos, los dedos, desgarrados los glúteos, los hombros, mordidos los labios, las orejas, puede sobrevivir una imagen, herida, de la presa. Hecho predatorio e imagen sobreviviente, la condición del daño y la dignidad de sobreviviente son las dos grandes puntualizaciones que acá reviste la imágen.
Nunca pude sugestionarme con la idea de que la predación no deje restos, tampoco con la idea de asunciones felices de las pérdidas, siempre tendí a la pena, casi como una servidumbre voluntaria. Volver sobre las imágenes, esta vez asumiendo su daño, su deformación, su precariedad amenazada, me hace sentir que escribo con honestidad intelectual. Esa es la tesitura que invita a este ensayar, la idea de imágenes sobrevivientes al desgarro, imágenes en pena al igual que las viejas almas, vecinas al júbilo o linderas al susto, casi hipocondríacas, pero piadosamente imágenes.
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¿Cómo puede una imagen ser un órgano y sobrevivir a los ojos ensangrentados? ¿Animismo inconfesable? ¿Cuándo adquiere ese estatuto específico que se intentará indagar en estos ensayos? Preguntas que pueden ir encontrando su respuesta en esta serie que inaugura e indaga Héctor Rio.
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Me interesa explorar una pareja, le descreo a la soltería, busco indagar, en esta época atormentada de imágenes autosuficientes, el maridaje de cuerpo e imagen. A Héctor lo invité planteándole qué serie de imágenes, desde 1999 a 2021, lo mordieron. ¿Cómo puede morder una imagen si no tiene dientes? Aventurando un primer intento de respuesta, creo que el cuerpo inhibe la proliferación oceánica de imágenes, creo que cada imagen procede y reenvía a un cuerpo, y creo, por eso, que de ahí me viene obstinadamente la idea de imagen dañada, de imagen ósea, o con órganos lesionados, o con extensiones deformes, o con injertos somáticos.
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Seguir la pista somática u orgánica de la imagen es un planteo psicopatológico que he aprendido, primero, en el tratamiento de las neurosis de angustia, y que, ahora, me sirve de invitación para ponerle coto al desenfreno místico de las imágenes red, esas imágenes independizadas del cuerpo que son comparables a la imagen de libertad que los nuevos libertarios independizan del contexto exangüe.
Me gusta que el ensayista pueda percibir los órganos trastornados que engendran sus imágenes. Una imagen procede de un cuerpo y el cuerpo de la imagen, independizado, es un cuerpo ofensivo sin tregua, desembozado. ¿Imágenes con dientes, imágenes cojas, imágenes uppercut, imágenes analgésicas, imágenes cadáveres, imágenes persecutorias?
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¿Cuál es el verbo que las acompaña en su independencia del cuerpo del fotógrafo? ¿Una imagen grita? ¿Ataca? ¿Indigesta? ¿Rejuvenece? ¿Pulmona? ¿Cansa? ¿Sintomatiza?
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1999/2021, o cuando el tiempo de la imagen reenvía al cuerpo del fotógrafo. ¿Dónde estuvo mordido Héctor en el 99? ¿Y en el 2001, en el 2008 o en el 2015? Las imágenes supervivientes al hecho predatorio son rastros, señales de la zona donde el cuerpo fue acometido; parecen inmóviles pero se diseminan como las plantas. ¿De qué zona del cuerpo parten y a qué zona del cuerpo apuntan? ¿Una imagen que hiere el tímpano, otra que excita los genitales, la que da un ACV? Los destinos de las imágenes son intrínsecos a ella, parásitos, necesitan de otro cuerpo en la enigmática medida que necesitan crecer lejos del cuerpo del que proceden: disparos orgánicos.
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Creo que ahí donde el fotógrafo está concernido la imagen siempre, siempre, es una imagen somática, incluso cuando es un fotomontaje abstracto extremadamente bello. Lo que eleva la belleza dignifica la degradación: no existen imágenes incorpóreas, incluso aquellas astronómicas de la vía láctea, tan próximas al vértigo somático, o, por el contrario, a la conciliación onírica del cuerpo.
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Invitamos, junto a Héctor, a percibir desde acá, a seguir, durante el lapso de un año, la presa en pena de las imágenes somáticas. Invitamos, para eso, a reencontrar la espesura que tirotea a la imagen flotante de las redes, como artefacto de observación en una época de imágenes sin órganos; asumimos que el daño es alto, que la anorexia, el empobrecimiento depresivo y la despersonalización son algunos de los predadores más feroces de la nube selvática actual. Ensayemos un avistamiento.
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https://hectorrio.com/
Si la lengua 4.0 está anegada de imágenes, esta serie ensayística interroga el cuerpo dañado del cual, olvidándolo, alguna vez partieron, o hacia el cual, ofendiéndolo, están destinadas (como un flecha hacia su presa distendida).
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Vengo obsesionado con una idea: una imagen es el órgano sobreviviente de una predación. Todavía no dimensiono su alcance. Devorados los ojos, los dedos, desgarrados los glúteos, los hombros, mordidos los labios, las orejas, puede sobrevivir una imagen, herida, de la presa. Hecho predatorio e imagen sobreviviente, la condición del daño y la dignidad de sobreviviente son las dos grandes puntualizaciones que acá reviste la imágen.
Nunca pude sugestionarme con la idea de que la predación no deje restos, tampoco con la idea de asunciones felices de las pérdidas, siempre tendí a la pena, casi como una servidumbre voluntaria. Volver sobre las imágenes, esta vez asumiendo su daño, su deformación, su precariedad amenazada, me hace sentir que escribo con honestidad intelectual. Esa es la tesitura que invita a este ensayar, la idea de imágenes sobrevivientes al desgarro, imágenes en pena al igual que las viejas almas, vecinas al júbilo o linderas al susto, casi hipocondríacas, pero piadosamente imágenes.
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¿Cómo puede una imagen ser un órgano y sobrevivir a los ojos ensangrentados? ¿Animismo inconfesable? ¿Cuándo adquiere ese estatuto específico que se intentará indagar en estos ensayos? Preguntas que pueden ir encontrando su respuesta en esta serie que inaugura e indaga Héctor Rio.
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Me interesa explorar una pareja, le descreo a la soltería, busco indagar, en esta época atormentada de imágenes autosuficientes, el maridaje de cuerpo e imagen. A Héctor lo invité planteándole qué serie de imágenes, desde 1999 a 2021, lo mordieron. ¿Cómo puede morder una imagen si no tiene dientes? Aventurando un primer intento de respuesta, creo que el cuerpo inhibe la proliferación oceánica de imágenes, creo que cada imagen procede y reenvía a un cuerpo, y creo, por eso, que de ahí me viene obstinadamente la idea de imagen dañada, de imagen ósea, o con órganos lesionados, o con extensiones deformes, o con injertos somáticos.
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Seguir la pista somática u orgánica de la imagen es un planteo psicopatológico que he aprendido, primero, en el tratamiento de las neurosis de angustia, y que, ahora, me sirve de invitación para ponerle coto al desenfreno místico de las imágenes red, esas imágenes independizadas del cuerpo que son comparables a la imagen de libertad que los nuevos libertarios independizan del contexto exangüe.
Me gusta que el ensayista pueda percibir los órganos trastornados que engendran sus imágenes. Una imagen procede de un cuerpo y el cuerpo de la imagen, independizado, es un cuerpo ofensivo sin tregua, desembozado. ¿Imágenes con dientes, imágenes cojas, imágenes uppercut, imágenes analgésicas, imágenes cadáveres, imágenes persecutorias?
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¿Cuál es el verbo que las acompaña en su independencia del cuerpo del fotógrafo? ¿Una imagen grita? ¿Ataca? ¿Indigesta? ¿Rejuvenece? ¿Pulmona? ¿Cansa? ¿Sintomatiza?
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1999/2021, o cuando el tiempo de la imagen reenvía al cuerpo del fotógrafo. ¿Dónde estuvo mordido Héctor en el 99? ¿Y en el 2001, en el 2008 o en el 2015? Las imágenes supervivientes al hecho predatorio son rastros, señales de la zona donde el cuerpo fue acometido; parecen inmóviles pero se diseminan como las plantas. ¿De qué zona del cuerpo parten y a qué zona del cuerpo apuntan? ¿Una imagen que hiere el tímpano, otra que excita los genitales, la que da un ACV? Los destinos de las imágenes son intrínsecos a ella, parásitos, necesitan de otro cuerpo en la enigmática medida que necesitan crecer lejos del cuerpo del que proceden: disparos orgánicos.
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Creo que ahí donde el fotógrafo está concernido la imagen siempre, siempre, es una imagen somática, incluso cuando es un fotomontaje abstracto extremadamente bello. Lo que eleva la belleza dignifica la degradación: no existen imágenes incorpóreas, incluso aquellas astronómicas de la vía láctea, tan próximas al vértigo somático, o, por el contrario, a la conciliación onírica del cuerpo.
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Invitamos, junto a Héctor, a percibir desde acá, a seguir, durante el lapso de un año, la presa en pena de las imágenes somáticas. Invitamos, para eso, a reencontrar la espesura que tirotea a la imagen flotante de las redes, como artefacto de observación en una época de imágenes sin órganos; asumimos que el daño es alto, que la anorexia, el empobrecimiento depresivo y la despersonalización son algunos de los predadores más feroces de la nube selvática actual. Ensayemos un avistamiento.
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https://hectorrio.com/
















