Era la primera vez que Simón iba a una despedida de soltero. El que se casaba era Milton, un amigo diez años mayor. Los dos eran abogados. Apenas Simón se había recibido, Milton
le consiguió los primeros trabajos. La despedida iba a ser en una casa de campo que alquilaron, en Victoria. Era un grupo de doce hombres, de entre treinta y cuarenta años. Menos Simón, que andaba por los veintiocho. Se habían puesto de acuerdo para lo que cada uno tenía que llevar, en su mayoría se trataba de alcohol, mucho alcohol. De los amigos de Milton, conocía a uno, Germán. A los demás solo de vista. Sabía que muchos eran colegas. Simón había pensado en lo que le contaron de las despedidas. Todo lo que se imaginaba le despertaba cierto recelo.
Salió al mediodía con dos amigos de Milton que tenían lugar en el auto. No habló casi nada, más bien se dedicó a mirar afuera. Antes había visto el puente desde la costanera, le impresionaba el porte que tenía, cómo se elevaba de una orilla a otra del Paraná, pero nunca lo había cruzado. Vio el río desde arriba y le pareció una fina hoja metálica que se extendía desde la costa de Rosario hasta la isla del otro lado. Simón sabía que la ruta que comenzaba después del puente fue una megaconstrucción que alzaron sobre el humedal. Le pareció un terraplén gigante. Había escuchado que esa obra generó un impacto ambiental devastador. Pero le sorprendió que en los esteros, a los costados del camino, se podían ver garzas de distinto color y tamaño. Y muchas otras aves de las que no sabía el nombre. También se veían caballos y vacas desperdigados a lo largo y ancho del campo.
Se acomodó en el asiento y miró con extrañeza al conductor y al otro que hablaban de sus cosas. Después volvió a prestar atención al exterior, vio el cielo sin nubes. No hacía frío, tampoco calor. Era un día estupendo.
Pasaron por Victoria, un pueblo que le pareció antiguo, con pinta colonial, pero no era por sus casas, era algo que a Simón se le escapaba, que no sabía precisar. La tranquilidad en ese lugar le hacía acordar a su pueblo. Victoria parecía haber sido erigida sobre una lomada, casi una montaña; las calles con pendientes, las veredas angostas.
Hicieron paradas en cinco almacenes. Simón se quedó en el auto, los otros buscaban pimienta negra, pero no había en ningún lado. Así que compraron pan, sal y encararon para la casa.
Bordearon el pueblo. El conductor se desvió y entró por una tranquera que estaba abierta al costado de la ruta. Iban por un camino de tierra. Se veían campos sembrados, un molino entre lomadas y más lomadas de soja. La luz dorada caía sobre el sembrado y hacía que el verde resplandeciera. Esa imagen le recordó a Simón el jugo Ades, en la época en la que él era un niño, en la caja del jugo se veía una manzana, atrás un campo de colinas sembradas de soja, y a lo lejos una casa estilo colonial, que largaba humo por una chimenea. Esa caja estaba siempre sobre la mesa familiar. La vio a su madre con el delantal, en la cocina, a él le encantaba mirar lo feliz que era cuando cocinaba. Vio a su padre que había llegado del campo hacía un rato y ahora ponía la mesa mientras comía un pedazo de pan. Vio a sus hermanos que todavía miraban dibujos animados en la tele recién comprada.
El conductor estacionó el auto. Simón bajó y notó que ya habían llegado algunos de los invitados. Escuchó el trino y reconoció a las cotorras, miró los árboles alrededor de la casa, eran muchos y de gran porte, los nidos sobre las ramas y las cotorras que entraban y salían.
―Hay miles de cotorras.
Simón reconoció la voz de Milton y lo saludó. Caminaron hasta donde estaban los otros, junto al fuego. El asador era Martín, el cuñado de Milton, cocinaba la carne a la estaca. Él no solo estaba encargado del asado, sino que también tocaba la guitarra y cantaba. Los demás, tenían el trabajo de emborracharse. Milton caminaba de acá para allá, hablaba con cada uno de los invitados, estaba maníaco.
―Este le va a contar todo a Lisa ―dijo uno, señalando a Martín― ¿para qué lo invitaste al hermano de tu mujer?
Simón se acercó a Germán.
―¿Y vos, para cuándo el casamiento? ―dijo Germán.
―Me separé hace dos meses ―dijo Simón y tomó un trago de vino.
El cuñado de Milton cantaba Zamba de mi esperanza, tenía un vozarrón importante. Los demás se reían.
―En un rato viene el cotillón ―dijo uno.
―Ya llegan las chicas ―dijo otro.
―No me digas, che, se los veía re bien juntos, o eso parecía ―dijo Germán.
―Qué sé yo, evidentemente no era así.
Se escuchó un estampido, y después silencio. Uno de los hombres que venía desde la casa traía una escopeta, y apuntaba hacia arriba.
―Me cansaron las cotorras ―dijo―, ahora van a ver ―y disparó otra vez hacia el árbol. Cayeron dos pájaros al suelo. Eran de buen tamaño, las plumas, verdes y azules estaban llenas de sangre.
―¿De dónde sacaste eso, Juan? ―dijo Milton.
―Estaba en la casa, colgada sobre la chimenea, cargada y todo.
―A ver, dame, no seas boludo.
Todo, incluso las cotorras enmudeció, los hombres se miraban, como esperando que pase algo. Enseguida las aves graznaron con furia.
Milton fue a guardar el arma a la casa. El resto se quedó quieto, menos Juan que agarró a los pájaros muertos desde las patas.
―Traigan una soga ―dijo.
Simón entró en la casa. Fue a la cocina y empezó a revisar los cajones. Revolvió los cubiertos, pero nada. Después pensó que era improbable que hubiera una soga ahí. Pero, por hacer algo, siguió por el segundo cajón. Tampoco. Abandonó la tarea y se puso a caminar por la casa. Fue hasta el comedor y vio una mesa larga, parecía de roble. Había lugar como para doce personas. Pensó en que ahí vivió una familia numerosa. Recorrió las paredes, la chimenea, buscaba alguna foto, quería ver si los que vivían ahí sonreían. No encontró nada. Volvió a donde estaban los otros.
―Esto fue lo mejor que conseguí –dijo Milton mientras mostraba un cordón de zapatillas largo.
―Va a andar bien ―contestó Juan.
Agarró las aves muertas y las ató cada una por las patas. Pidió que le acercaran la escalera que estaba sobre una pared de la casa y que llegaba al techo. Dio indicaciones para que la pusieran contra el árbol. Juan, que llevaba las cotorras colgando, empezó a subir. Ató el cordón a una de las ramas.
―Así van a callarse ―dijo cuando bajó, mientras se sacudía las manos.
―Qué pavadas que decís ―dijo Milton.
Las cotorras fueron gritando cada vez menos, hasta que enmudecieron.
―Ahí tenés ―dijo Juan.
Prepararon la mesa afuera, en un lugar en el que daba el sol. Cuando Martín trajo el asado estuvieron ovacionando el punto de cocción del vacío, fueron minutos de adulaciones al asador, gritos de emoción que por momentos iban de intentos de sapucay a vociferaciones que se confundían con lisos y llanos gemidos.
Estaban concentrados, en silencio, comían carne y tomaban, algunos vino, otros cerveza, otros ferné. Una cotorra se lanzó desde uno de los árboles, bajó en picada hasta estrolarse contra la mesa, como una kamikaze, pegó en el plato de Miltón y lo hizo estallar en pedazos, también chocó un vaso lleno y lo rompió, el líquido manchó a tres de los hombres.
―Qué mierda les pasa a estos bichos― dijo uno.
―Voy a buscar la escopeta ―Juan habló, mientras se ponía de pie.
―Ni se te ocurra, loco, dejá de joder―, dijo Milton, nervioso―, no quiero que nadie busque nada, olvídense de las cotorras.
Entre todos ordenaron un poco la mesa. El ave estaba muerta.
Eran las siete de la tarde y el sol empezaba a caer. En el cielo se veían rafagas de color naranja tirando a rosa, superpuestas con franjas de tono más violeta. Simón, medio embotado por el vino, estaba de pie junto al alambrado, apoyaba el brazo derecho sobre un poste bajo. Miraba las colinas de la pampa, sobre la tierra caía una luz boba y opaca, como detenida entre el resplandor y la oscuridad. Observaba atónito el paisaje cuando escuchó un chiflido, como algo que rozaba su espalda y hacía un surco en el aire. Después escuchó el choque de eso contra el poste junto a él, y vio a la cotorra desparramada en el suelo. Se dirigió hacía donde estaban los otros, sentados alrededor de un fuego, tomando, y acompañando a Martín que tocaba la guitarra y cantaba a los gritos. Cuando les contó lo que había pasado, ninguno le llevó el apunte. Simón se sentó junto a Germán y al resto del grupo.
―Che, esto ni parece una despedida de soltero, vamos a disfrzarlo, maquillarlo, por lo menos ―dijo Juan. Pero no lo hicieron.
Los hombres se disponían a preparar la cena. O, al menos, esa era la idea. A esa altura, el fin de la tardecita y el principio de la noche, ya estaban borrachos, y hacía un rato habían fumado porro. El plan era hacer pizza casera. Estaban en eso, cuando uno entró a la casa y salió con una bandeja de facturas.
―Nos olvidamos de la merienda ―dijo.
Atacaron las medialunas, los vigilantes, las bolas de fraile, las tortitas negras, las de membrillo, como si no comieran desde hacía tres días. Cuando terminaron, Martín agarró la guitarra, y cantó una canción que improvisó ahí. “Estamos en la despedida de soltero del Milton, no hay chicas, ni hay pimentón, no hay chicas ni hay pimentón. Los chicos comen facturas a la noche, las cotorras no cantan, no cantan, en la despedida del Milton, no hay chicas, ni hay cotillón, no hay chicas ni hay cotillón.” Todos aplaudieron frenéticos, y se doblaron por la risa.
El fuego se estaba apagando, y Martín propuso ir a buscar más leña. Dos de los hombres fueron a encargarse de la tarea. Al rato volvieron y llamaron al resto. Caminaron con las linternas de los celulares encendidas, todo era una sola penumbra, llegaron hasta el lugar y vieron la leña. Cada uno agarró unos palos.
Pusieron la leña sobre el fuego, y se sentaron a mirar. Seguían, vaso en mano, tomando todo lo que podían. Martín tocaba la guitarra y todos cantaban. Milton estaba muy alegre, los otros lo hacían tomar a lo loco, le pedían fondo blanco cada dos por tres y él se enganchaba. Bailaba alrededor del grupo. Era una danza descoordinada, que se convertía en un zapateo rústico, por momentos parecía una ovación al fuego, hasta que sin muchas vueltas, sacó uno por uno a bailar, una especie de cumbia que no tenía nada que ver con la música que salía de la guitarra de Martín. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que fueron a buscar la leña? Simón no sabía, no se daba cuenta si fue una hora atrás, cinco minutos, o dos horas. Estaba en silencio, algunos conversaban, de vez en cuando agarraban la guitarra y cantaban algo. Estaban concentrados en el fuego. Simón tenía la boca pastosa, no sentía nada, como si estuviera anestesiado, y como si el fuego, esos hombres, las lomadas del campo en la oscuridad, también sufrieran el efecto de la sedación.
Simón se dormía sentado, no tenía idea de la hora que era. Miraba la leña arder, ya se había consumido más de la mitad, algunos de los hombres hablaban entre ellos. Simón soñó que veía la escena desde arriba, volaba. Estaban los hombres alrededor del fuego. Intentaba hablar pero no podía, de su garganta salía un trino chillón. Daba vueltas por el cielo, hasta que algo en él decidió dejarse caer en picada, hacia el fuego.
Lo despertó Germán diciéndole que no haga ruido, estaban todos junto a Milton que dormía hecho un ovillo en el suelo, acurrucado junto al fuego. Estaba con la boca abierta, y un hilo de baba le caía sobre el mentón. La madera se había quemado casi por completo, en el cielo empezaban a verse los primeros rastros de luz naranja, eran las seis de la mañana. ―Despacio ―dijo Juan, y agarró la cabeza de Miltón―, vayan levantándolo, despacio. Simón no entendía lo que estaban haciendo. Agarró el brazo izquierdo de Milton. Entre todos lo llevaban hacia el molino. Usaron los cordones de las zapatillas y los cinturones, lo ataron a la estructura del molino. Milton ni se mosqueó.
Se fueron para la casa, a dormir. La casa tenía cinco habitaciones. Simón eligió una que estaba en la planta baja. Se sacó la ropa, todo tenía olor a humo. Se puso otra remera y se acostó. Apoyó la cabeza en la almohada y enseguida escuchó el trino de las cotorras y los gritos de Milton.
Salió de la habitación, en calzoncillo y en patas. Se quedó en el umbral. Vio una bandada de cotorras girando alrededor de las aspas del molino. Algunas de las aves se lanzaban hacia Milton, lo picoteaban. Los gritos y los graznidos al unísono erizaban la piel de Simón. Miró más allá, el sol asomaba detrás de las colinas, pensó en la caja de jugo Ades de su infancia, era tan hermoso ver esas lomadas resplandecientes del verde de los cultivos. Se fijó dentro de la casa, los otros seguían durmiendo. Corrió hacia el molino.
le consiguió los primeros trabajos. La despedida iba a ser en una casa de campo que alquilaron, en Victoria. Era un grupo de doce hombres, de entre treinta y cuarenta años. Menos Simón, que andaba por los veintiocho. Se habían puesto de acuerdo para lo que cada uno tenía que llevar, en su mayoría se trataba de alcohol, mucho alcohol. De los amigos de Milton, conocía a uno, Germán. A los demás solo de vista. Sabía que muchos eran colegas. Simón había pensado en lo que le contaron de las despedidas. Todo lo que se imaginaba le despertaba cierto recelo.
Salió al mediodía con dos amigos de Milton que tenían lugar en el auto. No habló casi nada, más bien se dedicó a mirar afuera. Antes había visto el puente desde la costanera, le impresionaba el porte que tenía, cómo se elevaba de una orilla a otra del Paraná, pero nunca lo había cruzado. Vio el río desde arriba y le pareció una fina hoja metálica que se extendía desde la costa de Rosario hasta la isla del otro lado. Simón sabía que la ruta que comenzaba después del puente fue una megaconstrucción que alzaron sobre el humedal. Le pareció un terraplén gigante. Había escuchado que esa obra generó un impacto ambiental devastador. Pero le sorprendió que en los esteros, a los costados del camino, se podían ver garzas de distinto color y tamaño. Y muchas otras aves de las que no sabía el nombre. También se veían caballos y vacas desperdigados a lo largo y ancho del campo.
Se acomodó en el asiento y miró con extrañeza al conductor y al otro que hablaban de sus cosas. Después volvió a prestar atención al exterior, vio el cielo sin nubes. No hacía frío, tampoco calor. Era un día estupendo.
Pasaron por Victoria, un pueblo que le pareció antiguo, con pinta colonial, pero no era por sus casas, era algo que a Simón se le escapaba, que no sabía precisar. La tranquilidad en ese lugar le hacía acordar a su pueblo. Victoria parecía haber sido erigida sobre una lomada, casi una montaña; las calles con pendientes, las veredas angostas.
Hicieron paradas en cinco almacenes. Simón se quedó en el auto, los otros buscaban pimienta negra, pero no había en ningún lado. Así que compraron pan, sal y encararon para la casa.
Bordearon el pueblo. El conductor se desvió y entró por una tranquera que estaba abierta al costado de la ruta. Iban por un camino de tierra. Se veían campos sembrados, un molino entre lomadas y más lomadas de soja. La luz dorada caía sobre el sembrado y hacía que el verde resplandeciera. Esa imagen le recordó a Simón el jugo Ades, en la época en la que él era un niño, en la caja del jugo se veía una manzana, atrás un campo de colinas sembradas de soja, y a lo lejos una casa estilo colonial, que largaba humo por una chimenea. Esa caja estaba siempre sobre la mesa familiar. La vio a su madre con el delantal, en la cocina, a él le encantaba mirar lo feliz que era cuando cocinaba. Vio a su padre que había llegado del campo hacía un rato y ahora ponía la mesa mientras comía un pedazo de pan. Vio a sus hermanos que todavía miraban dibujos animados en la tele recién comprada.
El conductor estacionó el auto. Simón bajó y notó que ya habían llegado algunos de los invitados. Escuchó el trino y reconoció a las cotorras, miró los árboles alrededor de la casa, eran muchos y de gran porte, los nidos sobre las ramas y las cotorras que entraban y salían.
―Hay miles de cotorras.
Simón reconoció la voz de Milton y lo saludó. Caminaron hasta donde estaban los otros, junto al fuego. El asador era Martín, el cuñado de Milton, cocinaba la carne a la estaca. Él no solo estaba encargado del asado, sino que también tocaba la guitarra y cantaba. Los demás, tenían el trabajo de emborracharse. Milton caminaba de acá para allá, hablaba con cada uno de los invitados, estaba maníaco.
―Este le va a contar todo a Lisa ―dijo uno, señalando a Martín― ¿para qué lo invitaste al hermano de tu mujer?
Simón se acercó a Germán.
―¿Y vos, para cuándo el casamiento? ―dijo Germán.
―Me separé hace dos meses ―dijo Simón y tomó un trago de vino.
El cuñado de Milton cantaba Zamba de mi esperanza, tenía un vozarrón importante. Los demás se reían.
―En un rato viene el cotillón ―dijo uno.
―Ya llegan las chicas ―dijo otro.
―No me digas, che, se los veía re bien juntos, o eso parecía ―dijo Germán.
―Qué sé yo, evidentemente no era así.
Se escuchó un estampido, y después silencio. Uno de los hombres que venía desde la casa traía una escopeta, y apuntaba hacia arriba.
―Me cansaron las cotorras ―dijo―, ahora van a ver ―y disparó otra vez hacia el árbol. Cayeron dos pájaros al suelo. Eran de buen tamaño, las plumas, verdes y azules estaban llenas de sangre.
―¿De dónde sacaste eso, Juan? ―dijo Milton.
―Estaba en la casa, colgada sobre la chimenea, cargada y todo.
―A ver, dame, no seas boludo.
Todo, incluso las cotorras enmudeció, los hombres se miraban, como esperando que pase algo. Enseguida las aves graznaron con furia.
Milton fue a guardar el arma a la casa. El resto se quedó quieto, menos Juan que agarró a los pájaros muertos desde las patas.
―Traigan una soga ―dijo.
Simón entró en la casa. Fue a la cocina y empezó a revisar los cajones. Revolvió los cubiertos, pero nada. Después pensó que era improbable que hubiera una soga ahí. Pero, por hacer algo, siguió por el segundo cajón. Tampoco. Abandonó la tarea y se puso a caminar por la casa. Fue hasta el comedor y vio una mesa larga, parecía de roble. Había lugar como para doce personas. Pensó en que ahí vivió una familia numerosa. Recorrió las paredes, la chimenea, buscaba alguna foto, quería ver si los que vivían ahí sonreían. No encontró nada. Volvió a donde estaban los otros.
―Esto fue lo mejor que conseguí –dijo Milton mientras mostraba un cordón de zapatillas largo.
―Va a andar bien ―contestó Juan.
Agarró las aves muertas y las ató cada una por las patas. Pidió que le acercaran la escalera que estaba sobre una pared de la casa y que llegaba al techo. Dio indicaciones para que la pusieran contra el árbol. Juan, que llevaba las cotorras colgando, empezó a subir. Ató el cordón a una de las ramas.
―Así van a callarse ―dijo cuando bajó, mientras se sacudía las manos.
―Qué pavadas que decís ―dijo Milton.
Las cotorras fueron gritando cada vez menos, hasta que enmudecieron.
―Ahí tenés ―dijo Juan.
Prepararon la mesa afuera, en un lugar en el que daba el sol. Cuando Martín trajo el asado estuvieron ovacionando el punto de cocción del vacío, fueron minutos de adulaciones al asador, gritos de emoción que por momentos iban de intentos de sapucay a vociferaciones que se confundían con lisos y llanos gemidos.
Estaban concentrados, en silencio, comían carne y tomaban, algunos vino, otros cerveza, otros ferné. Una cotorra se lanzó desde uno de los árboles, bajó en picada hasta estrolarse contra la mesa, como una kamikaze, pegó en el plato de Miltón y lo hizo estallar en pedazos, también chocó un vaso lleno y lo rompió, el líquido manchó a tres de los hombres.
―Qué mierda les pasa a estos bichos― dijo uno.
―Voy a buscar la escopeta ―Juan habló, mientras se ponía de pie.
―Ni se te ocurra, loco, dejá de joder―, dijo Milton, nervioso―, no quiero que nadie busque nada, olvídense de las cotorras.
Entre todos ordenaron un poco la mesa. El ave estaba muerta.
Eran las siete de la tarde y el sol empezaba a caer. En el cielo se veían rafagas de color naranja tirando a rosa, superpuestas con franjas de tono más violeta. Simón, medio embotado por el vino, estaba de pie junto al alambrado, apoyaba el brazo derecho sobre un poste bajo. Miraba las colinas de la pampa, sobre la tierra caía una luz boba y opaca, como detenida entre el resplandor y la oscuridad. Observaba atónito el paisaje cuando escuchó un chiflido, como algo que rozaba su espalda y hacía un surco en el aire. Después escuchó el choque de eso contra el poste junto a él, y vio a la cotorra desparramada en el suelo. Se dirigió hacía donde estaban los otros, sentados alrededor de un fuego, tomando, y acompañando a Martín que tocaba la guitarra y cantaba a los gritos. Cuando les contó lo que había pasado, ninguno le llevó el apunte. Simón se sentó junto a Germán y al resto del grupo.
―Che, esto ni parece una despedida de soltero, vamos a disfrzarlo, maquillarlo, por lo menos ―dijo Juan. Pero no lo hicieron.
Los hombres se disponían a preparar la cena. O, al menos, esa era la idea. A esa altura, el fin de la tardecita y el principio de la noche, ya estaban borrachos, y hacía un rato habían fumado porro. El plan era hacer pizza casera. Estaban en eso, cuando uno entró a la casa y salió con una bandeja de facturas.
―Nos olvidamos de la merienda ―dijo.
Atacaron las medialunas, los vigilantes, las bolas de fraile, las tortitas negras, las de membrillo, como si no comieran desde hacía tres días. Cuando terminaron, Martín agarró la guitarra, y cantó una canción que improvisó ahí. “Estamos en la despedida de soltero del Milton, no hay chicas, ni hay pimentón, no hay chicas ni hay pimentón. Los chicos comen facturas a la noche, las cotorras no cantan, no cantan, en la despedida del Milton, no hay chicas, ni hay cotillón, no hay chicas ni hay cotillón.” Todos aplaudieron frenéticos, y se doblaron por la risa.
El fuego se estaba apagando, y Martín propuso ir a buscar más leña. Dos de los hombres fueron a encargarse de la tarea. Al rato volvieron y llamaron al resto. Caminaron con las linternas de los celulares encendidas, todo era una sola penumbra, llegaron hasta el lugar y vieron la leña. Cada uno agarró unos palos.
Pusieron la leña sobre el fuego, y se sentaron a mirar. Seguían, vaso en mano, tomando todo lo que podían. Martín tocaba la guitarra y todos cantaban. Milton estaba muy alegre, los otros lo hacían tomar a lo loco, le pedían fondo blanco cada dos por tres y él se enganchaba. Bailaba alrededor del grupo. Era una danza descoordinada, que se convertía en un zapateo rústico, por momentos parecía una ovación al fuego, hasta que sin muchas vueltas, sacó uno por uno a bailar, una especie de cumbia que no tenía nada que ver con la música que salía de la guitarra de Martín. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que fueron a buscar la leña? Simón no sabía, no se daba cuenta si fue una hora atrás, cinco minutos, o dos horas. Estaba en silencio, algunos conversaban, de vez en cuando agarraban la guitarra y cantaban algo. Estaban concentrados en el fuego. Simón tenía la boca pastosa, no sentía nada, como si estuviera anestesiado, y como si el fuego, esos hombres, las lomadas del campo en la oscuridad, también sufrieran el efecto de la sedación.
Simón se dormía sentado, no tenía idea de la hora que era. Miraba la leña arder, ya se había consumido más de la mitad, algunos de los hombres hablaban entre ellos. Simón soñó que veía la escena desde arriba, volaba. Estaban los hombres alrededor del fuego. Intentaba hablar pero no podía, de su garganta salía un trino chillón. Daba vueltas por el cielo, hasta que algo en él decidió dejarse caer en picada, hacia el fuego.
Lo despertó Germán diciéndole que no haga ruido, estaban todos junto a Milton que dormía hecho un ovillo en el suelo, acurrucado junto al fuego. Estaba con la boca abierta, y un hilo de baba le caía sobre el mentón. La madera se había quemado casi por completo, en el cielo empezaban a verse los primeros rastros de luz naranja, eran las seis de la mañana. ―Despacio ―dijo Juan, y agarró la cabeza de Miltón―, vayan levantándolo, despacio. Simón no entendía lo que estaban haciendo. Agarró el brazo izquierdo de Milton. Entre todos lo llevaban hacia el molino. Usaron los cordones de las zapatillas y los cinturones, lo ataron a la estructura del molino. Milton ni se mosqueó.
Se fueron para la casa, a dormir. La casa tenía cinco habitaciones. Simón eligió una que estaba en la planta baja. Se sacó la ropa, todo tenía olor a humo. Se puso otra remera y se acostó. Apoyó la cabeza en la almohada y enseguida escuchó el trino de las cotorras y los gritos de Milton.
Salió de la habitación, en calzoncillo y en patas. Se quedó en el umbral. Vio una bandada de cotorras girando alrededor de las aspas del molino. Algunas de las aves se lanzaban hacia Milton, lo picoteaban. Los gritos y los graznidos al unísono erizaban la piel de Simón. Miró más allá, el sol asomaba detrás de las colinas, pensó en la caja de jugo Ades de su infancia, era tan hermoso ver esas lomadas resplandecientes del verde de los cultivos. Se fijó dentro de la casa, los otros seguían durmiendo. Corrió hacia el molino.





