INDIFERENCIA Y ADAPTACIÓN COMO EFECTOS DE LA INTROYECCIÓN DE LA LEY TOTALITARIA / Leandro Levi

En la década del 1930, en el imperio alemán, podemos hallar en pleno ascenso del nazismo –dentro de las instituciones psicoanalíticas de entonces– una intención firme y sostenida por adaptar el psicoanálisis al gobierno nacionalsocialista. A partir del texto de Bernd Nitzschke, «Psicoanálisis y nacionalsocialismo: ¿Prohibición a ajuste? ¿Ruptura o continuidad?» (Revista Topía,  Enero de 2020, Traducción de Leandro Levi), y de la historiografía alemana de la década del 80, podemos dejar de lado el supuesto de que el psicoanálisis durante el nacionalsocialismo hubiese estado terminantemente prohibido o que el propio Freud habría escrito una carta recomendando calurosamente la visita de la Gestapo. Nada de eso es cierto.

En esa misma década Freud daba su 35° Conferencia intitulada «En torno a una cosmovisión». A dicha conferencia le debemos las aclaraciones correspondientes a que el psicoanálisis nunca puede subsumirse a una cosmovisión, sin que con ello desaparezca su fundamento. En la conferencia Freud se ocupa de algunas cosmovisiones en  particular, de la política y la filosófica. Dentro de la política, la marxista era en su época una cosmovisión con todas las letras, podía explicar los acontecimientos de la realidad por medio de su método.

Es en ese contexto que Freud sintió necesidad de despegar al psicoanálisis de cualquier anhelo que llegue algún día a constituir una cosmovisión, como así también rechazar la posibilidad de que el mismo psicoanálisis se integrara a otra ya existente. La expulsión de W. Reich de las instituciones psicoanalíticas y la elección del ario Bohem en la presidencia de la DPG (Sociedad Psicoanalítica Alemana), son ejemplares al respecto: rechazo de aplicar el psicoanálisis a la interpretación marxista pero también el deseo de continuar con la práctica del psicoanálisis a toda costa.

El paso de los años le dio otro carácter a la conferencia de Freud y sus declaraciones respecto a la inviabilidad del psicoanálisis con las cosmovisiones se volcaron a tener un sentido de neutralidad política. Esta neutralidad política cubre un amplio espectro en el mundo psicoanalítico; puede ir desde la consideración de que un psicoanalista no puede reunirse con otros psicoanalistas respecto a un malestar político regional particular, hasta el extremo de existir un imperativo respecto de la técnica y de la escucha: por las dudas, hablar lo menos posible.  

En el mismo período, Charlotte Beradt, guiada por una intención freudiana de que allí se estaba produciendo algo que en la vida de vigilia no podía ser dicho ni escuchado, reunía sueños de ciudadanos de a pie. El material que contiene el libro es denominado por la autora como «sueños políticos». Ellos constituyen un archivo onírico de la época del Tercer Reich. Contrariamente a lo que hemos escuchado y leído los psicoanalistas respecto de la pretendida neutralidad del psicoanálisis, Charlotte Beradt profundizó en la relación que el soñar tiene con lo político, con el mundo circundante, con la determinación de las leyes de segregación.

La autora nos lleva a un punto relevante para la concepción freudiana del sueño y es que hay límites políticos en la satisfacción del deseo. Este límite está en el hecho de que se sueña con el mundo circundante, lo político determina la actividad onírica. La misma satisfacción está determinada en los sueños reunidos por Beradt por lo político. Estos sueños que reúne son extraídos de una situación totalitaria, situación extrema en donde se produce un achatamiento subjetivo, un borramiento de la división del sujeto, que hace que no se pueda asegurar que esos sueños sean sueños de lo inconsciente. Decimos «de lo inconsciente» en un sentido genitivo, de procedencia.

Siguiendo la lectura del «Tercer Reich de los sueños», podemos concebir estos sueños como dictados por el sistema totalitario. En estos sueños las mismas prohibiciones y el mismo límite real que se constatan en la realidad efectiva se reproducen en el terreno onírico. De la obra de Beradt se extrae que la realidad política del soñante determina al sueño, a tal punto que la actividad onírica no puede ser la misma. Generalmente, en tanto psicoanalistas, estamos habituados a transitar el camino que va desde el sueño hacia la significación subjetiva pero en contextos políticos donde la maquinaria totalitaria ha avanzado tanto, la significación subjetiva del sueño es puesta en cuestión. Lo político puede tener ese efecto en el sujeto. Ahora bien, ¿de qué modo puede ocurrir esto? ¿Qué consecuencias teóricas trae?

Hay un término en el libro de Beradt que es fundamental, es el de «Mitläufer». El diccionario alemán «Duden» lo define como una persona que participa en algo sin estar particularmente comprometido, jugando un rol pasivo. El efecto de la ley totalitaria en los sujetos son los Mitäufer. El sujeto neurótico se caracteriza por su poder de adaptación, puede sobrevivir a contextos sociales tan desfavorables que sorprende, pero esto tiene el costo de volverlo indiferente, apático. No podemos negar que también hubo fanáticos que se alinearon al ideal nacionalsocialista y ellos no entran en esta categoría de Mitäufer, amaban al líder y el análisis de esta condición nos llevaría por otro camino. El sujeto indiferente se vuelve así un instrumento del Otro.

El libro «LTI, el lenguaje del tercer Reich» de Klemperer es ilustrativo al respecto. La conclusión a la que arriba el autor es que el lenguaje que todos terminaron hablando durante el Tercer Reich es el de los vencedores. Tanto los detractores, los fanáticos como los sujetos vueltos indiferentes encontraron un solo lenguaje a disposición, la lengua Nazi. Nos da un ejemplo de esa lengua: la palabra fanático. Anteriormente ella designaba a una persona que no podía razonar correctamente por estar tomada por cierta idea que lo fanatizaba, lo cegaba. Ahora bien, con el nazismo este término dejó de ser peyorativo, pasó a ser un halago. Fanático es quien se entrega a la causa, un convencido, quien no duda y defiende los intereses del pueblo. Ahora bien, el Mitläufer también va a hablar el lenguaje del vencedor, como lo nombra Viktor Klemperer. Habla el lenguaje del otro, pero no lo habla diferenciándose, no lo habla con bronca por estar hablándolo, lo habla sin estar el sujeto allí.

Todo esto se comprueba con los sueños de Charlotte Beradt. Por ejemplo, el sueño con el que comienza el capítulo seis, el de la secretaria que quiere desprenderse de su amada madre, porque ser su hija le quita los honores de pertenecer al pueblo ario. Allí Beradt nos dice: «Hablar aquí (…) de un odio latente y reprimido de la hija hacia la madre, como así también de la aceptación de un deseo de muerte que solo hubiera buscado formas actuales para expresarse, sería inadecuado, de cara a la división real de la existencia en los estados despóticos a la que la soñante ha sido constreñida por la política». Lo que se nos propone con esto es que sería erróneo interpretar aquí que la soñante haya utilizado en la formación del sueño algún retoño de la realidad circundante para expresar un deseo reprimido. Beradt propone la interpretación de que estos sueños, como resultado de la compulsión de la política en el sujeto, son sueños que provienen directamente del régimen totalitario.

Resulta interesante instalar la siguiente diferencia. No es lo mismo la identificación al líder de la masa (campo de la política tradicional) que la introyección de la ley totalitaria. La ley totalitaria barre con todo, se lleva consigo incluso la culpabilidad dejando solamente una vida miserable.

Ilustración Santiago Grunfeld
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