Variaciones sobre el superyó empieza con un comentario acerca de la materia con la que se escribió este libro. El autor dice haberla recogido de las supervisiones, grupos de estudio, conversaciones con colegas, espacios de donde surgen esos retazos que van armando una escritura. Con esto, Yamil se pregunta si será posible distinguir tajantemente la experiencia del analista de aquella que lo encuentra analizante, y así avanza despacio, mezclando historias personales con referencias teóricas a través de siete ensayos sobre psicoanálisis. Cuando la cosa se pone muy autobiográfica, salen en auxilio Sartre, Freud, Lacan. Cuando la cosa se pone muy teórica, la literatura y el cine ayudan a interrumpir.
Esa materia está descripta como “lo que surge cuando, en la soledad de la noche, uno se sienta a escribir apremiado por la misma necesidad que lo lleva a hablar en un diván, cuando uno se lanza sobre las palabras”, o eso que pasa cuando las palabras se lanzan sobre nosotros, hablándonos, sin que podamos manejar del todo lo que decimos. Esa forma de la palabra, la del descubrimiento freudiano, es la que inaugura un modo inédito de tratar a la palabra y al sufrimiento de los hombres.

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Adelanto, como hipótesis de lectura, que el libro ofrece una serie de ensayos tejidos por dos inquietudes insistentes: alternativas a la impostura del analista y el cuidado por la palabra freudiana.
Su tercer ensayo se llama “Notas al margen sobre el superyó”, donde va asomando una pregunta por ese mandato que inyecta al ser. Leo y anoto al margen: ser un buen analista. De ahí en adelante, encuentro en cada texto un modo de ensayar una evasiva para esta indicación moral. Formas de hacerle “ole” al mandato; horadando esa consistencia, esa voz imperativa, armando buenas preguntas en lugar de respuestas consabidas. Es como si el autor dijese: no sé cómo se es un buen analista, pero traigo inquietudes para pensar nuestra práctica.
Voy por la página 26:
Ante esta pregunta por el ser, que aparece como una sombra en cada acto de palabra, y nos deja boquiabiertos, el sujeto se siente un engañador, un impostor: no hay título, nombre, ascendencia ni diplomas que alcancen para justificar, para deducir la existencia. Somos tan poco lo que somos.
Sé un buen analista (el de las intervenciones más lúcidas), parece soplar en voz baja —a veces de manera más chillona— el imperativo. Tal como nos enseña Hamlet y su espectro-padre, el superyó no es claro en lo que pide ser ni en lo que pide hacer. Tiene un núcleo de ambigüedad, y compele a actuar. Entonces esa pregunta por el hacer merece un deslizamiento: preguntarnos por lo que escuchamos.
El autor va ensayando modos de demorar una respuesta torpe o en jerga al pedido siempre insensato y contradictorio del superyó. En eso va probando articulaciones sobre esta práctica de la dificultad, y todo eso sin convertir al libro en un manual de técnica psicoanalítica. La conversación con otros, el trabajo contra las propias resistencias, el mantenerse analizante, la capacidad de dejarse sorprender aparecen como modos de cuidar la palabra freudiana.
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La sorpresa aparece en varios ensayos como una posibilidad de esquivar el llamado destinal del superyó: tu eres el que me seguirá… pero no te dejes sorprender. El desconcierto podría repararse por la vía del saber. Pero la sorpresa, el hallazgo, interrumpe lo que veníamos destinados a decir, interrumpe el hablar de memoria. La sorpresa y el diálogo con nuestros otros: dos bienvenidas interrupciones al soliloquio. Una reseña sobre “El psicólogo sorprendido” de Theodor Reik y el ensayo titulado “El descubrimiento de una deuda: apuntes acerca del análisis de Freud con Fliess” recogen este asunto.
Yamil se encuentra sorprendido de haber descubierto la relación Freud-Fliess como una relación analítica. Dice que él sostuvo la figura del genio solitario de Freud durante un tiempo, un genio que supo poder con eso que nosotros no pudimos ni podríamos, eso que se nos cuela en el consultorio al modo de la contratrasferencia, molesta, inquietante, perturbadora. No es qué hacer, sino cómo escuchamos y practicamos el habla analítica. En el escrito “La novela familiar de los psicoanalistas”, Patricia Fochi lo trae de este modo:
La contratransferencia, (o deseo del analista) ese mojón incluido en el nacimiento del psicoanálisis es un operador de lectura fundamental de nuestra práctica. Especialmente, cuando las transferencias se ponen ásperas, y la escena analítica está a punto de romperse como ocurre tantas veces; en su transcurrir nos identificamos al ideal de dominio que inventa el poder freudiano ante el temor de Freud. ¡Uh lo que le pasó a Breuer!, conjurado sea ese yo que huye sin cesar, ese alter ego del maestro, y de cada uno de nosotros.
Y entonces, en lugar de enaltecimientos, propone “disponernos al análisis de la resistencia del analista en sus infinitas presentaciones”.

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Segunda inquietud, cuidar la palabra cuando la literalidad amenaza:
Ahora bien, para despreciar la palabra basta con tomar literalmente lo que dice un paciente. Basta con creer que cuando nos habla sabe lo que nos está diciendo, o dejarse llevar por la tentación de comprenderlo todo enseguida. Basta con entender demasiado.
No degradar la palabra a su literalidad, ni volver transparente su opacidad. Escuchar hechos biográficos donde hay novela contada y dirigida a un analista puede resultar un desprecio por la palabra y una degradación del descubrimiento freudiano. De esta manera, la distinción que Yamil propone entre salud mental y psicoanálisis apunta en la misma dirección: resistir la tentación de reducir el sufrimiento a algo que simplemente debe ser eliminado. Tentación piadosa que opta por olvidar que el síntoma —esa ambigüedad escogida ingeniosamente, como lo nombra Freud— aunque alguien pida ser librado de él, tiene toda una textura que merece no ser aplastada con el afán de curar. Tenemos así hecha la invitación a cuidar la palabra y el síntoma de todo intento que arrebate su ambigüedad, propia del fundamento del habla freudiana.
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Una forma de la palabra que se pone en acto por la vía de los géneros que acompañan al autor en sus escritos: la literatura, el cine, los documentales. Variaciones del superyó en análisis entonces. Superyó llamado a responder. Superyó mandato. Superyó aterrador, contradictorio.
Yamil habla despacio sobre esto, suave, sin apuro y sin contraseñas eruditas. Logra hacerse escuchar en sus preguntas genuinas. Esta marca se deja ver en su libro, que invita a leer así los textos, el sufrimiento de los que escuchamos, y lo que le pasa a la persona del analista con eso que escuchamos.







