“Lo que posibilita al niño desarrollar sus potencialidades y convertir en fuente de deseos para los otros es el amor mediado por un decir. Ya que si no podemos amar a un analizante no lo podemos escuchar, insisto, amarlo a través de una palabra”
F. Dolto
1.° de agosto
Un dato al margen. Además de ser el día de nuestra Pachamama, fue también el 1.° de agosto de 1949 en el Congreso de Múnich, tiempos de posguerra, cuando Paula Heimann, una de las voces de mujeres psicoanalistas que el libro recorre, presentó su texto Sobre la contratransferencia. Allí planteó y polemizó acerca de la importancia de recuperar su valor en la práctica. Fue el congreso donde también estaba Lacan presentando su última elaboración de el Estadio del espejo y Winnicott un texto sobre psique-soma. Según se cuenta, Winnicott se acercó a ella y le dijo: “¡Al fin alguien trae el asunto!”.
Hoy, con el libro que trae Daniel Braun, nos preguntamos qué implica ese gesto en este tiempo y en este contexto, donde lejos está de hacer falta un analista parapetado en la indolencia o en alguna impostura, insensible, mero operador de un solo registro. El libro vuelve a recorrer la historia de la contratransferencia: “¿asunto clausurado o superado?”, se pregunta Daniel a través del título de Cecilia Greca. Ni uno ni otro. Un asunto inagotable. En principio, desde que se vuelve a poner en cuestión el término mismo y no se da por sentado que se trate de lo que va “contra” la transferencia. Un estar más cerca, dice Pontalis, una proximidad a la transferencia.
El asunto es qué formas adquiere en cada época el intento de ubicar o dar rumbo a las zonas de dificultad ineludibles de la práctica analítica: las preguntas por la eficacia, por los restos en cada final, por las fragilidades del analista, por las precariedades que habitamos, por lo que pasa en los cuerpos y por el modo de soportar ciertos embates o estar expuestos a tentaciones como el uso de un poder o los efectos de la curiosidad en el marco de una erótica inherente a la escena.
Daniel Braun subraya y comparte su lectura de diferentes autores y autoras. Hay, en especial, una frase de Paula Heimann que me resultó atractiva: “La contratransferencia es como una de las maneras donde la voz inconsciente del analizante puede llegar con mayor potencia”. Algo que no parecía llegar a ser audible de otro modo.
“Ahí donde un análisis no se asegura en un saber establecido es donde empieza el viaje”, escribe Braun.
Saber libresco, ideales, políticas institucionales, una moral o domesticaciones ignoradas sostienen a veces lo que se nombra como contratransferencia.
Para el analista, como dice Lacan, el conocimiento del inconsciente no lo coloca fuera del alcance de las pasiones. “¿Pero acaso es fácil ubicarse en una absoluta incertidumbre intelectual?”, se pregunta Barbara Low, otra de las analistas que recorren el libro. Hay muchos matices entre la apatía estoica y el análisis como “un banquete amoroso compartido”. Pareciera una agradable compensación esa representación de Low para una práctica no muy confortable.
Paso al escrito
Se trata de un libro que tiene una particularidad: la zona central consiste en la escritura de un Seminario que Daniel Braun ha dado con una comunidad de participantes, y estos formaron parte de aquello que se fue transmitiendo en cada reunión. Lo precede un interesante prólogo de Daniel Rubinsztejn, una nota al lector, y finaliza con cuatro ensayos del autor.
Ese “paso al escrito”, como lo diría Guillermo Koop, asume la decidida forma de compartir con la mayor cercanía posible los gestos de lo ocurrido, los modos coloquiales en el clima que se produjo, y conserva eso que Barthes nombra como las valiosas migajas del lenguaje, esos pequeños giros del diálogo respetados.
Breve historia de la contratransferencia nos hace a su vez lectores y nuevos destinatarios. “Escritura de toque barthesiano”, dice el prólogo. O sea, donde lo que se lee no padece del embalsamamiento aseado que quita el cuerpo en el pasaje de la escena a la pluma. Nos cuenta cómo va pensando, lo que le quedó resonando, lo que se construye en esas conversaciones.
El cuerpo afectado de quienes hablan ya pone el tema del que trata en el ruedo.
Una breve anécdota
Hay muchos lugares por donde comenzar a presentar algunas trazas del libro. Se me ocurre asociativamente el fragmento inicial de un relato de Felisberto Hernández, que se llama “La envenenada”. Trata sobre un literato que no estaba inspirado, que estaba encerrado en su habitación, y pensaba y pensaba, pero ningún asunto venía a él. Dice el personaje: “¡Si quiero un asunto tengo que meterme en la vida! ¡Salir a la calle!”. Decide, entonces, asomarse a la puerta y salir. Apenas pasa el umbral, lo llaman unos muchachos: “¡Literato! ¡Literato! ¡Hay una envenenada detrás del arroyo, venga a ver!”. El escritor, hambriento de detalles, se pone contento porque ya obtiene un tema.
Yo también, antes de comenzar con la preparación de la presentación, luego de leer y releer con mucho interés el libro —pero aun sin saber por dónde tomar las diversas líneas que va generando— decidí salir a la calle. Fui a una de las librerías de nuestro rubro a buscar más bibliografía sobre el tema, para continuar pensando y acopiando, y me encontré con alguien que me dijo que no encontraría nada. ¡Agregó que el tema ya no está de moda!
Entonces, quizá, podemos comenzar por ahí: por un elogio de lo demodé. O de la “retro-transferencia” (como un amigo traductor prefiere traducir la Gegenübertragung). En especial si tomamos la moda como mercancía previa a su liquidación y en rápida transformación —como dice Benjamin—. Esa breve anécdota, por otro lado, muestra los gustos que van marcando las supuestas tendencias en el psicoanálisis.
En este punto, Alejandra, una amiga, me recordó la visita de Jorge Fukelman a la cátedra del Hospital Gutiérrez donde trabajábamos. Al hablar de la clínica con infancias gravemente enfermas —con riesgo de muerte—, deslizó: “es voy a decir, a pesar de los grabadores, una palabrota que parece fuera de época: contratransferencia”. El comentario surgió cuando un participante relataba lo difícil que le resultaba incluir la dimensión de la muerte. Fukelman intervino entonces: “voy a poder ubicarme en relación con algún personaje que juegue con ese niño e incluya el miedo a morir. Por ejemplo, decirle encarnando a un cacique: ¡Te vas a morir por haberme robado, indio comanche!”. En ese movimiento, a partir de lo que le ocurría al analista, operaba una conversión ficcional. Recuerdo que en esa misma reunión Fukelman retomó la célebre frase de Pichon-Rivière: “el asunto no es no meter la pata, sino saber sacarla; y saber sacarla es un nombre del deseo del analista».
El gesto personal al historiar la contratransferencia
Aunque Daniel Braun aclara no ser amigo de las cronologías, historiza con su estilo, contextúa, subraya posiciones en pugna y antagonismos presentes en la historia del psicoanálisis respecto de la contratransferencia y del deseo del (de) analista. También conversa generosamente con colegas contemporáneos de referencia.
Algunas polémicas: ¿los afectos en el analista se comunican o no se comunican al analizante?, ¿se trata del saber inconsciente o de la emocionalidad?, ¿de la abstinencia como impavidez o de la sensibilidad imprescindible en la posición analítica?, ¿la contratransferencia es obstáculo o es beneficiosa como oportunidad de ubicar el deseo de analista? El olvido en el analista de atender a su paciente, ¿es un acting o un síntoma?
El libro renueva, confronta y revive esas controversias, muchas veces enturbiadas por las políticas de institucionalización. Se resaltan algunas palabras que habían quedado sin luminosidad (al menos para mí). Por ejemplo, aquello que escribe Freud a Jung acerca de que la contratransferencia es una “bendición disfrazada” (a blessing in disguise), expresión a la que a uno de los participantes del seminario se le ocurre oponer “maldición declarada”. Esa fórmula, “bendición disfrazada”, se usa para decir que algo que no inicia demasiado bien puede tomar un rumbo interesante o convertirse en una buena oportunidad. Algo así como “no hay mal que por bien no venga”.
Según los traductores, lo que dice Freud es que es esperable que el analista la domine, que la supere. La expresión en alemán que usa es erkenne und bewältige. Podría ser también que la “reconozca y tramite”, “advierta y elabore”, “discierna” o “afronte”; la elección del término relativiza un poco su malignidad o su imperativo, pero la traducción más justa pareciera ser, de todos modos, que la domine.
Política del desvío o de grises barullos, diría Foucault
El libro nos acerca a una genealogía que, como toda filiación, no carece de puntos silenciados, clandestinidades ni cuestiones no dichas. En otras palabras: no se trata necesariamente de la contratransferencia hacia el deseo del analista como una sustitución o progreso. Daniel Braun nos dice que en la contratransferencia se prepara el terreno fértil para el advenimiento del deseo del analista; aunque haya territorios compartidos, no lo plantea como una zona de equivalencia.
Justamente, lo que Breve historia de la contratransferencia contiene es una política de lectura que implica dar lugar al desvío respecto del establecimiento editorial milleriano, el cual deja afuera en el Seminario de La Angustia aquello que Granoff, Perrier y Piera Aulagnier incluyen en una reunión donde Lacan no estuvo. Para pensar la cuestión, el texto trabaja obras de Lucy Tower o Barbara Low, por ejemplo. Granoff dice que toma al auditorio como testigo de un tema con “alerta de sensibilidad”, donde la voz de algunas mujeres —probablemente más cercanas a suponer sus implicaciones a la hora de los avatares de la transferencia— se hace oír y se reinstala en el libro, tal como Lacan vuelve sobre aquellos pasos en reuniones posteriores con textos de M. Little o Ella Sharpe.
Y, desde ya, quienes narran su práctica respecto de la contratransferencia en esos tiempos no desconocen una de las teorizaciones más importantes y complejas: los extensos trabajos de Ferenczi, a quien el libro dedica un tramo para interrogar la práctica desde su posición activa y el análisis mutuo en busca de su lugar personal en el psicoanálisis.
Lo que le pasa al analista, o lo que pasa en el analista
“Lo que moviliza el inconsciente no es algo inefable”, dice Mannoni. Hay muchas dimensiones en nuestra práctica: a veces explosiva, con el analista bajo asedio, dice Braun, en las tempestades de la transferencia, dice Freud.
La primera cita del libro es de Lucy Tower: si ocurre un análisis, es indefectible que el trayecto le produzca al analista cambios personales, aunque estos sean menores. ¿Qué quiere decir que nos ocurra alguna transformación?
Pero también en la cita Tower habla de un encierro: “dos personas encerradas en un cuarto”. ¿Por qué habla de encierro? Es una situación de extrema intimidad. Daniel Braun no vacila en hablar de erotismo, aunque se pronuncia taxativamente contra toda manifestación erótica por parte del analista.
Atendemos a lo que le pasa al analista: pensamos cómo leer lo que surge al final del día, lo que afecta al cuerpo —frágil, quizás—, lo que conmueve, lo que se siente, las reacciones en el momento mismo de la sesión, las asociaciones inesperadas… A veces una lágrima que cae, alguna pena, compasión, enojo, curiosidad, fugas.
Para pensar esos asuntos hay varios nombres posibles: resistencia (Widerstand: un pararse en contra de algo que se aproxima), punto ciego, furor curandi, restos tóxicos, cansancio, horror al acto, manifestaciones del inconsciente, un sueño con un analizante. ¿Qué lugar dar a esas sutilezas, a esos asuntos que bordean el umbral de cierta obscenidad, a los tintes superyoicos en la relación transferencial?
¿Cuándo ciertas cuestiones que no pasan por la palabra se activan en un análisis? Ocurren siempre, dice Gloria Leff. El libro de Daniel Braun las despliega ampliamente.
Tres temas insistentes como preocupación: temporalidad, responsabilidad y terceridad
La temporalidad
Podemos decir, quizás, como efecto de lectura, que Braun lo piensa como aquello que habrá sido la contratransferencia.
Acentúa el lugar de lo retroactivo: solo así podrá definirse si se trató de la contratransferencia como impedimento, o si fue un propiciando la apertura y atravesamiento de un obstáculo.
Paula Heimann escribe: “hay un retraso temporal en la comprensión consciente del analista; la percepción inconsciente la precede y es más aguda”.
La versión de Daniel no es la de Victor Hugo, que cita Freud en varias ocasiones y dice que luego de tomar el caldo se sabrá si se trataba de una bruja o no la que se cocinó. El autor usa otra metáfora: la de la pesca. En un momento posterior se sabrá si lo que se pescó es un bagre o un arcoiris.
Cito: “yo agregaría que las cosas son pensables retroactivamente. Es decir, que de una posición o una intervención solo luego se podrá evaluar si permitió que un análisis continuara o se obstaculizara y así se podrá decir si fue una reacción contratransferencial con la connotación negativa que el término suele tener o si fue la emergencia del deseo del analista en cuanto ¿eco? del deseo del analizante. Eso es casi todo lo que tengo para decirles”.
Aunque no solo eso, sino que incluye la dimensión de la espera: el asunto es no reaccionar inmediatamente.
La responsabilidad en el analista
Importan sus límites y sus derechos. No se trata de estar haciendo confesiones a los analizantes. Daniel Braun pone el ojo cuando eso no está en juego en los autores, porque lo esencial radica en poder leer lo que ocurrió.
La terceridad
La preocupación en los avatares de los efectos de lo contratransferencial por la ausencia de terceridad simbólica. En el extremo está lo que Anna Freud le cuenta a Lou Andreas-Salomé sobre el análisis con su padre, donde admite que falta el “elemento tercero”.
El autor cuenta que parte de un texto de Jinkis donde escribe que los laberintos de la contratransferencia esconden la pregunta: ¿qué es un analista?
Pero podemos decir también que es uno de los sitios donde quizás más se captan las zonas oscuras de la política del psicoanálisis: los silencios, las censuras, aquello que se confiesa en lo privado pero no se debe decir en lo público. Los varios “sucesos adversos” —tomando el término que emplea Freud al referirse a la intensa transferencia amorosa de Breuer con Anna O. (Bertha)—. Breuer huye, y su temor o desesperación responden a sus propios puntos ciegos (de hecho, su madre se llamaba Bertha y había muerto durante su infancia). El asunto es que no puede advertir su propia implicación amorosa con Bertha Pappenheim, y eso tuvo consecuencias en ella, quien, si bien fue una pionera del trabajo social, escribió con dolor que el amor nunca había llegado a su vida.
En una carta a Binswanger de 1913, Freud escribe: “el problema que usted menciona de la contratransferencia es uno de los más difíciles del psicoanálisis. Todo esto no es fácil y quizá para ello haya que ser más viejo”.
En Tributo a Freud, por otro lado, se publica una carta a su analizante H.D. Allí, al recibir unas flores que ella le envía de regalo, Freud le escribe que ya es lo suficientemente viejo para diferenciar un halago o una alabanza de un agradecimiento, por lo que puede experimentar una satisfacción plena al recibirlas.
Quizá, entonces, no se trate de teorizar la contratransferencia, sino —tal como transmite un trabajo de Carlos Kuri sobre el final de análisis— de ubicar más bien el estado del analista para pensar el asunto. Creo que la manera de concebir la contratransferencia estará ligada también a aquello que se incluye como resto o residuo de un análisis.
Alguien entre los participantes plantea justamente que parecían ser esos restos los que Ferenczi, con la técnica activa, quería extinguir. Sin embargo, el final del análisis es, precisamente, el momento en que se trata de la máxima disolución del lugar que se ocupa.
Podemos pensar, tal como lo señalan autoras y autores que el libro cita, sus diferencias en la clínica con pacientes más graves: locuras, psicosis, donde lo que le pasa al analista (o lo que se nombra como contratransferencia) puede funcionar como fundacional de alteridad, “una manera de interpelar al Otro del loco”, dice Susana Toté. Viene a mi memoria ahora el “odio a su madre” en el relato del análisis de Margaret Little con Winnicott.
In-transferencia
En una de las conferencias de 1960 que menciona Daniel Braun, Winnicott (al aclarar que una simple reacción frente a una agresión no es contratransferencia) sostiene que, además de intentar restituir el uso a las palabras, podemos utilizarlas como gustemos: cambiarlas, sobre todo tratándose de términos tan artificiales como “contratransferencia”. Con ello puede ampliarse o precisarse aún más el valor de la función de los afectos —del amor, del odio— en el analista.
Surgen así las manchas con las que tanto analista como analizante salen de la chimenea, y ese efecto inconsciente que toca o hace eco en los cuerpos. En el prólogo, Rubinsztejn propone utilizar el prefijo in- en lugar de contra-, posición que se aproxima a la propuesta de Bruno Carignano —citada en el texto— sobre la negatividad como aquello que propicia la operación del deseo del analista.
¿Por qué no llamar entonces intransferencia a aquellas afectaciones en el analista que propician el trabajo? Esto no solo supone alojar la dimensión de lo inconsciente, sino también asumir aquello que, por intransferible, puede emerger de modos insospechados en el sentir o la emoción del analista —a partir, desde ya, de la lectura que se haga a posteriori.
El libro, de algún modo, termina también con una especie envenenada.
En el último de los ensayos, “La seducción en la lengua”, Braun escribe acerca de Ricardo III y su empeño en seducir a Lady Anne. La estructura misma de la interlocución posibilita que Lady Anne —como cualquier hablante— se coloque en posición de permitir que el interlocutor le infecte el oído. Ella va quedando paulatinamente tomada por el discurso de Ricardo, seducida, sometida a sus designios: acepta el anillo, ha sucumbido al veneno de las palabras y a la tentación de la obediencia.
Cito a Braun: “El imperativo de obediencia puede ser declinado en llamado imperioso… al hablar, al retomar siempre el hilo de los encadenamientos simbólicos del discurso…”
Como por ejemplo volver a pasar, una vez más, junto a esta comunidad de lectores, en nuestras conversaciones y escrituras, por esta reunión y por la lectura de Breve historia de la contratransferencia.







