Salió del tatami con el pulso acelerado. El entrenamiento había sido intenso, pero Damián estaba más que satisfecho. El sensei lo había elogiado por su precisión en los movimientos, aunque le indicó que debía mantener la calma:
—Es la única forma de respirar bien.
—Sí, sensei.
—La calma y la respiración van de la mano. Si te olvidás de esa regla básica, prácticamente estás regalando la pelea. ¿Está claro?
—Sí, sensei.
—Repetilo, que no se te olvide: “La calma y la respiración van de la mano.”
—La calma y la respiración van de la mano.
—Otra vez.
—La calma y la respiración van de la mano.
—Hoy estuviste bien.
—Gracias, sensei.
Se despidió con una leve reverencia. Afuera, las luces iluminaban la ciudad y el ruido del tránsito tapaba cualquier pensamiento tranquilo que Damián pudiera tener.
Subió a su Honda Titán. Le había hecho pintar el tanque de amarillo porque era el color del traje que usaba Bruce Lee en El juego de la muerte.
En la parte trasera de su pantalón, ajustado al cinturón, llevaba un nunchaku que no había tenido la oportunidad de probar en una pelea verdadera, solo en los entrenamientos.
La calle a esa hora era un caos. La gente salía del trabajo y el centro estaba repleto de vehículos y peatones. Damián se movía entre los espacios libres, era la ventaja que le daba la moto. Estaba acostumbrado a encarar ese desafío tres veces por semana. En algunas ocasiones, incluso, se había visto en la necesidad de subir a la vereda para evitar que la moto sufriera algún golpe. Pero aquella vez, el auto de adelante frenó de repente y Damián no pudo maniobrar a tiempo. Chocó apenas con el costado del baúl, aunque lo suficiente para que una de las luces laterales de la moto se hiciera trizas.
Damián se arrimó al cordón, estacionó unos metros más adelante y bajó. El semáforo seguía en rojo. Se acomodó el nunchaku en la cintura y golpeó con los nudillos la ventanilla del auto que casi lo había tirado.
Un viejo con boina de corderoy abrió la puerta.
—Disculpame —dijo.
—Disculpame, las pelotas. Pagame ya las luces.
El viejo levantó las cejas. Parecía sorprendido.
—Te estoy hablando bien, pendejo —murmuró.
—¿Qué? ¿Querés boxear?
Damián se puso en guardia. El viejo lo miró con algo más parecido al cansancio que al miedo.
—Si no me dejás que te explique, no vamos a llegar a nada.
Los demás conductores pasaban a los costados. Algunos bocineaban. Otros apenas giraban la cabeza.
El viejo marcó un número desde su celular y llamó:
—Hola, Inés. Decile a José que venga… Estoy en el centro. Choqué con un muchacho… ¿Eh? A una cuadra de la Legislatura.
Colgó.
—Ya viene mi hijo a arreglar las cosas.
—¿Te hacés el piola?
El viejo se pasó un pañuelo por la cara. Se lo veía agitado.
—Esperemos que venga, y él te explica.
—No me tratés de boludo. Pagame la luz.
A esas alturas, sumado a los bocinazos de los que pasaban, Damián había olvidado la regla básica. Sacó el nunchaku de la cintura y lo hizo girar como si practicara para una pelea.
—Pará… ¿qué vas a hacer? —dijo el viejo.
Damián se acercó a la puerta del auto y voló el espejo retrovisor de un solo golpe.
El viejo se puso pálido. Ni siquiera dijo una palabra. Apoyó una mano en la puerta y las piernas parecieron fallarle. Cayó de costado, como un muñeco.
No hubo gritos alrededor. Solo un silencio extraño, como si el tráfico hubiera desparecido de repente.
Antes de que Damián pudiera reaccionar, ya había dos personas asistiendo al viejo. Pero no hubo nada qué hacer.
La ambulancia llegó rápido. La policía fue mucho más lenta.
Una señora que aseguraba haber presenciado el incidente, les contó su versión de los hechos a los oficiales:
—Yo lo vi. El chico estaba enojado. Le rompió el espejo con ese palo de cadena. El señor se cayó ahí nomás… pobrecito.
Otros testigos corroboraron la declaración. Los oficiales esposaron a Damián y lo hicieron subir al patrullero.
—La moto.
—Queda confiscada —dijo uno de ellos.
Le mostró el nunchaku que le había quitado al esposarlo, y agregó:
—Y esto también.
En la comisaría, le permitieron hacer la correspondiente llamada. Solo les avisó a sus padres que lo habían detenido. De todas formas, tarde o temprano la policía iba a avisarles.
Veinticuatro horas después, el abogado que sus padres consiguieron lo recibió en una de las salas de visitas.
—Escuchame, Damián —dijo—. La cagada es que el viejo se murió. Pero vos nunca lo tocaste, ¿no?
—No. Nunca.
—Entonces tranquilo. Además, vos no podías saber lo del corazón. Es más culpa del susto que tuya.

Lo soltaron al día siguiente.
El padre lo fue a buscar. La madre iba en el asiento de acompañante. Ninguno habló durante el viaje.
En casa, Damián prendió el televisor. Su padre se lo apagó.
—Mejor que no mirés.
—¿Qué dicen?
Nadie contestó.
Lo prendió de nuevo. Pasó por los canales hasta encontrar el del noticiero local. Lo apodaban “El loco del nunchaku”.
Mostraban fotos suyas sacadas de sus redes sociales. Aparecía con el cinturón negro y junto a su moto amarilla, las alternaban con una imagen de Bruce Lee.
Hablaban del dojo, de su paso por la escuela, de sus padres. Un ex compañero declaraba que desde la primaria mostraba problemas de conducta. La señora que fue testigo del incidente opinaba que era parte de una juventud violenta.
Damián miraba en silencio. Cambió al siguiente canal justo cuando entrevistaban a una mujer mayor que, según la franja inferior del noticiero, era la esposa del hombre muerto. Estaba parada en la vereda de su casa y llevaba puestos unos lentes de sol. Respondía con voz quebrada a las preguntas de la periodista. Contaba que su marido había ido al supermercado porque era el día de ofertas, que llevaban cuarenta y nueve años de casados y en cinco meses cumplirían las bodas de oro, que tanto ella como sus hijos y sus nietos estaban destrozados.
—Yo solo quiero justicia. Es lo único que pido —dijo la señora.
Damián apagó el televisor y fue hasta su cuarto. El nunchaku estaba sobre la mesa de luz. Quieto. Inofensivo. Se lo habían devuelto al quedar libre, pero la moto seguiría confiscada por tiempo indefinido.
Buscó en su celular otros videos sobre la noticia para ver si mencionaban el barrio donde vivía la familia. Lo encontró al tercer intento. Hizo una captura de pantalla y observó durante un rato largo los detalles de la casa detrás de la mujer entrevistada.
Durante un par de días no salió, ni atendió el teléfono. Le costaba dormir. Cuando lo conseguía, soñaba con el viejo. A veces lo veía caerse en cámara lenta. Otras, lo veía levantar la cabeza desde el piso y decirle algo, pero sus palabras eran tapadas por el ruido del tráfico.
A la semana, se rapó frente al espejo, se puso una campera con capucha y salió. Caminó sin rumbo algunas cuadras. Pensó en buscar a la familia y explicarles cómo habían sido las cosas en realidad: “No pude mantener la calma”. Pero antes decidió ir a una casa de artículos de automotor, especializada en la marca Fiat. Preguntó por el precio de un retrovisor. Se acordaba muy bien del modelo del auto. Contó la plata. Le alcanzaba, así que decidió llevarlo.
El hombre que lo atendió le mostró que el retrovisor estaba en perfectas condiciones. Lo puso adentro de una caja, luego en una bolsa y se la entregó.
Damián fue hasta el lugar donde había ocurrido el choque. Se quedó parado en el sitio preciso. Había una mancha oscura en el asfalto que parecía de aceite.
Los vehículos y las personas iban y venían con total normalidad. Por un momento, se sintió observado y se acomodó mejor la capucha. Luego fue hasta el supuesto barrio y caminó por diferentes cuadras, pero no encontró la casa. Sus padres debían de conocer la dirección. Sabía que estaban en contacto con la esposa del hombre, aunque desconocía cuál había sido el arreglo.
Cuando se dio cuenta, ya había caído la tarde. Se sentó en el cordón de una vereda, sacó el retrovisor y lo observó un momento. Luego volvió a guardarlo y dejó la caja en la entrada de una casa cualquiera.
Esa noche no bajó a cenar.
—¿Querés hablar? —dijo su madre.
Se había detenido en la entrada de su cuarto.
—No. Estoy bien.
—¿Apago la luz?
—Dejala así.
Miró desde la cama el poster de Operación Dragón pegado en la pared, con una frase de Bruce Lee que decía: “Mi estilo es el arte de luchar sin luchar”. La había leído tantas veces, pero sentía que era la primera vez que entendía su significado. Pensó en volver al dojo y esforzarse hasta cumplir con esa regla básica. Luego agarró el nunchaku sobre la mesa de luz y lo hizo girar una sola vez, como para confirmar que aún podía hacerlo.







