El héroe tenísitico de mi adolescencia fue David Galván. Un tenista del pueblo que había llegado a ciertos niveles que mirábamos como un olimpo deportivo. Más allá de sus logros, tenía un tenis lindo de ver: revés a una mano y un saque suelto parecido al de Pete Sampras. Eso era suficiente. Cuando me empezó a interesar el tenis, miraba muchos partidos por televisión, gozaba y sufría con Gabriela Sabatini. Había poca gente que pegaba revés a dos manos (recuerdo a André Agassi como alguien que irrumpió en la escena del tenis con revés a dos manos): yo lo veía como una degradación, una versión un poco vulgar que buscaba la eficiencia en detrimento de la belleza, lo único importante en este asunto. Una vez le pregunté a un profesor de tenis por qué proliferaba el revés a dos manos y argumentó que los tenistas empezaban a jugar cada vez desde más pequeños y como no tenían fuerza suficiente para el revés a una mano, pegarle con dos era una solución efectiva. A mí me parecía que eso arruinaba la dimensión estética de un deporte que es uno de los más atractivos de ver.
A los 10 años empecé a jugar al basquet en el Club Studebaker. Studebaker tenía buen fútbol y una buena peña folclórica, también un autódromo donde brillaban los créditos locales metiendo un ruido escalofriante que se escuchaba en kilómetros a la redonda en carreras de domingo. Pero no tenía un buen basquet. Yo quería jugar al basquet. Las prácticas en la sede del Club eran por la tarde y el profesor era un tal Raúl Molina, un fulano venido de Murphy. Es muy común que en los pueblos aparezcan personajes de otros pueblos para entrenar equipos de diferentes deportes en los clubes. Molina era un irresponsable que solía faltar a las prácticas y muchas veces esas horas se convertían en partidos que improvisábamos ante la ausencia del entrenador. En Sportsman en cambio el basquet era otra cosa. Siempre lo fue. Tenían una cancha con un piso parquet pulido y encerado y ya habían cambiado los tableros de madera por unos de acrílico, esa cancha olía a profesional. Me fui a jugar a Sportsman. Una noche le anuncié a mi padre esa decisión y no le gustó. Estábamos cenando y lo miré fijo, nos sentábamos enfrentados en la mesa de la casa, me escuchó y no emitió palabra. Él era del verde y no concebía que yo practicara un deporte en el club rival, pero lo que más le molestó fue saber que mi decisión estaba impulsada por una desprolijidad en nuestro club. Empecé las prácticas en Sportsman, me mezclé con basquetbolistas profesionales, deportistas de verdad, Fernando Barolich, los hermanos Poli, Uriel Doffi, nombres bien de Sportsman. El entrenador era el Chumpi Martínez, que venía de Elortondo tres veces por semana a entrenar la primera división y los fines de semana a los partidos. Allí conocí los rigores de un entrenamiento. La parte física era dura y el basquet también. Yo me movía en bicicleta por el pueblo, amaba terminar los entrenamientos de noche y volver a mi casa donde me esperaba comida caliente. Me comía las cuadras del pueblo que me sabía de memoria yendo de mi casa al club, de mi casa a la radio, y siempre volvía de noche, con frío, con calor, con lluvia.
Una noche, al terminar una práctica, veo que están prendidas las luces de la cancha de tenis. Sporstman tenía una sola cancha de cemento con flejes de metal. Me acerqué y escuché los sonidos de un peloteo firme y sostenido, allí estaban Mario Ferreyra y David Galván. Me senté en la silla alta del umpire a mirar. Apenas me saludaron, no sé si les debe haber parecido raro que alguien se sentara a mirar. No me sentaba sólo a mirar, absorbía cada golpe, sobretodo los de David, el revés a una mano, la altura y la profundidad de la pelota, el modo en que semi flexionaba las piernas y la seguridad en los impactos. Allí metí el tenis en mi cuerpo. A través de esa observación. Cada noche, desde entonces, luego de los entrenamientos agobiantes de basquet, ya tenía un plan: ir a ver pelotear a Mario Ferreyra y a David Galván. Un año más tarde había dejado de jugar al basquet para jugar al tenis. Insistí a mis padres para que me compren una raqueta y así llegó a mis manos un Prince de aluminio y aro de 110 pulgadas, una belleza que cuidaba como un instrumento de luthería. Era fines de los 80, el tenis se popularizaba en los pueblos, y los clubes demolían las viejas canchas de cemento y construían canchas de polvo de ladrillo, conquistaban terreno en sus parques generosos ofreciendo tres canchas anaranjadas con redes nuevas y flejes de plástico. Todo el mundo jugaba al tenis y se mezclaban los ricos con los pobres, los lindos, los feos, los que tenían zapatillas buenas y los que jugaban con alpargatas, raquetas de madera, de aluminio, de grafito. El tenis convocaba y todos aparecíamos en el club sin partidos armados, llegábamos y se armaba, con un criterio de potrero. Jugábamos todos, nadie se quedaba sin jugar. A veces había que esperar a que se libere una cancha y entrábamos con una ansiedad y una alegría infantiles. Al poco tiempo empecé a tomar clases, con David Galván y luego con distintos profesores, siempre en alguno de los clubes del pueblo, porque los tres hicieron canchas de polvo, Studebaker, Sportsman e Independiente.
La práctica de un deporte amateur es una de las experiencias vitales más coloridas en la vida cotidiana de un hombre o una mujer que van en busca allí de un gasto y de una inversión, un gasto físico y un dar, un darse. La apertura de una cápsula temporal en medio de la semana en que se suspenden las obligaciones, se aflojan las tensiones y aparecen las escenas de la competencia entre amigos y conocidos, una breve concentración en el cuerpo, un cansancio bello y un descanso de todo lo otro del mundo. Después se comparte una comida, un asado, o se planea algo para el fin de semana. Son los pequeños exilios que solazan. La ropa que se destina a esas prácticas, el olor de las cremas para entrar en calor los músculos y evitar una lesión o apaciguar un dolor.
En el tenis es el olor a la felpa de las pelotitas, el sonido lujoso del tubo nuevo que se abre. El vértigo y la felicidad ante la inminencia de la llegada al club y el encuentro con los amigos.
El tenista amateur disfruta de más dimensiones que el tenista profesional. El tenista aficionado accede a más capas del tenis, por lo menos tres: el tenis que cree que juega, el tenis que desea jugar y el tenis que efectivamente juega. Pero este último no cae como una mala noticia o una decepción en el universo del tenista amateur, sino como un modo de aunar las tres dimensiones. No es un tenis unívoco basado en el rendimiento. El tenista profesional de hecho no percibe una idea acerca de su propia calidad, juega para ganar, de un modo más o menos autómata y mecánico. En cambio el tenista amateur tiene otros propósitos: ser feliz; luciéndose frente a la tribuna del pueblo, sentir la plenitud del golpe cuando logra un buen drive o un buen revés, y eso amplía el horizonte de disfrute del tenista amateur. Vive varias vidas mientras juega al tenis: la vida familiar, cotidiana que deja atrás al encontrarse con el prado de polvo de ladrillo, con los amigos, el olor de la cancha y las pelotitas. Como si intuyera la vida del tenista profesional cuando logra un peloteo firme con un adversario ocasional, con su tenis siempre deficitario, pero finalmente el tenis que lo hace feliz.
El tenista amateur disfruta de todo ese paisaje como un niño en una juguetería. Se siente liviano, ingrávido allí, a pesar de los kilos de más y la falta de velocidad para llegar a una pelota. Esa liviandad es el hecho mismo del tenis amateur, una levísima preocupación por el resultado y los yerros, un insulto hacia sí mismo, una queja, que nunca opacan esa alegría de estar allí, en un presente absoluto, donde siente su cuerpo en un frenesí de torpezas que por momentos cree una danza delicada y armoniosa. Cree que juega bien porque cree que juega lindo, todo en él es fantasía y sugestión, no hay ninguna razón objetiva que avale esa posición infantil. Cree que lo que está haciendo está bien, no sólo porque él se auto percibe bello y talentoso, sino por el placer que siente al jugar.

Tenemos derecho a pensar que el tenista amateur construye, casi siempre con eficacia, su propia película y es director de arte, fotografía, actor, todo a la vez. Es un frenesí estético que lo ubica en una verdad que no admite discusiones: se cree toda esa fantasía, “compra el buzón” y nadie es más feliz allí adentro, hay una ternura, no sólo en esos movimientos que siempre buscan el perfume de lo excelso, sino en esa actitud, es una posición, no ante la vida, sino ante ese momento en que entra a la cancha, pero ¿no sería esa una buena forma de vivir?, ¿derrochando?, ¿siempre en déficit pero con una alegría sencilla y humana?
El amateur además, está a salvo de la mayor fuente de dolor que dispensa el tenis y que para el profesional es el lugar de mayor sufrimiento, pero es la cancha conocida: construir perfectamente un punto, no garantiza ganarlo. Esa es ya una verdad filosófica: no siempre hay mérito en el método, no siempre gana quien mejor hace las cosas. Eso frustra siempre al que juega mejor y al televidente que apoya al que arriesga, al que ataca. Nada más decepcionante y estéticamente cuestionable que alguien que no arriesga, que espera el error ajeno. El tenis está hecho de todas esas paradojas y es generador de todas esas impotencias, y luego también las repara.
Sucede que el tenista aficionado quiere jugar lindo, y confunde esto con jugar bien, o, para decirlo mejor, siente que jugar bien es jugar lindo. Es lo opuesto a lo que predica el conocido entrenador de tenistas profesionales Brad Gilbert en su libro Winning Ugly, cuya traducción literal sería: Ganar feo; Gilbert dice allí que nunca se juega el mejor tenis que uno posee, por eso se debe aplicar un método de rendimiento más allá de las contingencias, más allá del estado anímico del día, porque el objetivo del tenista profesional es ganar, aún jugando mal, aún jugando feo. El tenista amateur medio no quiere ganar jugando feo, prefiere perder jugando lindo, para la foto, juega para las madres que pasan por atrás de las canchas de tenis llevando a sus hijas a hockey o a patín o a sus hijos a fútbol. Cree que todo el mundo lo está mirando, y se toma su tiempo para un saque que imagina a más de 200 km por hora, o emite un sonido de queja en una respiración exagerada como si hubiera hecho un gasto terrible en una corrida, un pique corto o un golpe de ataque.
Existe un grupo de tenistas aficionados que, en cambio, juegan para ganar. Son especulativos, pacientes, ponen su inteligencia a trabajar en el error ajeno, detectan con facilidad el punto débil del rival y atacan ahí, porque su propósito, a diferencia de los otros tipos de tenistas, sí es ganar, sin importar cómo jueguen. En los clásicos enfrentamientos entre estos dos tipos de jugadores, aquel que juega más lindo siente que juega mejor, y por eso se siente con derecho a ganar o a haber ganado, cosa que casi nunca sucede puesto que el otro jugador mide, piensa, no le importa la belleza ni que lo miren ni nada: quiere ganar, y casi siempre gana, porque su tenis torpe, a veces horrible, su pelota blanda, su falta de iniciativa alcanzan para ganar. En el tenista preocupado por la dimensión estética es proporcional su obsesión por la belleza con su debilidad mental. No piensa, golpea. No construye, arriesga. Y siente que su tenis le alcanza para eso, cosa que muy de vez en cuando sucede, de manera inexplicable y excepcional; un día luminoso, golpes de suerte, la falta de viento y una temperatura agradable, condiciones por cierto imposibles de dominar por parte de este ingenuo sujeto.
El tenista amateur juega siempre por encima de sus posibilidades. Juega “como si”. Lo que rige a este aficionado es la imaginación; cree que puede hacer en la cancha, con la raqueta y la pelota, todo aquello que se imagine. Es, pensándolo bien, un juego generoso, pues derrocha todo, no se guarda nada, despliega una parafernalia que desde afuera genera la sensación de calidad y solvencia. Ese déficit es también una fuente de felicidad, una felicidad sencilla, de quien se sabe torpe e insuficiente. Es la maravilla de quien tiene poco en la heladera pero lo convida todo, corta todos los fiambres y calienta el pan e improvisa un banquete con nada ante la llegada inesperada de un invitado. Allí radica la generosidad. El otro jugador, el que especula porque siempre quiere ganar, no hace mucho, en realidad no tiene mucho. En un enfrentamiento entre estos dos tipos de jugadores, el tenista estético, por así decirlo, hace todo; propone el juego, si gana, gana él, si pierde, es él el que pierde. Tiene una gracia para ambas cosas, gana con la misma dignidad con la que pierde.
Roger Federer demostró una hipótesis que rezaba un imposible: lo bello puede ser efectivo. Lo bello puede, también, ser letal.
Los amantes del suizo pensamos como Alessandro Baricco que lo de Federer “tiene que ver más con el vuelo de las aves migratorias”.
Lo bello y lo eficaz.
El revés de Roger Federer es algo venido del mundo de la poesía. Todos los que pegamos revés a una mano, queremos pegarle como él, o la mayoría; y muchos creemos que le pegamos como él: esa fantasía permite el tenis. Y esa fantasía es mi hogar, y me permite una más dulce aún: no quiero pegar el revés como Roger Federer, quiero sentir lo que él siente.

Ilustración: Santiago Grunfeld






