Florencia Abadi es doctora en Filosofía, pero muchas personas la confunden con psicoanalista. En algún punto esa confusión puede rastrearse en su tradición familiar y también puede agravarse por los títulos e interrogantes de sus publicaciones más conocidas: El sacrificio de Narciso (Hecho Atómico Editores, 2018) y El nacimiento del deseo (Editorial Pólvora, 2023). Otros también la podrán conocer por sus poemas, porque mientras estudiaba la carrera de Filosofía, desde su juventud hasta la mitad de la década pasada, dedicó parte de su vida a la producción y publicación de dicho género literario. Es decir, como la gran mayoría, fue poeta en los años donde la poesía es tanto una necesidad existencial como un deber artístico.
Su emancipación de los discursos familiares y juveniles nace en el reposo del diván. Fue el efecto de un análisis personal el que le permitió ir más allá de los saberes supuestos y el regodeo lírico. A partir de allí, una noche escribió con su voz el comienzo de su primer libro de ensayos, y desde ahí se dio cuenta que, condensada dentro suyo, existía la fuerza de un misterio inabarcable, ese que invita a la escritura porque da a entender que de antemano no existen las respuestas universales.
Esta conversación recorre la historia experimental de una filósofa analizante que buscó algo para decir más allá de lo dicho, a su vez, un diálogo que se pregunta por la relación entre amor y deseo, crítica y creencia, cuatro fuerzas antagónicas que nos habitan y definen, en su costado más armónico y también en el otro, ese del que tanto nos cuesta hablar.
—¿Por qué empezaste a estudiar filosofía? ¿Qué te llevó a eso?
— Cuando tenía doce años, mi mamá asistía a un curso de filosofía. Un día, mientras se estaba maquillando en el baño para ir, le pregunté qué era la filosofía. Era un momento muy álgido de la vida familiar, así que estos recuerdos tienen un peso particular. Su respuesta no fue muy original, me dijo que la filosofía era el amor a la sabiduría. Aunque escueta, la definición me quedó grabada.
Después leí el libro El mundo de Sofía en cuarto año de la secundaria. Un libro mainstream que me regaló mi madre, ella una vez más. Lo leí ávidamente. Siempre había creído que iba a estudiar Letras, me gustaba la literatura, leer y escribir. Pero este libro llevó a algún otro, y de pronto se abrió otra posibilidad. El tamaño de mi rebeldía se mide en esa distancia entre Letras y Filosofía, no es gran cosa, pero tampoco nada. De algún modo era algo diferente a lo que se esperaba, o a lo que yo esperaba.
— ¿Sabías de qué se trataba la carrera?
— La verdad que no sabía mucho de qué se trataba. Nadie sabe muy bien de qué se trata la filosofía hasta se estudia realmente. Creo que fue la mejor decisión que tomé en mi vida. Disfruté cada materia, no había nada que no me interesara. Y fue una decisión exogámica. Vengo de una familia de psicoanalistas, casi no había nadie de mi entorno que no se dedicara al consultorio. Entonces elegir algo que no fuera psicoanálisis fue una apuesta, aún si después terminé volviendo, lo hago desde afuera. Permanentemente me encuentro aclarando que no soy psicoanalista.
— ¿Qué herramientas te otorgó la filosofía para entender el psicoanálisis?
— Entre otras cosas me permitió situarme desde el lugar de analizante. En general la gente apasionada del psicoanálisis estudia psicoanálisis y luego se convierte en psicoanalista. Creo que no ser psicoanalista y ser una apasionada por el psicoanálisis te permite explorar desde ese otro polo del vínculo psicoanalítico. Me analizo desde chica, desde los doce años. Me estoy dando cuenta ahora que es el mismo momento en que le pregunté a mi mamá qué era la filosofía. Mis padres se analizaban cuatro veces por semana, mi hermana se analiza desde los cinco. Yo fui la que pedí ir al psicoanalista. Desde ahí me analicé toda la vida, pasé por distintos psicoanalistas, hasta que falleció Carlos Quiroga, el último.
— ¿Qué te permite la posición de analizante?
— Es una posición que me permite no quedar atrapada en el lenguaje técnico del psicoanálisis. También hago un gran esfuerzo para no quedar atrapada en el lenguaje técnico de la filosofía. Yo creo que los tecnicismos muchas veces son grandes herramientas, las teorías se construyen con ellos, pero también pueden ser obstáculos para pensar. Uno queda prendado de conceptos y cuesta después pensar la experiencia desde el lenguaje natural. Cuando más comprás esos tecnicismos, más difícil es encontrar la salida después. El psicoanálisis es una disciplina muy fascinante para abordar desde los bordes. Cuando uno está muy involucrado construye muros. Y los muros no permiten comunicarse con los demás, ni con uno mismo.
— ¿Cuál es tu relación con la poesía? ¿Seguís escribiendo?
— Escribí poemas desde la adolescencia. Publiqué malaluz, mi primer librito, a los veintiún años. Es el más hermético, después me fui aflojando. Más adelante publiqué Otro jardín por Bajo la luna. Para mí era muy importante la poesía porque en esos años estaba estudiando la carrera de Filosofía y este era un ámbito donde podía experimentar otros registros más allá de las monografías o las tesis. La poesía era un espacio para explorar la escritura más allá de la academia.
Después de que terminé la tesis doctoral pude empezar a experimentar más seriamente con los ensayos. Creo que de algún modo hubo una suerte de transvasamiento de la poesía al ensayo filosófico-literario. Mis ensayos tienen una escritura bastante condensada, que fue algo que desarrollé con la poesía. Pero siempre parecía amagar con abandonar la poesía. Cuando terminé Otro jardín pensé que no iba a escribir más poemas, no me venían. Pero después murió mi mamá y empecé a escribir poesía de manera desenfrenada, esa misma semana. Hay algo con ese tipo de registros que tiene que ver con una urgencia. Una necesidad vinculada a la catarsis, algo que está mal visto hoy quizás. Supuestamente uno tiene que escribir más allá de las propias penas, porque así se accedería a lo “universal”, pero para mí la necesidad de escribir poesía es eso, una necesidad que surge de la experiencia más propia. Recuerdo que escribí el primer poema del libro sobre mi mamá parada en un colectivo, empecé a escribirlo mentalmente, dos versos: qué dirá el primer poema que escriba/ ahora que murió mamá. Fue una muerte abrupta, algo que marcó un antes y un después. Elaboré ese duelo con la ayuda de la poesía, creo que no hubiera podido de otro modo. Finalmente, en 2014 se editan dos libros: el de poemas sobre la muerte de mi mamá, Corinne, que me llevó seis años y mi tesis doctoral en forma de libro, que me llevó muchos años, incontables. Así que el 2015 se abría un mundo nuevo, de mayor libertad. Y ahí aparecieron los ensayos filosóficos.

— ¿Con el ensayo te emancipaste de los discursos poéticos y académicos?
— De algún modo diría que sí. Ya habiendo terminado el doctorado, un amigo me propuso escribir un libro para su editorial, algo breve con tema libre. Era una oportunidad para darle forma a algo de todo lo que venía pensando. Al principio pensé que se trataría de un libro sobre la mímesis porque empezaba a estudiar ese tema. Pero a partir del análisis con Carlos Quiroga tuve un insight importante en relación con el narcisismo, y terminé escribiendo El sacrificio de Narciso. Digamos que descubro que el narcisismo no tiene nada que ver con el amor propio, y voy al mito y lo confirmo. Narciso no se ama a sí mismo en el espejo, sino que se enamora de su imagen y muere entregándose a esa imagen. De amor propio, poco, más bien sacrifica su vida y su cuerpo a un ideal.
— ¿Quiénes son tus influencias a la hora de escribir ensayos, tu biblioteca mental?
— En mi biblioteca hay un libro fundamental, Las bodas de Cadmo y Harmonía de Roberto Calasso. Es el libro que yo leí con más felicidad en mi vida. Si es que uno puede comparar las felicidades que le dan los diferentes libros. Es una influencia importante. Hay amigos a los que se los recomendé y después me dijeron “¡vos copiaste a este tipo!”. Digamos que no fue intencional, pero eso es una influencia.
— Eso es un poco la mímesis.
— Tal cual. Cuando escribo tengo que cuidar mucho lo que leo porque soy muy mimética. Si paso mucho tiempo con alguien voy a terminar hablando como esa persona. Soy especialmente influenciable, sugestionable. Y Calasso fue clave. Después está René Girard que es mi filósofo de cabecera, de quien tomo mucho de su concepción del deseo, un tipo que sigo leyendo siempre y me parte la cabeza cada vez. A nivel poético Henri Michaux fue, es y será un referente clave. Después hay un filósofo que no es muy conocido llamado Roger Caillois, era un gran amigo de Bataille, un tipo que mezcló literatura, ensayos, filosofía, alguien que hizo algo raro con todo eso. Y bueno, también hice mi tesis doctoral sobre Walter Benjamin, vamos a pensar que alguna influencia tuvo.
— ¿Calasso llega antes o después de El sacrificio de Narciso?
— Aparece mientras, es decir, en el momento justo. Yo ya había encontrado un tono fuera del registro académico para el libro. Una noche escribí la frase “contrariamente a lo que suele afirmarse, Narciso no se ama a sí mismo”. Una frase que no decía “el concepto de narcisismo” o “la recepción del problema de”, o “tal afirma x”. Mi tesis doctoral era siempre “Benjamin afirma, tal afirma que Benjamin afirma, en cambio yo afirmo que Benjamin afirma”. Esa primera frase fue muy liberadora. No estaba discutiendo un concepto con Freud, aunque terminara en eso, discutiendo la relación entre narcisismo y egoísmo, sino diciendo algo sobre el mundo, si Narciso puede ser considerado parte del mundo.
— Narciso es una figura mítica y troncal del edificio del psicoanálisis. Una puerta de entrada para hablar de muchos temas: el deseo, la rivalidad, la paranoia, el conflicto y el erotismo.
— Sí, abre muchos temas. Pero para mí el tema fundamental es la cuestión de la imagen ideal y de cómo ponermos a su servicio va en detrimento del deseo y del cuerpo. Cuando digo que Freud no hace justicia al mito de Narciso, me refiero a que no apunta a lo que para mí es el elemento central de la figura, que es su carácter sacrificial, el hecho de que él se suicida, se muere en ese espejo. Esta es para mí la clave de la estructura narcisista, una suerte de suicidio cotidiano, que se produce con cada acción o decisión en que el narcisista se posterga para ser amado por el otro, en que pone su cuerpo y su vida como ofrenda sacrificial al servicio de la imagen, porque cree que de otro modo no lo van a querer. En este sentido, el narcisismo es lo opuesto del egoísmo, porque si el egoísta se prioriza a sí mismo por sobre los demás, el narcisista se posterga a sí mismo para sostener esa imagen que cree que es condición del amor. En este sentido, Narciso está lejos de la exaltación yoica entendida como vanidad o soberbia, y está aún más lejos de un amor propio que no tiene nada de condenable. Amarse a uno mismo está muy bien, el narcisista está en las antípodas de eso. La idea del narcisista como alguien sumido en una fiesta egoica me parece errada.
— Vos tenías que encontrarle tu propio sentido a una palabra que desde el discurso familiar estaba colapsada.
— Sí, también porque siempre tuvo una fuerte resonancia la palabra en mí. Para Freud se trata sobre todo de una cuestión de economía libidinal, en que el narcisismo es la investidura excesiva del yo. Y eso me resonaba, la cuestión del enamoramiento, etc. Pero en la experiencia no sentía que eso estuviera en relación con el egoísmo propiamente. Sino que más bien veía en el narcisismo, en la idealización, en la necesidad y el goce de ser amado por otro una suerte de sumisión, de postergación de uno mismo para cumplir los ideales del otro. Aclaro que para mí todos estamos atravesados por el narcisismo, en eso coincido con el psicoanálisis. Y hay un montón de momentos cotidianos en los que eso se juega, por ejemplo, cuando hacés cosas para que te amen, por temor a que caiga cierta idealización. Lo que se juega ahí es el narcisismo, el narcisismo es muy superyoico. Se debe a los mandatos, tiene que cumplir el ideal. El egoísta en cambio hace lo que tiene ganas.
— El egoísta es muy bueno poniendo límites.
— Exacto. No teme enojar al otro, puede decirle que no, algo muy difícil para el narcisista. El egoísmo tiene una conexión mucho más natural con Eros. El egoísta puede interrogar lo que desea porque no se lanza ciegamente a cumplir el ideal. El narcisista se desconecta muy fácil de su deseo, no lo interroga, se debe a su imagen que hay que sostener. Cree que es amado a través de una imagen, no por lo que es. Es decir que hay que trabajar para ser amado. En ese trabajo lo que uno quiere no es lo más importante y ahí queda postergada la pregunta por el propio deseo.
— ¿Cuál es la relación entre Narciso y Eros?
— Se puede entender la relación entre Narciso y Eros desde la mitología con mucha facilidad. Narciso es un mortal que desafía el poder Eros, una divinidad. La desafía en tanto rechaza todas las propuestas eróticas que recibe. Narciso no quiere que lo alcance la flecha de Eros. Esa es su soberbia, su hybris, creer que puede vivir más allá del deseo, que puede evitar ser poseído. En la antigüedad, en la fuente en la que Narciso muere, los habitantes de la ciudad erigen un monumento a Eros vencedor. Esa muerte es la victoria de Eros. Se trata de la ciudad de Tespias donde se adoraba a Eros muy fervientemente, ahí se realizaban las fiestas en su honor, las Erótidas. Narciso busca sostener la perfección, la unidad del sujeto en la imagen, la virginidad es un símbolo de esa unidad. La flecha de Eros en cambio rompe esa unidad, desquicia al sujeto, nos expone a la falta, a la carencia. El deseo es una herida para el narcisismo, como dice el enamorado en la canción popular “estoy perdiendo imagen a tu lado”.
— ¿Y por qué se relaciona al narcisismo con el amor propio?
— En cierta medida creo que tiene que ver con la versión de Ovidio, que es la más frecuentada, pero que es tardía, de la era cristiana. Ahí Ovidio suprime a Eros como enemigo de Narciso, y quien se venga es Némesis, diosa de la venganza. Oculta entonces esa enemistad fundamental. Y aparece la idea de que Narciso está enamorado de sí mismo. Y además, está el tema del amor, que para mí no es el deseo propiamente. El psicoanálisis ligó muchas veces el narcisismo con el amor propio. Yo creo que en Freud eso es mucho más sutil porque está el ideal de por medio. Pero en Otto Rank, por ejemplo, en su texto de 1911 sobre el narcisismo, este es directamente el amor por la propia persona.
— ¿Por dónde comenzaste a investigar esa relación?
— Bueno, es una historia algo curiosa. En una conversación con mi hermana, cuando le hablo de Narciso, ella me responde por Eros. Ambos son bellos, tienen rulos, arco y flecha, porque Narciso es cazador. Entonces ella ahí me plantea que se le confunden. Esa confusión disparó la investigación sobre la relación entre ellos. La verdad de los mitos está en esas confusiones, esas distorsiones y ocultamientos. Los mitos tienen muchas versiones, cada una oculta algo y muestra otra cosa.
Mi asunto con Narciso siempre fue esa relación con el ideal, la herida respecto de la perfección, esa postergación de la persona, así que la oposición más teórica con el deseo debe haber aparecido pronto. Porque el deseo no se basa en ningún ideal, y tiene esta relación con algo que no se satisface. El narcisismo busca la completitud, y el deseo descompleta. El narcisismo no tolera el ridículo en que te pone el deseo. Los niños lo tienen muy claro, se burlan del enamorado. Y claro, el deseo te pone en una posición vulnerable. El otro te puede dejar, engañar, humillar. El deseo nos expone al ridículo y a la humillación. El narcisismo se defiende de eso. Y con justa razón, porque la flecha no es algo tan bonito.
En la primera página de El sacrificio de Narciso cuento la maldición árabe que dice “Ojalá te enamores”. Hay que pensar en el enamoramiento con todo el dolor y la confusión que provoca. La pasión erótica es algo muy complejo. Habrá momentos lindos, que mayormente son narcisistas, donde uno idealiza al otro, el otro te idealiza a vos, y eso genera una libidinización masiva del campo, donde uno puede estar maníaco y distraído en el mejor de los sentidos, pero el enamoramiento narcisista tiene fecha de caducidad. La pasión erótica no. Y vive del obstáculo, se nutre de cierto odio deseante que es bastante incómodo.
— Vos citás a Carlos Quiroga y decís que, aunque duela admitirlo, el deseo y el amor funcionan con lógicas contrapuestas. Mi pregunta ahí sería ¿qué es lo que cuesta admitir?
— Cuesta admitir que el amor deserotiza. Es lindo cuidar al otro, que el otro te cuide, pero cuesta admitir que el amor también necesita un límite para que haya deseo. Y también cuesta admitir que el deseo, algo tan idealizado en el último tiempo, puede ser una fuerza vinculada al odio, la rivalidad y la envidia. Hay un montón de mecanismos complejos ahí. Desear no es fácil, no es todo movimiento y vitalidad. También supone desgarramiento de velos y crueldad. Ese motor de la vida no viene del amor. El deseo es una dinámica que exige integrar las partes más oscuras del ser humano y de su manera de vincularse.
La cita de Carlos Quiroga es algo que él me dio en sesión, por eso está entre paréntesis, y a mí esto me pasaba mucho con Carlos, porque yo quería referir que la idea era de él pero él no la había escrito. La transmisión de Carlos es mayormente oral, aunque tiene una obra, varios libros, hay una dimensión no escrita que yo intenté reponer para agradecerle esas ideas. Ese carácter privado de lo que pasa en una sesión es parte de lo que me llevó a elegir no ser psicoanalista. Algo de lo privado me angustiaba, no quería mantener mis ideas en el secreto del consultorio. Aunque obviamente hoy veo que no es tan así, que los psicoanalistas también publican sus ideas.
— Hablando sobre la transmisión, tenés un ensayo sobre la mímesis donde lo planteás como un concepto históricamente castigado: no copiar, no repetir y no imitar.
— Sí, creo que es así. “Sé un hombre y no me imites” dice Goethe. Creo que la mímesis, o imitación, exige salir de uno mismo, entregarse al ridículo, entregarse en general. Confiar, creer, por eso para la Ilustración fue siempre un problema. La dimensión que más se castiga de la mímesis es la de la credulidad, la de creer en el otro. Diría que estamos en una época donde uno tiene que ser irónico y la mímesis se opone a la ironía porque habla de la inocencia. Se imita inconscientemente, sin darse cuenta. Tiene que ver con la maleabilidad y la permeabilidad con el entorno. Algo que uno no puede manejar ni controlar. Muestra que no somos sujetos autónomos, libres, críticos.
— ¿Y por qué creer?
— Porque si no creemos no nos vinculamos. Sin creencia, sin confianza, no hay lazo. La confianza es un salto de fe que se hace sin red, sin garantías. Si yo confío, el otro humano me puede traicionar, engañar, abusar. Esto no pasa con las mascotas, en las que nos refugiamos a veces de todo esto. Para vincularse, hay que exponerse, entregarse. La creencia remite a esa capacidad que tenemos los seres humanos de ser hipnotizados. Digo capacidad porque no se trata de una debilidad, sino más bien de un poder enorme que tenemos, que es el poder de ceder el poder. Si no pudiéramos ceder el poder no podríamos tampoco establecer relaciones de transferencia, es decir que no podríamos educarnos, ni curarnos. Transferimos poder a nuestros maestros, a nuestros terapeutas, y a toda persona con la que establecemos un vínculo afectivo humano. Creer es una capacidad, y además, hay que decirlo, una necesidad, en caso de que falle, podemos sufrir una despersonalización, un ataque de pánico. Otro nos dice cómo son las cosas, incluso quienes somos, que estamos en el año 2025, etc.
El diván es una manera muy plástica de mostrar cómo acecha el abuso. El psicoanalista te acuesta. Uno está indefenso y le cuenta lo más íntimo de su vida a alguien de quien uno no sabe nada. No es una relación simétrica. A los psicoanalistas no les gusta nada hablar de poder. Ahora todo es en base a una lógica de abstinencia, pero la relación de poder es insoslayable. Porque hay que reconocer que si algo amenaza detrás de la entrega es la sumisión. La rechazamos de cuajo, no queremos saber nada de ella, aunque, como dice Shakespeare, el amor mismo es sumiso, pone al otro por delante.
En la educación también pasa esto. Yo me dedico a la docencia, no hay simetría. Vos le crees al otro. Está el estudiante que no soporta esta situación y te va a cuestionar todo lo que digas, esa actitud del sujeto que quiere ser autónomo es la misma que la de quien no se quiere analizar. Si uno no puede ceder el poder es muy difícil construir algo. Y no hay garantías de que el otro no te vaya a abusar, porque el psicoanalista o el profesor pueden ser malas personas y abusar de la confianza de uno. Con el psicoanálisis y la filosofía hay que dar un salto de fe para ingresar.
— La concepción del pensamiento crítico castiga a la mímesis, ¿se puede agujerear esa lectura del discurso científico?
— Es cierto que se castiga a la mímesis desde el discurso científico y crítico. Hay en juego una represión de la mímesis, pero diría que lo que agujerea esa represión tiene que ver precisamente con que lo reprimido retorna. Todo esto puede pensarse bien a partir de cómo se constituyen dos disciplinas, que son la sociología y la biología. La mímesis aparecía en el origen de ambas, y se la tuvo que reprimir para que la ciencia se construyera como tal. El caso de la sociología es más claro, sabemos que la funda Durkheim, que vence sobre Gabriel Tarde, que había dicho que la sociedad era producto de la mímesis, de un proceso imitativo entre las creencias y deseos de quienes componen la sociedad. Después Durkheim estableció que la sociedad es algo exterior a los individuos, y con eso fundo la disciplina, dando un objeto de estudio preciso independiente de los individuos. Ahí la mímesis de Tarde quedó reprimida, y retornó hace un tiempo, cuando Deleuze desempolvó de nuevo su obra. En el ámbito de la biología, el mimetismo vuelve de la mano de los neolamarckianos, que reivindican los aportes de Lamarck mucho después de que fuera refutado por la teoría de la selección natural de Darwin. En ambos casos, la mímesis aparece como un elemento que el discurso científico, para erigirse como tal, tiene que rechazar. No es casual que la tradición haya pensado siempre que los más imitadores por naturaleza son los individuos considerados inferiores, los niños, los idiotas, las mujeres, los indígenas. Como decíamos, ahí se entiende bien la frase de Goethe de que ser un hombre es no imitar, que estaba dedicada a los lectores del Werther, una ironía realmente, porque sabemos que fue muy imitado.
— Yendo hacia tu otro libro, El nacimiento del deseo, ¿cuál es tu relación con la fe?
— Vengo de una familia judía de tercera generación laica. En el psicoanálisis, en Freud pero creo que también en Lacan, hay un rechazo de la idea de Dios. La religión de mi familia era el psicoanálisis, la religión de la no religión. Por eso es que no me crié leyendo la Biblia, sino que la Biblia estaba ahí como un texto más. Antes de tener algún vínculo espiritual con lo religioso me interesaba la religión como objeto de estudio. Y agarraba ese libro extraño de hojas finitas desde la adolescencia, me atraía mucho, también leía el Corán que estaba en casa. Pero en algún momento, vía el sufrimiento de la vida, me acerqué desde una perspectiva mucho más experiencial. No tanto desde la lectura del Génesis que hice para escribir El nacimiento del deseo, donde pienso el relato de Adán y Eva como un mito de nacimiento del deseo, sino desde la fe, que es la palabra que vos traés.
— ¿Cuál es la operación de lectura que realizás para escribir El nacimiento del deseo?
— En el Génesis, el texto dice que Adán y Eva abren los ojos cuando comen del fruto prohibido, “y se abrieron sus ojos y vieron que estaban desnudos”, dice literalmente. Es decir que antes de comer del fruto ellos tenían los ojos cerrados. Esto no debería interpretarse literalmente, porque también se dice que Eva ve que el fruto es agradable a la vista antes de comerlo, así que ver, veía. Pero en algún sentido, sus ojos no estaban abiertos. Mi lectura es que los ojos se vuelven curiosos al comer del fruto, ahí recién desnudan con la mirada, desgarran velos, inventan ese detrás de escena que rompe con la inocencia, que supone un solo plano, sin pliegues, sin intimidad. Entonces ahí vemos una paradoja clave, porque siempre se dijo que Eva come del fruto por curiosidad, es un pecado del conocimiento. Pero mi pregunta es: ¿cómo Eva va a curiosear si no era curiosa? ¿Por qué entonces quiso comer?
Creo que la respuesta está en el discurso de la serpiente. Si te fijás, no alcanzó con que Dios prohibiera el fruto, es decir que lo señalara y lo pusiera en el centro exacto del jardín. Estos humanos no curiosos aún no transgredían. Entonces tuvo que venir la serpiente, que para mí la envía Dios mismo. La serpiente le dice que Dios tiene el conocimiento y no lo quiere compartir. Hay otro que sí tiene y no te convida. Esa es la teoría de Melanie Klein sobre la envidia. Cuando leí Envidia y gratitud me cambió la vida. La envidia se basa en la fantasía de que alguien te mezquina la felicidad, otro sí tiene algo y no te quiere convidar. Eso está muy claro en lo que la serpiente le dice a Eva, Dios tiene el saber y no te lo quiere dar. Entonces el motor del deseo es la envidia. No alcanzaba con “vos no”, tuvo que agregarse un “otro sí”.
— ¿Para vos la fe es un misterio?
— No sé. Creo que te respondí qué es la fe para mí sin darme cuenta. La fe es reconocer que uno no sabe, y confiar. Como yo no sé qué es lo mejor, confío en lo que ocurre. No es pensar que va a pasar lo que yo quiero, todo lo contrario. Lo que yo quiero puede ser un desastre. Respecto del misterio, en El nacimiento del deseo aparece algo que no estaba en El sacrificio de Narciso. En el 2019 experimenté una serie de cambios muy importantes a nivel personal. Hasta ese momento enigma y misterio eran sinónimos para mí. Y se trataba de una proyección del sujeto de deseo, que dispara la necesidad de control, la interpretación, la rivalidad. Pero después reservé ese sentido para el término enigma, y para misterio concebí otro. Algo que no llama a la interpretación sino más bien al silencio.
— ¿El misterio es la relación íntima entre la fe y lo sagrado?
— La intimidad es misteriosa porque es sagrada, es lo que no se exhibe, ¿no? No sé decir mucho más.

Ilustración: Santiago Grunfeld






