Hay un poema de Mario Montalbetti dedicado al último diez del fútbol argentino que se titula La teoría del poema de Juan Román Riquelme. El poema, como todo buen poema, no habla de Juan Román Riquelme, habla de otra cosa.
El poema habla de la soledad y el espacio, de las palabras y los movimientos, de la visión que se necesita para crear lugares donde antes no había nada. También habla del valor de la conexión entre dos jugadores de un mismo equipo en la cancha, porque si “el cuatro está solo” comodice Montalbetti que dice Juan Román Riquelme, no es solo por la acción del desmarque del jugador número cuatro, sino por la conexión íntima entre el desmarque y la habilidad de quien tiene la pelota para ver ese movimiento y apostar un pase ahí.
Si nos preguntamos, algo similar es lo que sucede en un análisis: ¿es la intervención del analista la que cambia de posición al analizante, o es el analizante el que cambia de posición y da lugar para la intervención del analista?, ¿o es el mismo análisis el que construye la posibilidad de existencia de esos cambios?, ¿es el cuatro que está solo o el diez que lo ve?
Como buen poeta, Montalbetti piensa que Riquelme piensa más en los lugares vacíos que en sí mismo, tal vez, esa sea una enseñanza y una clave para leer esta conversación con Bruno Bonoris, licenciado en Psicología (UBA). Magíster en Estudios Interdisciplinarios sobre el Sujeto (Facultad de Filosofía, UBA), doctorando en Psicología (UBA), doctorando en Filosofía (Universidad de París 8), docente de Psicoanálisis: Escuela Francesa II (UBA), ex becario e Investigador UBACyT, ex residente de Psicología Clínica en el Hospital Ramos Mejía y autor de los libros “El nacimiento del sujeto del inconsciente” (Letra Viva, 2019) y de “¿Qué hace un psicoanalista? Sobre los problemas técnicos” (Coloquio de Perros, 2022).
— ¿Qué es, para vos, el psicoanálisis?
— En principio, para mí, es una práctica que tiene una dimensión terapéutica. El psicoanálisis se dedica a aliviar el sufrimiento subjetivo de las personas. Hay que hacer un montón de salvedades pero la más importante es la deriva terapéutica. Desde la enseñanza de Lacan, el psicoanálisis busca un cambio en la composición subjetiva, un proceso de resubjetivación que tiene que venir acompañado de un alivio en el sufrimiento psíquico. Hay una frase de Freud que me parece la mejor: se trata de pasar de la miseria neurótica al infortunio ordinario.
— ¿El psicoanálisis hace feliz a la gente?
— El psicoanálisis no hace feliz a la gente, no garantiza que las personas vayan a tener una vida alegre, tranquila o pacífica. En todo caso el psicoanálisis propone ahorrarse un cierto tipo de sufrimiento que tiene que ver con el penar de más. El psicoanálisis le permite a las personas transitar las experiencias vitales con mayor vitalidad, incluso las experiencias que no son alegres.
— ¿Y vos cómo llegaste al psicoanálisis?
— Lo primero que se me viene a la cabeza es que mi madre fue estudiante de Psicología por lo tanto en la casa de la infancia había libros de Freud en la biblioteca. A los dieciséis años, por curiosidad, empecé a leer algunos textos de Freud, coincide que un amigo me presta La interpretación de los sueños, en mi casa ya estaba pero él me lo presta y ahí lo leo. Es uno de mis libros favoritos de toda la vida. También influyó una relación romántica, en una conversación la chica con la que salía me dijo que yo podía ser un buen psicólogo. Los libros de mi madre, el préstamo de mi amigo, y el comentario de esa chica. Ahí tomé la decisión de empezar a estudiar Psicología en la UBA.
— ¿Ahí ya sabías que iba a ejercer el psicoanálisis?
— En segundo año de la Facultad conocí a Fabián Schejtman, en la cátedra de Psicopatología y me apasionó. Él tuvo mucho que ver con todo esto. Su modo de transmisión, su entusiasmo e interés a la hora de transmitir Lacan, desde ahí no paré, de estudiar psicoanálisis.
— ¿Cuándo empezaste tu primer análisis? ¿Tuviste una llegada con un padecimiento subjetivo o más por interés académico?
— Podría decir que fui con tres analistas. Mi primer análisis fue de cuatro o cinco años con Alfredo Eidelsztein, haberlo conocido fue determinante en mi orientación, a la hora de pensar el psicoanálisis. Ahí interrumpí y estuve un tiempo con Eduardo Albornoz, que fue una experiencia profundamente distinta. Ahí descubrí, en el sentido más experiencial del término, como dos analistas llamándose lacanianos, siendo porteños, manejando los mismos conceptos, podían tener prácticas tan distintas. Ahí aparece el interrogante si era mi pregunta o el estilo lo que habían cambiado. Después de Albornoz volví a interrumpir un tiempo y en la pandemia retomé un nuevo análisis con Fernanda Restivo. Sigo con ella en este momento, es un análisis muy distinto a los que tuveuna experiencia muy fructífera. Me gusta haber pasado por distintos análisis, no estuve quince o veinte años con un mismo analista, mi experiencia como analizante va cambiando porque mis análisis y los asuntos de los análisis, aunque se vinculan, fueron modificándose.
— Marcás distintas etapas y preguntas en cada análisis.
— Algo clave que pasó en mi vida, para entender el modo en el que tengo de practicar el psicoanálisis, fue cuando terminé la carrera de Psicología, ahí arranco a estudiar una Maestría en Filosofía, Estudios Interdisciplinarios sobre el Sujeto, que al día de hoy dirige Mónica Cragnolini. A mí siempre me había gustado la filosofía pero volver a encontrarme de un modo tan concreto y directo me acercó a otro tipo de textualidades que desplazaron levemente mis preguntas psicoanalíticas. Quería articular Lacan, Freud y Foucault, para pensar, por ejemplo, el vínculo del dispositivo de la confesión cristiana y la asociación libre.
— Tu relación con la filosofía contaminó tu relación con el psicoanálisis.
— Cuando termino la Facultad de Psicología era un lacaniano fanático. Ahí rindo el examen de residencia y empiezo a trabajar en el Hospital Dr. Ramos Mejía. Lo primero que me pasó fue conversar con un psiquiatra, que tenía una formación distinta: médica y biologicista, enfocada en el problema del signo clínico, bien lejos de las abstracciones teóricas demasiado complejas del lacanismo. El nivel de malentendido fue grosero. Un lacaniano yendo a hablar de la letra, el goce, los nudos, el objeto a, y los psiquiatras hablando de trastornos esquizoafectivos, niveles de dopamina, técnicas de rastreo de pensamientos automáticos. Eso era un despiole total, un desencuentro muy grave, que con el tiempo me di cuenta de que no era tan grave como el desencuentro al interior del lacanismo.
Entonces apareció una sensación, que aún tengo, de una separación demasiado extrema y notable, entre ciertas preocupaciones teóricas y ciertas preocupaciones prácticas. Separación que en ese momento implicaba un vacío abismal. Tuve una crisis, hasta me llegué a preguntar: ¿me sigo dedicando a esto?, hice unas materias de la especialización de terapia cognitivo-conductual, casi la mitad de la especialización. Ahí, por suerte, lo conozco a Alfredo Eidelztein, me lo recomiendan Pablo Muñoz y Rosana Pascuzzo, que era mi jefa de residentes, y en ese momento me intereso de lleno en la filosofía. Desde ahí retorné con mayor solidez a las obras de Freud y Lacan.
— ¿La filosofía aparece para hacer de contención o resorte?
— Creo que funcionó como resorte en el sentido que impulsó algo y también como red desde el punto de vista conceptual e imaginario. La filosofía me dio imágenes que me permitieron entender mejor las discusiones que estaba dando Lacan, me permitió entender mejor la utilidad y practicidad de sus conceptos, porque no es meramente un problema teórico. Con la filosofía me puse a estudiar nuevamente algunos problemas con los estructuralistas, los lingüistas, los post-estructuralistas, eso me sirvió muchísimo para entender algunas ideas fundamentales que plantea Lacan: la lengua, el significante y el corte.
— Siento que las preguntas de esta crisis que planteás en tu juventud, de algún modo, tienen algunas respuestas en “¿Qué hace un psicoanalista? Sobre los problemas técnicos”, tu último libro ¿podría haber sido una buena lectura para ese residente en el Hospital Ramos Mejía que no sabía para dónde salir disparado?
— Creo que en algún punto el libro está destinado a ese Bruno de los años 2009 o 2010. Hablando así me siento Riquelme. Vos al principio en off decías que el libro le puede servir mucho a estudiantes o a jóvenes profesionales, en el sentido que se presenta como un paneo general y una presentación de base de los problemas técnicos en psicoanálisis. Creo que hay un intento de que esté escrito de tal modo que se pueda evitar cierto lenguaje cerrado. Un libro es una botella tirada al mar pero es cierto que uno piensa en los interlocutores. Pensándolo así el libro tiene un doble interlocutor.
Siento que es un libro que intenta dar debate a ciertos modos de comprender la práctica clínica para todos aquellos que practican el psicoanálisis, incluso con quienes lo practican hace muchísimos años. Practicantes del psicoanálisis con los cuales discuto y debato. Debates que doy en función de mi conocimiento situado: nací en Buenos Aires, me crié acá, estudié en la UBA, eso significa que mi formación tiene mucho que ver con la presencia del millerianismo, en la universidad y en toda la ciudad en sí misma.
— En el libro hay críticas específicas a Miller pero también ciertas lecturas con las que tenés puntos en común. Es un libro que construye una polémica, que logra armar la lógica del debate. En el libro donde aparecen distintas lecturas de Lacan que realizan una tensión agónica para que nadie se pueda apropiar de su figura.
— El espíritu del libro es no pensar a ningún autor como una figura o fábula que le diera una especie de sentido de unidad, coherencia, u origen único a una textualidad. Miller no es mil doscientas páginas. No existe “lo que dice Miller” como algo único, porque dijo un montón de cosas entre 1980 y 2025, por eso en mi libro hay ideas de él que me parecen muy buenas y otras que no tanto. Mi inquietud no es tanto lo que Miller quiso decir, que eso para mí está perdido, y eso es lo que sostengo en el libro. No se trata tanto de discutir con autores en el sentido de lo que quisieron decir, sino de intentar rastrear las prácticas que se instalaron con esas textualidades.

Ilustración: Santiago Grunfeld
— La posición edípica da a creer que el psicoanálisis siempre tiene la respuesta. Después aparece otra posición nihilista en la que el psicoanálisis te empuja a saber cada vez menos, vos en el libro remarcás estos lugares como peligrosos: ¿el psicoanálisis está entre esos límites?
— Es cierto que podría pensarse en la historia del psicoanálisis una fuerte tensión entre dos posiciones y creo que hay una alternativa.
Una sería una posición del psicoanálisis más hermenéutica, algo que sucedió con el post freudismo, diciéndolo brutalmente. Sería el típico psicoanalista que interpreta mucho, que ya tiene determinado un tipo de saber sobre sus hombros y lo utiliza como código de lectura, hay muchos artículos y casos al respecto, un ejemplo esclarecedor sería el de Deleuze y Guattari criticando a Melanie Klein.
Uno diría que con el lacanismo eso se acabó pero no estoy tan seguro de eso, creo que todavía puede rastrearse al interior del lacanismo un intento de utilización de los saberes psicoanalíticos como claves hermenéuticas de lectura, con elementos que sustituyen a otros.
Hay otra vía que sería la deriva milleriana, la lectura milleriana de Lacan, un psicoanálisis orientado hacia el sinsentido, es decir, que abandona la interpretación como práctica y acerca la función del analista a la idea del corte, al intento por la reducción mínima del sentido. Hay que darle muchos matices a esto.
Lacan, en su perspectiva estructuralista, evidentemente, tiene una orientación vinculada a la reducción de los elementos, pero me parece que ahí hay que establecer una diferencia y pensar al interior del lacanismo lo que significa, si es que estamos todos de acuerdo con esto, que no hay que inflar al síntoma con sentido.
Uno podría decir que hemos superado la etapa hermenéutica, dejamos de darle de comer al síntoma, dejamos de darle más de lo que tiene: no es solamente la pelea con tu pareja, es tu mamá, es la identificación proyectiva con tu madre, es la posición pasiva con tu padre, superamos eso. Ahora, ¿qué significa entonces que no hay que alimentar al síntoma con sentido?, ¿significa entonces que hay que demostrar que no existe un sentido último?, ¿que finalmente lo que hay es pura diferencia insignificante?, ¿a dónde nos dirigimos con eso?
— ¿El millerianismo es un psicoanálisis que lleva a la depresión?
— Esa es una de las prácticas que pueden rastrearse. Lo charlo con colegas, lo recibo en analizantes que vuelven al consultorio después de años, lo leo en los textos que se producen en la academia y lo imagino porque pienso en el problema que eso puede traer. El análisis puede llevar, desde determinada perspectiva, a una posición triste, en la que todo es una ficción, y en la que, enúltima instancia, lo que hay es el desierto de lo real, donde el Otro no existe. Mucha gente termina el análisis en una posición depresiva. En su momento no me sorprendió haberme encontrado con este problema porque lo sospechaba, y después encontré citas de Miller que lo afirmaban. Entonces tiene coherencia y razón de ser que eso suceda.
— Para sortear la pregunta por el lacanismo hacés un retorno a Freud.
— A mí me parece que hay, en algunos sectores de la obra de Freud, un modo de leer, un modo de abordaje de las textualidades, que se distingue tanto de la perspectiva hermenéutica como de la perspectiva nihilista.
Hay un capítulo de La interpretación de los sueños que se llama Sueños típicos. En ese capítulo, Freud comienza a establecer hipótesis en torno a posibles significados que no derivan de lo que le dicen los pacientes, sino que hay sueños a los que no se les puede pedir asociación libre. Ahí Freud deja de interpretar, los empieza a leer edípicamente.
En ese capítulo Freud esboza un hilo hermenéutico, pero en todo el resto del libro vamos a encontrar a Freud pidiéndole a sus analizantes que amplíen el texto de sus sueños y que establezcan lecturas a partir de los elementos del texto mismo.
Hay una propuesta metodológica en donde hay una fuerte predisposición a prescindir de claves de lectura. Se le da al analizante la oportunidad de hablar para que despliegue su propia textualidad: ¡asocie, deme todos los rastros!
En ese Freud, que es el favorito de Lacan (La interpretación de los sueños, Psicopatología de la vida cotidiana, El chiste y su relación con el inconsciente) hay un psicoanalista muy apegado a lo que Lacan llamará después la lectura al pie de la letra.
— ¿Habrá algo en esa lectura, en esa reproducción de texto, que desmitifica el saber totalizante?
— La disposición científica, ética y subjetiva de Freud es asombrosa. Freud escribe en el capítulo dos (que es el primero que escribió) de La interpretación de los sueños: “Yo afirmo que tengo un método para interpretar los sueños”. Su hipótesis es que los sueños son deseos inconscientes infantiles reprimidos. Y el objeto de experimentación con el que él va a poner a prueba esa teoría es con él mismo. Por lo cual va a contar cuál es su deseo infantil reprimido. Y el deseo de Freud cuando uno lee La interpretación de los sueños es conquistar Roma. Era un judío de clase trabajadora, de familia una común pero tenía una ambición desmedida y tremendamente expansiva.
Freud fue alguien quiso cambiar el mundo, el pensamiento de la ciencia, y efectivamente lo hizo, y el modo que lo hace es notable porque está permanentemente yendo y viniendo con sus hipótesis e ideas. Freud se expuso como nadie, por eso pasaron ciento veinticinco años, y no sé si hay un material tan valioso de la exposición de un analista (en lo que respecta a una cura) como en los casos de Freud. Son páginas y páginas donde cuenta, no la vida de alguien, no la historia de alguien, no la intimidad de alguien, donde cuenta lo que pasa en un análisis: lo que él dijo, escuchó, interpretó o no interpretó. Hay una actitud científica en Freud en relación con esto, a sus idas y vueltas, a sus contradicciones, que son muy interesantes.
— ¿Y la relación con lo posterior a él?
— Uno puede focalizarse en los vínculos de Freud con sus discípulos, en las peleas que tuvo cuando lo enfrentaron en relación con algunas hipótesis e ideas. Por supuesto que Freud tenía sus conflictos y rivalidades imaginarias. Pero el modo en que Freud concibe la construcción de la teoría y la práctica psicoanalítica es inagotable. Incluso más que Lacan, porque, aunque Lacan no paró de innovar, en el sentido de la frase, “hagan como yo, no me imiten”, que se refiere a que no se trata que repitan lo que él dijo. El “hagan como yo” sería ir agarrando lo que se tiene alrededor, estar todo el día produciendo y ensayando teoría, porque Lacan hizo eso, pero esto tiene que ver con la disposición científica, que habla de ese intento permanente por producir novedades en la práctica. Pero lo que no tiene Lacan es que no habló de sus casos, Freud sí lo hizo.
— En Freud hay otro estilo de compromiso y exposición técnica, estuvo más solo. Es muy interesante ese traspaso, vos planteás en el libro la limitación del autoanálisis en Freud y también proponés imaginar a Lacan rodeado de contemporáneos. Retomándolo, me interesa cuando decís que Lacan comparaba al analista con el escriba antiguo y vos lo relacionás con el editor moderno, ¿un análisis es un texto que se edita?
— En principio podría parecer que reducir el objeto de intervención de un análisis a un texto es pobre y mortificante, porque estamos hablando de la vida de la gente. Por lo cual, decir que se trata en un análisis de modificar un texto, no lo sé, ¿qué pasa ahí con la vida, con los afectos, con los acontecimientos?
Frente a eso tengo dos respuestas. Mi defensa al concepto de texto tiene que ver con que ubicar un objeto de intervención no significa ubicar el fin último de la práctica. El fin último de un análisis no es modificar un texto, el fin último es producir un alivio en el sufrimiento, en el penar de más de las personas, y producir un cambio en la posición subjetiva, llamémoslo con cierta cercanía con el deseo y cierta distancia con el goce en términos lacanianos.
El texto es una mediación, es un objeto conceptual pero también práctico, en la medida en que sirve para pensar y hacer cosas. Tiene una existencia muy concreta y funciona para producir movimientos. Es algo muy cercano a nuestra práctica porque lo que hacemos es charlar con gente, incluso no solamente con nuestros analizantes, analistas, supervisores, sino que nuestra materialidad, la cosa con la que trabajamos pareciera que está hecha, al menos, de palabras, por lo cual hay algo de la textualidad que parece muy pertinente en este sentido.
Desde Freud la separación entre lo que podríamos llamar textualidad y afectividad no son cosas distintas. Cuando pienso en texto no pienso en letras unas al lado de las otras, sino que pienso un texto comprendido como algo que está inevitable e inherentemente cargado de valor, atravesado por fuerzas. Eso hace que ciertos sentidos se cristalicen o rigidizan, que ciertas conexiones no puedan desarmarse, y si uno piensa la textualidad de ese modo, uno se puede dar cuenta que hay algo de la textualidad que tiene mucho que ver con la vida.
— El texto es algo plástico. Un procesador tiene muchas herramientas para editar: la negrita, la cursiva, el tachado, el subrayado, el doble subrayado, también podés borrar, poner un punto, una coma, un punto y coma, un punto y aparte en un lugar donde crees que nunca podría haber habido un punto y aparte.
— Toda lectura es escritura. Incluso podríamos exagerar un poco más, podríamos extremar a Roland Barthes y pensar que el texto como objeto, en el sentido clásico, no existe. El texto se realiza en el instante que alguien lo lee e inevitablemente lo escribe, pero en ese punto no es el analista el que lee y edita o el analizante el que produce la textualidad. Hay un trabajo de coproducción, coescritura, coedición. Es difícil determinar quién dijo cada cosa, qué dijo cada quien, se va produciendo una textualidad que está atravesada por más voces que la del analista y el analizante.
— ¿El psicoanálisis tiene que ver con la poesía?
— La noción de texto ya es de por sí inestable, móvil, abierta, en un proceso constante de modificación. Claro que el psicoanálisis tiene que ver con la poesía. A mí lo que no me convence, es cierto diagnóstico de un sector del lacanismo que confunde la noción de poesía con la idea práctica de demostrar, una y otra vez, la polisemia del sentido.
— Una especie de goce del lenguaje por el lenguaje.
— Exactamente, una especie de juego para demostrar cómo el lenguaje puede tomar derivas inesperadas, polisémicas, metonímicas. Hay algo en la función poética dentro de un sector del lacanismo que se entiende de ese modo. Cuando era residente, había una revista de psicoanálisis que se llamaba Imago Agenda, la repartían gratis y la llevaban a los hospitales, y todas las semanas los psiquiatras de mi residencia, para burlarnos, cortaban y pegaban un artículo de la revista con una viñeta o un caso donde lo único que había era, efectivamente, un juego de palabras.
Entonces, de algún modo, uno cree que el psicoanálisis se transformó en eso, en un juego de palabras, pero ese es el punto de la poesía que uno critica. Alfredo Eidelztein tiene una lucha encarnizada con ese tipo de prácticas, por eso me parece que a veces dentro del lacanismo se arma una especie de debate poco feliz entre un psicoanálisis más lógico o uno más poético.
— Ese texto que construyen analista, analizante y otros, ¿termina transformándose en el inconsciente?, ¿ese texto es quien puede editarse a sí mismo?
— A mí no me parece que haya una intención del texto como lo podría plantear Umberto Eco. Lo que planteo es que hay una coproducción textual y es difícil plantear la idea de un origen.
El texto no es el inconsciente, es algo sobre lo que se opera para que el inconsciente emerja. El inconsciente es un efecto de una operación de lectoescritura sobre el texto. No hay nada en el texto que sea en tanto tal, inconsciente. Hay una operación que hace el analista o el analizante de combinación, de reconexión, de desviación, de unión, de separación y de nuevo unión de elementos o detalles, que producen movimientos sobre la textualidad que da lugar a lo que llamamos inconsciente.
Me parece que desde la perspectiva de Lacan queda muy claro, en su estatuto ontológico, como un efecto, como un acontecimiento evanescente, fugaz, de pérdida, es el momento en el que se produce un efecto subjetivo. Lacan tiene sus teorías, su formalización, un significante representa un sujeto para otro significante, el sujeto es lo que cae en el entre de los significantes, pero entre los significantes no solamente cae el sujeto inconsciente sino además cae un resto, el objeto a, que, desde la perspectiva textual, es que nunca cierra, nunca termina de cerrar completamente, siempre hay una fuga en el proceso de lectoescritura, y es lo que relanza nuevamente el trabajo. Esto nos llevaría a la pregunta de los fines de análisis.
— ¿Es necesario tener aprecio o admiración hacia un analista para embarcarse en un análisis?, está esta cuestión de no confundir el amor hacia la persona -que es mucho más compleja en un análisis- es necesario que haya una cuota de amor pero hacia el texto.
— En algún punto la persona que consulta un analista y comienza esa aventura tan extraña, debe creer que la persona con la que está tratando dispone de ciertas herramientas, de cierto saber, de cierto talento, de cierta intuición, para poder ayudarlo.
El análisis trata de que ese saber, que pareciera que lo tiene en un principio el analista, en algún momento lo pase a tener el analizante. Cuando uno llega a un analista muchas veces se pregunta, este tipo qué quiere, ¿este tipo querrá que yo me separe?, uno siempre se hace esa pregunta porque supone que el otro tiene un saber sobre uno mismo, ¿cuál es mi verdadero deseo?, uno supone que el otro sabe cosas que uno no sabe sobre su deseo.
Un psicoanalista, si más o menos está orientado, no te dice que te separes, mantiene cierto velo que vos vas leyendo. El analista en algo de eso participa. Vos tenés que andar leyendo el deseo del analista. La gracia de lo inconsciente, o del psicoanálisis, es que uno termina, lentamente, poco a poco, y para mí hasta el infinito, que la idea del saber en verdad, el saber que trabajamos no lo tiene nadie, entonces, uno termina amando al texto no al analista. Esa me parece una buena salida de análisis.
— Me gusta también la idea que usas de las metáforas de fútbol en la que hablás de que el analista no tiene que encargarse de meter los goles sino de ser el asistidor.
— Yo soy de River pero soy fan de Riquelme. Un analista no es alguien que tiene que decir algo que a la otra persona le cambie la vida. La idea de corte, interpretación, la palabra o la acción mágica, es la que cura a alguien.
Para mi la lectura o la escritura, no se trata tanto de señalar algo sino de abrir las condiciones de posibilidad de que una verdad emerja. Una cosa es señalar una verdad, otra referirla, otra develararla, y otra cosa es generar una práctica que preste las condiciones de posibilidad para que una verdad emerja.
A veces estás en análisis y algo te parece impresionante, pero otras veces vas por la vida, algo pasa y te termina de caer una ficha pero no te pasó porque tu analista te dijo algo sino que con tu analista venías conversando y dando vueltas pero lo que produjo el corte fue que te cruzaste con tu prima en el supermercado.
Lo que uno tiene que hacer es armar el juego, es preparar la cancha. En el otro sentido de la metáfora, más freudiana, es que a veces en los análisis, ambos, analista y analizante, estamos cerca de producir un cambio en la narrativa, estamos cerca de entender las cosas de otro modo, aparecieron otros elementos, otros recuerdos, otras imágenes que hacen sentirte que algo que iba por un lado termina yendo por el otro.
Y hay algo que dice Freud que me parece una buena idea que hay que pensar seriamente que el analista tiene que acompañar a la persona hasta el último paso para que esa persona sea la que produzca ese movimiento. Hay algo de la fuerza que tiene alguna que otra verdad, para no decir la verdad, que en un proceso analítico se aparece con mucho más fuerza si uno en vez de apropiarse o arrogarse de la verdad para dársela a otra persona, es más bien un proceso de exploración conjunta y de orientar al otro, para decirle “picá por allá”, viste el pase de Kroos a Vinicius contra el Bayern Múnich, un poco eso, le hace con el dedito el gesto y el otro acelera al vacío y hace el gol, esa asistencia antes de retirarse y después le da todo el mérito a Vinicius, que también lo tiene, claro.
Es una metáfora que va contra la idea del analista como descifrador, un analista que ya tiene talento, intuición, que va diciendo cosas maravillosas y va curando a la gente, esa es una figura que hay que desmitificar. Uno termina un análisis pero hay algo de la textualidad que nos atraviesa para siempre, aunque haya terminado un análisis, uno ya cuenta con ciertas conexiones o ciertos escapes para siempre. Muy delezuianamente, un análisis nos permite desarmar algunas redes que antes eran de hierro y ahora son de hilo.

Ilustración: Santiago Grunfeld






