Si la envidia es un afecto oscuro, una posición desde donde se ve sin poder mirar, un cortocircuito en el reconocimiento propio y de aquel que proviene y vuelve hacia el otro, y un modo de marginalidad ante la propia posibilidad del representar, la cultura también ofrece sus medios simbólicos de elaboración de esta experiencia inherente a la humanidad. Entre estas formas, nuestro clásico juego del veo-veo, cuyas raíces y resonancias nos invitan a jugar con los conceptos. ¿Qué vemos en el veo-veo? ¿Qué vemos en la envidia?
Entonces: veo-veo…
Invidia, una mitología de miradas y cegueras
Procede del latín invidĭa, que deriva de invidere (in significa “hacia dentro” y videre, “ver”). Se lo traduce como “poner la mirada en algo”, tanto como “meter la mirada adentro” o “meter el ojo adentro” cuando adquiere su sentido latino antiguo vinculado al aojar, al mirar con hostilidad. A lo largo de geografías e historias, la idea de que alguien puede dañar con su mirada malintencionada, se repite. Y es por ello que en cada cultura existen los amuletos apotropaicos para alejar ese mal de ojo.
Una raíz similar entre invidere e invisibilis parece darnos la pista del anverso y reverso de un mismo fenómeno. Si uno significa precisamente arrojar una mirada hacia adentro y el otro la imposibilidad de ver, tales opuestos parecen interdeterminarse. Así, es un destino frecuente que aquellos que han mirado con envidia, que han deseado sustraer por la fuerza aquello que estaba preservado bajo cierta intimidad, interioridad o tabú, tengan un destino de ceguera. En el Purgatorio de Dante, el castigo para los envidiosos era precisamente coser sus ojos porque estos habían visto con placer caer a otros. El símbolo apotropaico de la cabeza de la medusa, cuya mirada petrificaba a quien se atreviese a mirarla, se utiliza precisamente para rechazar el mal de ojo. El cine contemporáneo, incluso, nos muestra personajes que miran con voracidad y sufren un destino de ceguera, como en Indiana Jones[1].
Estas relaciones se reiteran en la mitología. Es notable que las versiones griegas de la diosa latina Envidia, sean Némesis y Ptono, hijas de la noche y la oscuridad (Érebo y Nix); precisamente allí donde el ojo humano encuentra su límite y donde aparecen los fantasmas de la soledad y el silencio.

Ilustración: Santiago Grunfeld
La envidia en psicoanálisis: de la fantasía a la vivencia
Desde Melanie Klein, la envidia adquirió un lugar propio dentro del psicoanálisis. Se trata de uno de los afectos negativos, oscuros, vinculados a la destructividad y la pulsión de muerte. Se yergue sobre una fantasía: el otro tiene algo que me rehúsa o que se me ha rehusado y entonces el odio impulsa a la destrucción de ese objeto, de modo que ni uno ni otro puedan ya tenerlo. Se diferencia de los celos en la medida en que estos últimos son triangulares y lo que instalan es la competencia de dos por el amor de un tercero, mientras que la envidia es un fenómeno dual y lo que predomina no es el amor sino el odio destructivo. Silvia Bleichmar (2016) lo diferencia de la voracidad en cuanto a que esta es un fenómeno pulsional y no intersubjetivo, que se relaciona exclusivamente con el objeto y la introyección del mismo, siendo indiferente la afectación de la persona poseedora de aquel en el afán de sustraerlo. Lacan también hace su aporte cuando pone la envidia a cuenta de un fenómeno especular donde lo que se le envidia al otro no es tanto la posesión del objeto como el lugar privilegiado de completud narcisística que aquel le otorga.
Tenemos al menos tres formas de pensar la envidia[2]:
– Como fenómeno social: sin dudas una sociedad capitalista que se basa en promover la omnipotencia de los objetos y la impotencia de los sujetos, tenderá a producir una envidización del lazo (Bleichmar, 2016), generando la misma envidia de aquel niño que Lacan (1981) evoca a través de San Agustín, en virtud de los objetos maravillosos que ofrece el mercado para generar la ilusión de completud.
– Como fantasía neurótica: se basaría en la fantasía correspondiente al momento previo a descubrir que el Otro es incompleto, por lo cual se crea la ilusión de que aquel lo posee todo y cuando no da algo simplemente es porque lo rehúsa y no porque no pueda, no tenga, no sea el momento. Como diría Bleichmar, muchas veces esta fantasía se abrocha cuando efectivamente padres muy narcisistas devienen incapaces de poder mostrarse en falta o lidiar con la falta del propio hijo. En estos casos se produce una brecha entre lo esperado y lo recibido, la cual muchas veces deja a las personas esperando siempre otra cosa que lo recibido, y creyendo que el otro todo lo posee y que él mismo nada tiene. Desde luego esto se vuelve en una compulsión a la repetición que determina que, además, nada pueda tenerse; porque si esto sucediera la propia persona se encargaría de destruir esta posibilidad en sí misma o en el otro.
– Como resultado de efectivas vivencias de desamparo: la experiencia de trabajo con jóvenes que han sufrido privación o deprivación de sostén (Winnicott, 2013), nos ha puesto tras la pista de una envidia que no se basa en la fantasía engendrada por la problemática del narcisismo y sus juegos de completudes y castraciones, sino que en estas configuraciones el narcisismo mismo se ha visto afectado en su institución misma cuando ese cachorro humano no ha sido reconocido, ya no sólo en sus demandas de amor y dones simbólicos que esperaba recibir en sustitución de los objetos concretos, sino reconocido en su fragilidad, en su necesidad de amor y en sus gestos amorosos[3]. En estos casos la fantasía de un otro omnipotente que se muestra como alguien que rehúsa dar lo que tendría supuestamente en exceso, es más bien una formación restitutiva respecto del reconocimiento mortífero y potencialmente traumático del no-lugar que se ha tenido para aquel.
El juego del Veo-veo
Para aquellos casos donde la envidia simplemente es parte de la experiencia del crecimiento de todo ser humano, del creer en un Otro absoluto y descubrir progresivamente que está barrado y que su oferta es limitada, la cultura desarrolla sus mecanismos elaborativos. Es el caso de este fenomenal fort-da de la envidia que nos representa el juego del veo-veo.
Una brevísima indagación con colegas y amigos de diversas latitudes latinoamericanas y españolas, me permite decir que el Veo-veo existe en Chile, México, Argentina y España. Pero es en nuestro país, donde pude rastrear su experiencia lúdica hasta al menos 1930 -de acuerdo al relato oral de personas de más de 90 años-.
En Argentina consiste en adivinar un objeto partiendo de la pista de su color, en una consigna que se establece como un diálogo ritual que dispara el juego: A- Veo-veo, B- ¿Qué ves?, A- Una cosa, B- ¿Qué cosa? A- Maravillosa, B- ¿De qué color?, A- (dice el color de un objeto a la vista de ambos). Entonces inicia la búsqueda de ese objeto que es maravilloso[4], que está a la vista de ambos pero oculto, que sólo uno sabe cuál es pero que deja al otro adivinar en base a lo que ve. En otras latitudes, como en España, se juega dando la pista de la letra inicial de la palabra correspondiente al objeto. Como se ve, es un juego que trata del ver. Aunque quizás sea más cierto decir que a través del ver, trabaja sobre el mirar.
Y si aún cabe alguna duda sobre la relación entre la envidia y el Veo-veo, una perla histórico-cultural parece ratificar nuevamente ese enlace: se trata de la versión musical del juego, una canción compuesta por el argentino Eduardo Rodrigo y cantada por Teresa Rabal, que lo popularizó en España en los ‘80. En este caso el juego se centra sobre objetos: la canción va proponiendo una letra y un interlocutor ingenuo intenta responder y siempre falla en el objeto que elige. Es notable que sólo una de las adivinanzas no corresponde a ningún objeto concreto ni, en rigor, se trata de una equivocación: la canción propone la letra i y la respuesta “equivocada” es “Invidia”, a continuación de la cual el estribillo dirá: “No, no, no! / eso no, no, eso no no, no es así! / con la I nuestra ilusión / va intentando imaginar / una insólita inquietud / una infancia sin maldad”[5]. Sorprende porque invidia corresponde a la etimología latina de envidia, porque es el único afecto nombrado en la canción y porque lo que niega la canción, con insistencia, es la inquietud de una infancia con maldad.

Ilustración: Santiago Grunfeld
Elaboraciones en juego
Si el fort-da era un juego de oposiciones simbólicas que intentaba dar cauce elaborativo, en virtud del placer del juego, a la problemática de la ausencia del objeto amoroso, el juego del veo-veo se nos presenta como una rítmica lúdica simbolizante de la problemática de la mirada y de su posible afecto negativo de la envidia infantil. Pero que, desde luego, debemos ampliar a la problemática de la posesión de los objetos libidinales que se desea, de modo tal que la problemática de la mirada se relaciona a la de la construcción de los objetos representacionales.
Algunas de las simbolizaciones puestas en juego, podrían ser:
– Parasitación-búsqueda: inaugura un movimiento que va desde el sentimiento de exclusión y anhelo de querer sustraer el objeto al otro por la fuerza, dañándolo, hacia el descubrimiento de la posibilidad de buscarlo por sí mismo.
– Interioridad-exterioridad: en un proceso que se gesta en un diálogo entre la capacidad de construir ese objeto como representación interna pero como hallazgo exterior. En verdad, deberíamos decir que si los objetos subjetivos (Winnicott, 2011) son aquellas construcciones que se dan antes de que exista un sujeto capaz de reconocer la dinámica interior-exterior, yo-otro, y si los objetos transicionales son aquellos que se construyen en una zona intermedia donde fantasía y realidad se tornan indiscernibles, los objetos del veo-veo se nos presentan como la posibilidad de arribar a la noción de objeto co-construido o bien a la noción de objeto común, el cual siempre se va a apoyar sobre la base ya adquirida de una efectiva provisión de los mismos en tiempos originarios y de su simbolización como creaciones “propias” (aunque no existiera aún un sí mismo, en tales tiempos originarios), lo cual permitirá luego el hallazgo de objeto en el mundo intraexterior. En tal sentido, agregamos, la realidad aparece como un cuarto espacio que saca a uno y otro de la encerrona dualista, abriendo el juego hacia un zona donde ambas interioridades pueden encontrarse sin confundirse (como sucede en el mimetismo).
– Del objeto subjetivo al objeto compartido: en esta secuencia tenemos entonces al objeto subjetivo, al objeto objetivamente reconocido, al objeto transicional y, finalmente, al objeto co-construido, re-hallado, compartido intersubjetivamente; en un movimiento que implica lo uno, lo otro, lo trans y lo inter.
– De lo Uno/posesión a lo compartido: si en la envidia hay una fantasía acerca de que sólo uno puede tener aquello que se anhela con desesperación, en el veo-veo se pone en juego lo compartido, de modo que se arriba a una experiencia de potencia creativa compartida que trasciende a la omnipotencia creativa primaria que había permitido la creación de los objetos subjetivos.
– Del Saber al saber: se trata de un proceso que implicará el progresivo pasaje del Saber total atribuido a un Otro omnipotente, hacia la posibilidad de aproximarse al saber con minúscula, aquel que es posible construir por sí mismo, así como barrar al otro, en tanto el sujeto adquiere la experiencia lúdica de que puede adivinar lo que parecía un Saber inalcanzable. En este sentido, y como se trata finalmente de un juego de adivinanzas, cabe decir que la etimología de esta última nos remite a la “consulta a las deidades”. ¿Pero cuáles son estas deidades? Las de la representación, las de las fuerzas mágicas, maravillosas, de lo Inconciente, que se gesta en las inscripciones más tempranas y en su atribución al saber del Otro.
– Del objeto al reconocimiento: en la envidia siempre lo que se juega es el pedido de un reconocimiento que enmascara la estafa de los objetos concretos, y que en el juego del veo-veo, devienen en el reconocimiento de que uno puede crear aquello que sólo parecía una posesión de un Otro carcelero que omnipotentemente decidía si lo dejaba acceder a él o no. Desde luego, experiencia de deprivación, realidad intersubjetiva o fantasía infantil, en todos los casos el sujeto queda encerrado en la puja por acceder a un objeto que se vivencia o fantasea como encerrado en el otro, cuando en verdad lo que está en juego es una necesidad de reconocimiento en la mirada del otro, necesaria para que luego pueda devenir en mirada de reconocimiento hacia uno mismo.
– Del tener (que reemplaza al ser) al tener-se(r): se trata de descubrir que puedo tener por mí mismo gracias a otro que me reconoce en mi ser como pudiéndolo hacer; y del lado de quien dice la consigna se trata de poder transitar la castración de querer tener el objeto de modo privado y no compartido o como no pudiendo ser co-creación junto a otros, pues no debemos olvidar que el juego del veo-veo siempre involucra dos partes y, en tal sentido, es necesario en su materia elaborativa, para ambos jugadores.
El juego del ver da lugar a la elaboración de la mirada, ya que si el ver se nos presenta como fenómeno perceptivo donde se ve aquello que las inscripciones que nos constituyen nos permiten reconocer[6], lo que el juego permite es ubicar la mirada desde dónde se ve. Entendemos entonces que la invisibilidad en la envidia no es precisamente porque el envidioso no vea, de hecho ve demasiadas cosas y con demasiada certeza y pasión, sino que aquello que se juega es la imposibilidad de mirarse y mirar realmente a aquel otro que no coincide con su construcción omnipotente, en un proceso que implica la capacidad de reconocimiento de uno y del otro, de uno hacia el otro y del otro hacia uno.
Pero tanto para trabajar a nivel del desarrollo saludable como en las detenciones de tal posibilidad en el pathos del desamparo o de los conflictos neuróticos, nuestra tarea siempre será la de proponer el juego de que uno no lo ve todo y que todos podemos ver las maravillas de los objetos creados junto a otros, esa es la mirada fundamental que cimenta nuestra aproximación al semejante en situación de dependencia analítica o familiar. La mayor donación que un adulto puede hacer, no es tanto la de los objetos que la envidia cree anhelar, como la de la capacidad de mirar. Una donación imposible, porque supone ofrecer las condiciones necesarias para una capacidad deseablemente intransferible, pues de lo que se trata es de poder mirar por uno mismo.
Después de todo, como la sabiduría etimológica cultural nos enseña, mirada y maravilla, comparten la raíz latina mirari, que significa admirar.

Ilustración: Santiago Grunfeld
Luciano Rodriguez Costa es Psicólogo (UNR), Prof. en Psicología (UNR), Magíster en psicopatología y Salud Mental (UNR). Escritor. Investigador. Psicoanalista. Autor de “La violencia en los márgenes del psicoanálisis” (Ed. Lugar, 2021) y de “Los procesos de subjetivación en psicoanálisis: el psicoanálisis ante el apremio de una revolución paradigmática” (Ed. Topía, 2023).
Bibliografía
Bleichmar, S. (2016). La construcción del sujeto ético. Buenos Aires: Paidós.
Chemama, R., & Vandermersch, B. (2010). Diccionario del psicoanálisis. Buenos Aires: Amorrortu.
Freud, S. (2007). Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
Klein, M. (2015). Envidia y gratitud y otros trabajos III. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Paidós.
Lacan, J. (1981). Seminario 1: Los escritos técnicos de Freud. Paidós. Buenos Aires.
Laplanche, J., & Pontalís, J.-B. (1996). Diccionario de psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.
Rodríguez Costa, L. (Mayo de 2018). Los Ojos de Edipo, cruce “fantástico” entre psicoanálisis y cine (III): Phantasy. Obtenido de Clapps!: https://clapps.com.ar/los-ojos-edipo-cruce-fantastico-psicoanalisis-cine-iii/
Rodríguez Costa, L. (Abril de 2018). Los Ojos de Edipo, cruce «pirata» entre psicoanálisis y cine (II): Invidia. Obtenido de Clapps!: https://clapps.com.ar/los-ojos-edipo-cruce-pirata-psicoanalisis-cine-ii/
Roudinesco, É., & Plon, M. (2008). Diccionario de psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.
Winnicott, D. (2011). Los procesos de maduración y el ambiente facilitador. Estudios para una teoría del desarrollo emocional. Buenos Aires: Paidós.
Winnicott, D. W. (2013). Deprivación y delincuencia. Buenos Aires: Paidós.
[1] Cf. Rodríguez Costa, L. (2018): Los Ojos de Edipo, cruce «pirata» entre psicoanálisis y cine (II): Invidia. En: https://clapps.com.ar/los-ojos-edipo-cruce-pirata-psicoanalisis-cine-ii/
[2] Sin dudas una de ellas sería la envidia entendida en términos kleinianos como un fenómeno constituyente que tiene lugar desde los primeros meses posnatales. En la medida en que esta teoría se basa en la hipótesis de que el bebé recién nacido ya sería capaz de establecer relaciones de objeto (que incluyen no sólo la experiencia del objeto, sino además la posibilidad de establecer vínculos, fantasías y mecanismos de defensa en relación a aquel), y considerando que muchos de los estudios que le siguieron (Winnicott, Aulagnier, Bleichmar, Rousillon, etc.) parecieron confirmar más bien la hipótesis opuesta, de acuerdo a la cual en los primeros tiempos existiría un sistema de registro paradojalmente asubjetivo sobre el cual luego se instalará el Yo y su capacidad de reconocer y relacionarse con objetos, decidimos no incluirla entre las consideraciones actuales pertinentes a la problemática de la envidia.
[3] Representa un fenómeno poco abordado y, en consecuencia, aun menos desarrollado metapsicológicamente, la consideración de la capacidad de amor que aparece en bebés y niños a tempranísima edad a pesar de crecer en condiciones de gran adversidad ambiental adulta, de modo que allí donde se podría esperar odio, distancia, terror, encontramos aún enormes esfuerzos de demostrar amor y esperarlo de aquellos que, circunstancial o definitivamente, no podrán ofrecerlo.
[4] Otra referencia cultural que alude al mismo proceso, la hallamos en la maravillosa Coraline y la puerta secreta (Selick, 2009), cuando la madre mala paralela le propone a la pequeña protagonista, un “juego de exploración” donde tiene que encontrar en “tres maravillas” que preparó para ella a “tres objetos olvidados”. Si pierde, Coraline perderá sus propios ojos. Para ello se vale del “Caramelo del ojo”, especie de lente mágico que le proporcionan nada menos que dos señoras amigas de la adolescente Coraline. En este caso, el hallazgo de esos objetos da lugar a la destrucción de esa Otra escena de la fantasía infantil, y en tal sentido es la versión adolescente del juego infantil del veo-veo: si el niño está construyendo el mirar y los objetos, en la adolescencia se trata de dejar de ver esa construcción déjà vu, que es preciso destruir para reconstruir una nueva mirada y un nuevo representar. De lo contrario se crecerá con botones en los ojos, que cierran el propio mirar en pos de la mirada del Otro.
Cf. Rodriguez Costa (2018), Los Ojos de Edipo, cruce “fantástico” entre psicoanálisis y cine (III), en:
https://clapps.com.ar/los-ojos-edipo-cruce-fantastico-psicoanalisis-cine-iii
[5] Cf. Letra completa en https://www.musixmatch.com/es/letras/Regaliz/Veo-Veo
[6] No olvidemos que en el “esquema del peine” que Freud nos presenta en La interpretación de los sueños, el polo perceptivo está situado precisamente antes de las primeras inscripciones (Hm, Mn o Ps en el esquema del Proyecto de psicología para neurólogos), del Inconciente como sistema, de la censura y del preconciente-conciente. De modo que toda percepción es primero inconciente y posteriormente, mixturada por todo ese recorrido previo, diremos que no sólo se le da o quita “acceso” a la conciencia, sino que esa percepción se ha inventado en ese devenir, deviniendo una representación singularizada.






