LA SEÑORA GATTINÌ VISITA ROSARIO / Agustín González

  Y para dicha ocasión, la señora Gattinì se encuentra alojada, como lo amerita una diva de su nivel, en el hotel Roma, el lujoso hotel de 3 pisos ubicado en Corrientes y Santa Fe de nuestra ciudad. La señora Gattinì presentará el lunes próximo, en el flamante Teatro Colón de Corrientes y Urquiza, a solo dos cuadras del hotel, un repertorio inédito para el pueblo rosarino: cantará, acompañada por la talentosísima y joven pianista local Filomena Rinaldi, los lieder de Schubert, de Schumann y de un compositor contemporáneo, amigo suyo, llamado señor Giuseppe Gattobianco.

  La señora Gattinì es una diva de fama internacional, aclamada por su canto que puede fluir como un arroyo de montaña o puede arder como un incendio forestal. Su voz, dicen aquellos que la escucharon, es algo que se escucha por primera vez y para siempre, y que jamás se vuelve a escuchar algo parecido nuevamente, a no ser, por supuesto, que sea la mismísima señora Gattinì.

  En su habitación de hotel, en el tercer piso, la señora Gattinì pide que abran las ventanas por el calor y que cierren las cortinas para que no entre el sol. La sola vista del río le da rabia y la hace gritar enojosos bufidos como de tigre enjaulado. Después se sacude ese malestar y grita alguna orden; pero llegado el momento del ensayo, en su habitación, el silencio se hace eterno para escucharla, no se mueve una mosca, ni una hoja de potus, ni nada, para escuchar a la señora Gattinì practicar las escalas con la grandeza de un asteroide que surca el cielo, después cantar entretenidas canciones folklóricas del este europeo y canzonettas italianas de su región natal… y para finalizar, porque sabe que todos la están escuchando y deseando que cante eso, la señora Gattinì canta una famosa aria de Puccini o Verdi, o llegado el caso, Beethoven o Mozart.

  La campanilla suena en la recepción y se oye una voz: “La señora Gattinì precisa con urgencia sus trapos húmedos”. “De inmediato” responde el conserje quien haciendo una seña con la ceja y el índice, indica a los mucamos que es el momento de llevarle a la señora Gattinì sus trapos húmedos. La señora Gattinì está insoportablemente demandante, quiere esto ahora aquello, y todo lo pide suplicando y ordenando al mismo tiempo. Estaba insufrible hasta que llegaron sus trapos húmedos y entonces se puso a ronronear y a frotarse contra los trapos. En ese proceso, la señora Gattinì se convierte en una seda y hasta se deja acariciar; su rostro cambia de expresión ni bien ve llegar los trapos húmedos; se vuelve otra, completamente diferente del diablo que era minutos antes. Es que a la hora del atardecer, la señora Gattinì precisa acicalarse entre paños húmedos, para evitar la angustia del anochecer, la ansiedad que le produce la llegada de la noche y los terrores que la acechan antes de irse a dormir.

  Sin sus trapos húmedos, la señora Gattinì podría fácilmente suicidarse una noche, por enfrentarse tan cara a cara con el abismo del sin sentido, o mejor dicho, del sentido total. Con sus trapos húmedos la vida era un refugio paradisíaco. Un bálsamo, aunque temporal, ante la desolación que le hería el alma a cada atardecer cuando se ocultaba el sol.

  Llegado el lunes de la presentación, la señora Gattinì aguarda tras bambalinas el momento de hacer su aparición. Después de tomar un hondo respiro, la señora Gattinì aparece en el escenario y es ovacionada. Aparece la pianista acompañante y tras acomodar las partituras en el atril del piano, comienza a tocar la cuidada selección de lieder alemanes. El público, como era de esperarse, queda cautivo de esa voz, por momentos suave y volátil, por momentos áspera y animal.

  Pero al comenzar el repertorio más contemporáneo, el público no sabe si a la señora Gattinì le está sucediendo algo realmente malo sobre el escenario, porque la gran diva canta con carraspeos y toses, como si estuviera atragantada. Arcada tras arcada, la señora Gattinì canta como si fuera a expulsar una bola de pelos a través de su garganta. La pianista se detiene, perpleja, y la señora Gattinì le ordena secamente continuar, y entonces la pianista continúa ejecutando la partitura mientras la señora Gattinì pronuncia arcadas y toses como secretas melodías.

  La velada terminó con aplausos y desconciertos, algunas ovaciones y muchos comentarios por lo bajo. La señora Gattinì pidió no cenar esa noche e ir de inmediato de regreso al hotel. Una vez en  su habitación, envuelta en sus trapos húmedos, arropada por esa suspensión momentánea del peligro en el mundo, la señora Gattinì cerró los ojos ronroneando y plácidamente se durmió.

Ilustración: Juan Cruz Catena
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