Miguel entra al consultorio, que visita todas las semanas, y sin estrechar la mano del psicólogo Leandro se sienta en el sillón. Quedan frente a frente. Oculta la cara debajo del casco negro que usa para pilotear la moto de alta cilindrada. Leandro mira las llamas de color naranja que adornan los costados del casco. Observa que tienen forma de alas y supone que representan al Ave Fénix. Intenta ver los ojos de Miguel, por debajo de la pantalla y el visor solar, pero ve reflejada su propia imagen invertida y deformada, como si el casco fuese un espejo divergente. Sin dejar de mirar a Leandro, Miguel se saca el casco y lo apoya con un gesto mecánico en el suelo.
–Lo voy a matar –dice.
–¿A quién?
–Al mecánico–dice.
–Ja, ja, ja, al mecánico.
A diferencia de las sesiones anteriores, Miguel no detiene la mirada en el cuadro de Vincent van Gogh que adorna la pared del consultorio, a la espalda de Leandro. Tampoco descifra, como hace en el inicio de cada sesión, el olor del sahumerio que coloniza el ambiente. Sí fija la mirada en un punto ciego de la frente de Leandro, y dice sin parpadear.
–Mañana.
–¿Por qué mañana?
–Porque él no sabe que tengo franco –dice Miguel cerrando los puños, que apoya sobre los muslos, y Leandro observa que el pie de la pierna izquierda se despega de la pinotea, se levanta y cae con fuerza.

Leandro escucha el tac que provoca el impacto del taco de la bota estilo texana que usa Miguel y le hace recordar el primer golpe del zapateo de un malambo que tanto le costó aprender en las clases de folklore que tomó en su juventud con el profesor Lugones. Miguel repite el movimiento. Leandro cuenta ocho golpes y los transforma en compases.
–¿Qué le hizo? –pregunta Leandro.
–Me estafó. Lo tengo que matar.
Leandro mira los pies de Miguel. Cuenta ocho compases. El profesor Lugones le marcaba que al malambear debía pisar fuerte para mostrar su hombría.
–Voy a agarrar uno de esos fierros que tiene al costado, en la estantería apenas entrás al taller, y se lo voy a partir por la cabeza. Quiero que reviente. Pegarle y que la sangre me salpique la cara, los brazos, ensuciarle todo el taller, romperle las motos que arregla, hacerle mierda todo. Veo rojo, cuando veo rojo no me para nadie, vos no me conocés cómo soy –dice Miguel, apretando los puños y trabando los bíceps de los brazos, como si estuviera levantando pesas, a pesar de la incomodidad que le debe provocar la campera de cuero que lleva puesta.
–Sos fuerte, con un golpe basta –dice Leandro.
Se escucha la canción “What A wonderful World” de Louis Armstrong, que viene desde los parlantes de la sala de espera.
–Lo tengo que hacer.
–¿Por qué? –pregunta el Leandro.
–¿Qué van a pensar mi esposa y mi hijo?, ¿que tienen un padre que no cuida a los suyos?, ¿que se deja estafar? –dice Miguel antes de tomar una bocanada de aire y fijar la mirada en el piso.
Después de un rato en silencio, vuelve a mover la pierna. Esta vez Leandro cuenta cuatro compases, antes de que se detenga. Recuerda que la fórmula del zapateo básico era sencilla: dos rombos de cuatro compases cada uno. Una práctica que nunca pudo coordinar con estilo. Taco, punta, pie, taco.

Ilustración: Santiago Grunfeld
–¿Para usted es importante lo que piensan su esposa y su hijo? –dice Leandro.
Miguel levanta el brazo derecho con el puño cerrado, casi a la altura de los hombros y dice:
–Si no podés cuidar a los tuyos, no sos nada en la vida.
–¿Usted no cuida a los suyos?
–Él nunca me cuidó –dice Miguel y hace un golpe fuerte con su pie derecho sobre el piso–. A mi mamá tampoco la cuidó.
–Usted pisa fuerte –dice Leandro.
Miguel mueve la cabeza de un lado a otro, parece buscar un punto donde fijar la mirada. Parpadea seguido y habla.
–Un par de piñas va a ser suficiente.
Quedan en silencio. Se escucha el tema “Let It Be” de The Beatles. Ahora es Leandro el que mueve el pie derecho. Lo levanta y tac. Golpea el taco. Lo vuelve a levantar y tac, golpea la punta. Levanta el pie izquierdo y tac, lo golpea entero, y levanta el pie derecho y tac, golpea el taco para pasar al otro pie. Completa la fórmula básica del taco, punta, pie, taco que forma el zapateo.
Miguel mira los pies de Leandro y acompaña con el movimiento de la cabeza los golpes que realiza y dice.
–Nunca vi bailar a mi papá.
–…
–Un hombre tiene que saber bailar.
–…
–En la noche se baila. Yo bailo.
Miguel vuelve a fijar la mirada en la frente de Leandro. Con su nariz chata, que parece de boxeador, inspira como si quisiera aspirar todo el aire de la habitación y dice.
–¿Hoy prendió el de lavanda?
–Sí.
Los ojos de Miguel brillan, se enrojecen. Parece que están a punto de vaciarse.
–No tenga miedo en transformarse en su padre –dice Leandro.
–Que se meta el taller mecánico en el culo. Yo siempre trabajé y me mantuve solo.
–Miguel, usted trabaja, y no le hace pasar necesidades a su familia.
Miguel se para y camina hasta la puerta. Se detiene, y vuelve a sentarse. Mira a Leandro a los ojos y dice.
–Da gusto hablar con usted. –Fija la mirada más allá de Leandro, en los círculos amarillos que salpican el óleo del cuadro de Vincent van Gogh, y recuerda las noches de verano, antes de casarse, cuando salía en moto con la barra de motoqueros para encontrar un boliche donde bailar hasta la hora del amanecer–. Ese cuadro lo vi en otros lugares.
–Es una de las obras más conocidas de van Gogh –dice Leandro.
–¿Qué significa?
–Según dicen, es la vista de la noche en el punto justo antes del amanecer, de una ciudad imaginaria.
Miguel se para y camina hacia el cuadro hasta estar frente a él. Recuerda que se juraba a sí mismo que había que salir más, porque la vida es el conjunto de experiencias y sensaciones que se acumula al compartir con los amigos.
Leandro lo sigue con la mirada, girando el cuerpo desde el sillón, y escucha a Miguel, que dice: “Linda vista tenía”, y Miguel empaña el vidrio del cuadro con su respiración.
–¿Desde dónde miraba el pintor? –dice mientras lo limpia con la manga de la campera.
–Desde la ventana de la habitación del asilo, donde estaba internado.
–¿Cómo se llama la obra?
–La noche estrellada.

Ilustración: Santiago Grunfeld






