El imperio de la luz – René Magritte
Que una parte de mí vive en la luz
La parte esa, que es más grande que el todo
Y que me señala
que decir “parte”, “todo”, “mí” es ridículo
que las palabras son ridículas
porque me obligan a un orden
que no es.
“Porque”, por ejemplo:
otra puntada sin hilo.
Soy el teatro exhausto
de esa condición mentirosa
Pero.
No.
Nada.
La única verdad es la de la luz,
Ese continente olvidado
que se derrama sobre las cosas
Y que hace pensar: “ah, entonces no”.
Pero está ahí
El día noche día
La pérdida de los límites—la Gracia, por fin—.
No hacía falta tanto artificio para presentar el misterio:
“lo que se necesita para que lo real esté”
¿Y si las nubes envejecidas?
¿Y si un farol
que se para
como una mujer
que mira un farol?
¿Y si la promesa de la luz naranja?
Estoy afuera
Pero no hay interior
(Solo la promesa de la luz naranja)
Entonces no hay afuera.
¿Hay alguien ahí? ¿Hay ahí?
No.
Ni yo
A los sueños
se los contempla
como deambulando
(vacía de mí)
Todo lo que se manifieste será obra de la luz
que difumina
que embrutece
que revela
que ciega.
Si alguna vez tuviste doce años
¿una madrugada, una tarde?
y viste la puerta cerrada
y viste la luz naranja del pasillo
y la viste emerger ¿de las achiras?
y la viste estallar sobre la grava
y la viste recortar el falso ciruelo contra el mundo.
Si alguna vez tuviste doce años
y la viste
entonces te quedaste ahí para siempre
frente a esa inmensa catedral de luz
¿Si una parte?
¿Si todo?
¿Si de mí?

La isla de los muertos (1880-1886) – Arnold Böcklin
Aún hay algo en ese rostro
Aún hay algo que podría responderme
pero se niega a hacerlo
Aún no es ese cuerpo que, con mecanismos secretos e implacables,
trabajará contra sí mismo.
Aún no es esa frase que repetirá hasta el cansancio
Aún no es una anécdota inofensiva
Aún no es.
Sueño.
Sueño que se desliza por el espejo de agua
hacia la orilla de la isla.
Nunca llega.
Otras veces está suspendido dentro del lago
como la frágil figura de marfil en un diorama chino
Nunca llega.
La boca abierta deja ver un paladar aún rosado,
como un Cristo
que se sacrifica para alimentar el vórtice oscuro de su propia garganta.
Cuando un débil olor
a piel
a pelo
a grasa
se insinúa,
me despierto o huyo aterrada.
En la otra orilla
el pequeño bosque sugiere una profundidad verde
lo bastante oscura como para resguardar un humilde misterio.
Nunca llega.

El estanque/La tumba de Böcklin – Ferdinand Keller
En el paisaje anegado detrás de mis párpados,
voy a cultivar las ruinas de su jardín:
un derrame pálido de glicinas
una figura con una cifra dorada
un aro de amarre que sugiere
la ausencia de una barca.
Maestro: ¿Podría vivir aquí?
He erigido una escultura de un cervatillo.
No sé si es signo, monumento, referencia.
Está solo frente al estanque.
Maestro (¿a qué invoco cuando pronuncio su nombre?
¿es a usted o es a él, el que se ha ido,
a quien nombran imprecisos mis verbos?):
¿Podría vivir aquí?
Porque usted había imaginado un pasaje:
una barca que se abría paso
hacia la promesa sombría.
Yo solo pude esbozar un estanque
el agua quieta huele al verde
de lo que ya ha permanecido demasiado tiempo.
¿Podría vivir aquí, usted, mentira a la que invoco,
en este jardín espectral,
mentira que también he invocado,
con el recuerdo de la sombra imposible de sus cipreses?

Las rosas de Heliogábalo – Lawrence Alma-Tadema
Perderse en una fiesta:
qué alegría.
¿Se parece un poco a morir?
Los signos van desapareciendo:
el abanico, las granadas, el temblor de unas pulseras.
Solo el amasijo rosa.
¿Que la corrupción?
¿Que el echarse a perder?
¿Que la hospitalidad insaciable?
Qué importa.
La alegría rosada
va entrando
en la caja resonante del cráneo
donde la única cuerda que vibraba
se opaca.
Por fin.







