Hay varios cómplices –diplomados y no– en todo lo que le pasa al chico y que tiene uno de sus puntos altos en el calabozo mendocino. Algunos de esos cómplices tienen nombres importantes. El primero se llama José Bleger y es un psicoanalista a quien todos admiran hasta el día de hoy.
A lo largo de su vida no puede dejar de recordar los ojos, muy azules y muy fríos en un rostro pálido, bello y alargado, además de la voz profunda y serena. Y lo que leyó de él hace décadas y lo marcó para siempre del libro Psicología de la conducta y que ahora sintetiza con sus propias palabras: Lo que hacés es lo mejor que podés hacer, porque es lo que hacés. No pudiste hacer otra cosa. O algo parecido.
Bleger es un cómplice de su madre y de su padre. En su consultorio de la Capital Federal, adonde viajan compungidos para una entrevista cara, no cuestiona lo que sucede. A Bleger le parece normal, o al menos hace lo que hace, o sea lo mejor según él: escuchar obediente a dos padres desconsolados, que funcionan como perfectos y aceitados secuestradores de su propio hijo, sin preguntarle al chico qué es lo que quiere, ni siquiera qué es lo que necesita. Además le deben haber pagado bien, aunque no solamente es el dinero lo que lo mueve: en alguna parte de su alma debe sentir que el chico es un enfermo. No hay otra explicación para que esta eminencia, como es llamado por sus pares, haga lo que hace.
Bleger únicamente escucha a los padres, a quienes tienen el poder. Es otro padre entonces y el chico, ahora, se pregunta si la admiración que siente por sus libros a lo largo de la vida no viene de esta perversión, de este recoveco de roles asumidos, de la apropiación indebida del rol de padre, del aprovecharse de las debilidades de los débiles, de quienes ansían ayuda y consuelo. Porque en realidad el chico espera que el doctor-maestro se ubique de su parte, o sea de lo que cae de maduro y por su propio peso: la defensa del amor en este mundo.
Aconseja Bleger: todo puede cambiar, el chico es muy chico, no hay por qué llevarlo a Suecia a hacerle electroshocks. Bastaría con que fuera a vivir a Buenos Aires por unos cuatro o cinco meses y lo haría atender, lo derivaría a alguien de su confianza –él está demasiado ocupado–; tiene discípulos muy competentes, menciona orgulloso y discreto, el elegido sería alguien confiable que tendría encuentros diarios con el chico, sesiones de cincuenta minutos, tal vez más de una por día, en verano, para que no pierda sus estudios, que no pierda el año. Todo esto sería caro, pero es posible y los resultados –¿cuáles? – estarían garantizados.
¿Cuáles? ¿Que desaparezca el amor, que se esfume el deseo, que se encarrile hacia las chicas, que los padres no sufran, que las apariencias se vuelvan verdad, que no haya mentiras, escondites, que no sea maricón para siempre, que hay modos y modos de querer y que algunos no son los correctos?
¿Qué propone el Dr. Bleger, el de los bellos ojos, el de los textos para la historia y el del respeto incondicional y para siempre de todos sus colegas, los mejores, los enrolados en esa muy extensa y concreta superficie que componen los miles y miles de departamentos transformados en consultorios o en sedes de nuestras varias asociaciones psicoanalíticas?
Con las alfombras de estos departamentos, uniéndolas, y con el parquet, desmontándolo, se podría construir la Torre de Babel, una torre sudorosa de búsquedas infructuosas y repetidas, buenas intenciones, algunos hallazgos, ganancias excesivas durante años sin declaración impositiva, impotencia y sumisión. ¿Pues qué propone como alternativa el Dr. Bleger ante la imposibilidad de esa familia mendocina de recluirse por meses en Buenos Aires en una cruzada de salvataje de su hijo mayor? Propone a uno de sus acólitos, en la propia ciudad de Mendoza, cerca de donde vive la familia, por lo tanto conveniente en tiempos, dinero y naftas.

Bauzá y Cía.
Bauzá se llama el psiquiatra elegido, el cachorro de capital de provincia obediente a la autoridad porteña. A su consultorio, todo un emprendimiento ramificado, con secretarias y consultorios anexos de ejecutores/supervisores de múltiples test, llega la familia del interior, como en una comedia italiana. El resultado son semanas de entrevistas-sesiones, interrogatorios a los que responder, formularios que llenar, figuritas que interpretar: Rorschach y semejantes.
La ciudad de Mendoza está a casi cuatrocientos kilómetros del pueblo y entonces se decide que el chico viva en el departamento de una familia amiga y que su abuela viaje también ahí para cuidarlo: un poco de control, comidas listas, ropa lavada.
Algo tendrán que decir a esa gente, a esa abuela buena, algo habrán explicado: que el chico tiene surmenage o alguna excusa más o menos creíble. Nunca la verdad, que no se puede decir: el chico está desviado, hay que ajustar algún tornillo. Otra vuelta de tuerca. Se verá.
El departamento está en pleno centro, en un piso nueve, es cómodo y él y su abuela disponen de una habitación, la de la hija del matrimonio amigo, que estudia en otra provincia. Los dueños se muestran cordiales, son agradables, comprenden que lo que sucede es grave, se harán sus propias ideas pero no preguntan. Es buena gente. También son cómplices, prefieren no saber, o hacer como que no pasa nada. Nada muy importante, nada que los jóvenes, que tienen toda la vida por delante, no puedan resolver ayudados por sus padres. Y por equipos de especialistas.
El chico no recuerda los variados rostros de los médicos psiquiatras, psicólogos y psicólogas que lo entrevistan, en general profesionales jóvenes en sus primeras armas; siente que lo pasan de cara en cara mareándolo. Sí recuerda algunas imágenes que tenía que describir, dibujos que realizar, asociaciones aparentemente libres de palabras que le ofrecían y memorizaciones absurdas de listas de números para recitar al derecho y al revés.
Veía representaciones de su situación en todas partes, cualquier mancha de tinta era para él una reproducción exacta de su problema principal: personas separan y arrancan uno de otro a dos enamorados, a dos muchachos, todo exacto como un descuartizamiento, un Tupac Amaru doble.
Le piden dibujar con lápiz a un hombre y una mujer desnudos. No sé cómo escucha o se entera luego de que en un gran porcentaje los homosexuales primero dibujan una mujer porque tienen una identificación femenina rondándoles el bocho, dicho en palabras pobres. Lástima que eso no lo supo antes, hubiera dibujado primero un varón, pero dibuja primero a la mujer, que le recuerda a Brigitte Bardot de atrás, flaca y con un culito chico. Después se dibuja a sí mismo, un chico flaco con culo chico. No tiene una idea muy clara de nada y además es un pésimo dibujante, por eso hace los cuerpos de espaldas; no olvidemos, si es que no se ha mencionado antes, que no tiene experiencias heterosexuales, salvo apretujones y acabadas en zaguanes –el año anterior, antes de su historia diferente– queriendo entrarle a los empujones a una vecina que no colaboraba, que se dejaba hacer todo pero simplemente estaba ahí, sin guiarlo, lo que provocaba que él entonces terminara volcándose entre las piernas apretadas de ella, creyendo que por fin la había metido y había dejado de ser virgen –con un compañero de pensión hasta brindó por eso–; se enteró un día que ella comentaba por todo el barrio que el chico era un mar de leche que le manchaba la ropa y la empapaba cada vez.
Recuerda bien su estrategia en las sesiones con Bauzá, repetida, constante, igual: no va a cambiar, va a defender lo que siente contra viento y marea, no puede escaparse porque a su amor lo acusarían de corrupción de menores pero no van a conseguir nada de lo que pretenden. Olvídense, no va a olvidar, no va a recapacitar. Es injusto, no se puede vencer al amor. Va a enfrentar lo que sea. El chico tiene una concepción romántica de la vida y el amor. Va a pelear, va a dar batalla. Dice que lo que siente es puro, es verdad, es sano, es fuerte. Que nadie es dueño de las vidas de los demás, que no hay que matar lo que está vivo.






