A La Scaloneta, por llegar hasta Dios.
A mis amigos, a mi novia, por ser mi casa.
El primer partido del seleccionado argentino fue contra Argelia. En España son las tres de la mañana. Me toca entrar a trabajar a las seis. No lo veo, pero abrazo fuerte la almohada. Mientras desayuno siento algo en el corazón. Reproduzco con el teléfono los tres goles de Messi. Felicidad inmensa. Después, vacío. Agarro la bicicleta y me voy al trabajo. Media hora pedaleando al amanecer. Así, todos los días.
Hace varios meses que tengo un puesto de atención al público (mitad barista y mitad pastelero) en una cadena de medialunas argentinas en el centro de Valencia. El lugar es especial porque muchas personas de mi país, que migran o están de visita, se acercan a buscar la promoción de café con leche con dos medialunas.
Durante la mañana, llegan algunos clientes habituales y otros esporádicos, con la sonrisa del triunfo vespertino, hablo con el carnicero del Mercado Central de Ruzafa, argentino también, sobre los tres goles de Messi y cómo ese gesto nos recuerda el hambre de gloria que lo habita. El tipo me mira y con voz de hombre entrado en edad me dice: “eso hace un líder, contagia sus emociones a los demás”. Siento la respuesta como si me dijera: “despertá nene, estamos en un mundial”.
No me despierten, estoy un sueño.
El segundo partido es contra Austria. En España es a las siete de la tarde. Me toca salir del trabajo a las 20.30, pero gracias a un mensaje que le envío a Laura, mi jefa, también argentina y fanática del fútbol, puedo salir a las 19.45 para llegar tranquilo al segundo tiempo. Salgo disparado del local, pedaleo desesperado para llegar al segundo tiempo, atravieso callecitas, avenidas y túneles a la velocidad de la luz. A mi alrededor la gente no siente, no espera, no ansia, lo mismo que yo. Es muy extraño vivir el mundial afuera.
El viaje es duro, pero cuando abro la puerta del departamento, en el sillón están Ana, mi novia, mis amigos y amigos de mis amigos, sentados en el living de la casa que supimos construir. En Valencia, la temperatura media durante el verano es de treinta y cinco grados durante toda la tarde. En nuestro departamento, ubicado en el barrio del Cabanyal, a doscientos metros de la Playa Malvarrosa, conexión con el mar Mediterráneo, el calor es intenso, último piso, el sol de frente.
La postal es hermosa. Ayer llegó Rina, una amiga que había venido de Rosario y nos trajo a los dos, por el hospedaje y también por el amor eterno, una remera de Argentina para que vivamos el mundial. Ana la tiene puesta, yo también, parecemos promotores de una identidad hecha de celeste y blanco.
Me siento en una reposera frente al televisor que compré en promoción en MediaMarket para ver los partidos. Un triunfo dentro del triunfo. Mientras como picadita de salame (fuet valenciano), y queso (gouda marca Hacendado), abro una cerveza (Estrella de Galicia, sí, la de Cucurella) y el cuerpo me recuerda un placer que había perdido: ver fútbol rodeado de gente.
El alma se adapta demasiado rápido al escepticismo, pero es el cuerpo quien recuerda. Estoy en España, de forma física, pero estoy en Argentina, de forma física también. No es fácil explicarlo, pero no hace falta, como dice Chiqui Tapia, el presidente gordo, negro y feo de la Asociación de Fútbol Argentina: “no trates de entenderla. Disfrutala”.
Después del partido nos vamos todos al mar. Nos quedamos en el agua hasta que se hace de noche. Embriagados, festejamos y hacemos videollamadas con gente que está viviendo en Argentina. Allá nos atienden abrigados con las pieles blancas. Nosotros estamos en maya o bikinis. Sonreímos y nos alentamos para los próximos partidos. Estamos borrachos. Felices de ser parte de algo más grande.
Viene Jordania. El horario peninsular no ayuda. Esta vez el partido es a las cuatro de la mañana. Podría haber puesto el despertador. Realizar un sacrificio. Pero este domingo es el primero en el que no trabajo en todo el mes. Y necesito descansar. Argentina también me puede regalar eso, un descanso. Ya no tengo más el chip de la lógica del aguante, ya cargué los trapos pesados muchos años, viajé cientos de horas en micro para ver perder, ganar, y a veces ganar a mi cuadro. Crecer es pasar la posta, que otros lleven las viejas banderas.
Cuando me despierto, lo primero que hago es agarrar la tablet, hacer el desayuno para Ana y ver los goles con mate y frutas en la cama. Cuando la selección gana me siento seguro. Cuando pierde, lo contrario. Me pongo muy contento el gol de Giovanni Lo Celso, antes que hincha de la Selección, soy de Rosario Central. Y eso es algo muy de mi país, no hay nada más nacional que amar primero a tu cuadro. La patria es el barrio, el club, la gente. Hacer un asado en los parrilleros y ver a los nenes jugar a la pelota y pensar: “ese tiene pinta de crack, capaz que en unos años llega a primera, mirá si levanta la próxima Copa del Mundo”
Llega Cabo Verde, a las doce de la noche. La selección más novedosa del Mundial. El equipo armado por LinkedIn. Vozinha, el arquero sorpresa. Borges, el lateral literario. La locación cambia. El grupo se trasladaba a la casa de Santiago y Sofía. Lo que tiene que ser un trámite se transforma en un partido de fútbol. Algo lógico si pensás que son los dieciseisavos de final. Algo ilógico si pensás que es Cabo Verde. Un país con nombre de trago de verano que no conocía hasta ayer.
Nos empatan en dos ocasiones. Llegamos al alargue. En la oscuridad y silencio de la madrugada, el gol del Cuti Romero (aunque el árbitro se lo haya otorgado en contra al defensor caboverdiano) irrumpe como alarido en nuestras gargantas. Los seis que vemos el partido en la penumbra del living con proyector y aire acondicionado, mientras giran los vasos de vermú y ginebra con hielo, desahogamos en varios gritos algo que no creíamos que íbamos a tener que desahogar.
En breve, la efusividad no tarda en ser censurada por los integrantes de la vecindad. En el grupo de WhatsApp del edificio, un joven médico envía un mensaje en tono policíaco con la lista de normativas de convivencia de la Comunidad Valenciana. Surfeamos e ignoramos el enojo, reconocemos el despropósito, y la pulsión narcisista del médico que aclaró ser médico cuando envío el mensaje. Por dentro, menospreciamos la intolerancia de los tolerantes, la superioridad moral de un mensaje que podría haber tenido otro tipo de connotación.
Para gambetear las calumnias, contra Egipto volvemos a casa. La bendición peninsular y los horarios rotativos de trabajo me dan la posibilidad de ver el partido desde el comienzo. Si Cabo Verde no fue fácil, todo lo que viene será difícil. Siempre es difícil, esa es la condición neurótica y plebeya que habita nuestra identidad futbolera. Hay algo ahí, si para el Norte global la cosa es fácil, para nosotros es difícil, pero nunca imposible. Eso molesta, eso incomoda.
El partido nos da dos baldazos de agua fría. Uno al comienzo del primer tiempo, otro al comienzo del segundo. En mi cabeza empiezo a pensar en silencio que el final de esta aventura es probable, y que ese grupo de seres humanos que veo por la pantalla del nuevo televisor que compré especialmente para verlos, ya tiene fecha de caducidad programada.
Mientras pienso que no corren como antes, que no tenían la sed de victoria que los había habitado en otros tiempos, intento convencerme de otra cosa. Salir del catastrofismo que me habita. Después de ese pensamiento intrusivo, miro hacia mis costados y noto que todas las personas que me rodean tienen las manos apretadas, como si estuvieran sintiendo que hay algo que no se puede escapar. Ahí está la clave. Cuando todo se vuelve imposible mirá a tu alrededor, es probable que alguien esté viendo algo que vos no ves. Aprieto las manos como ellos y empiezo a alentarlos como si estuviera en el campo de juego: “dale chicos, un gol y se cagan”.
Eso fue lo que hizo Messi, vio a sus compañeros, eso fue lo que hicieron ellos, lo vieron a él. Y dilucidaron una victoria donde no había nada. Un gol y se cagan. Donde solo existía la posibilidad de la derrota inminente. Un gol y se cagan. Romero, se cagan, Messi y Fernández. Otra vez. De nuevo. La legión de Qatar nos da la posibilidad de gritar, otra vez. Como siempre, pero otra vez. De abrazarnos, de quitarnos la remera, de llorar desconsolados y de tirarnos al suelo. Porque no necesitamos normas de convivencia para ser felices. Tres a dos. Fin.
La cábala sigue intacta pero el mundial se hace cada vez más largo. Vamos a la playa, de nuevo, a sentir el agua del Mediterráneo sobre nuestros cuerpos argentinos. No hacemos videollamadas porque allá es tarde. Recostados, sobre la arena, vemos a una pareja con su hijita, los tres con la remera de Egipto. Pasamos al lado suyo y le sonreímos. “Good game”, les digo. Ella no contesta, tampoco levanta la mirada. Él saca los ojos del celular y levanta el pulgar con los ojos todavía húmedos. La nena, a su lado, hace un prolijo castillo de arena con un balde, una palita y sus manos. No es sólo fútbol, pero también sí, es sólo futbol.
Suiza contra Argentina toca, otra vez, de madrugada. La puta madre. Esta vez es un cruce más importante que los de fase de grupo y ya no da igual no verlo. La idea es despertar a las tres de la mañana. Ver el partido en la cama y salir para el trabajo a las seis. Para esta fecha el grupo está atomizado. Un par tienen un compromiso por la noche. Otro par tienen un viaje programado. La solución es verlo a distancia, cada quien por su cuenta. Nunca solos. Ana está de viaje, si mal no recuerdo, es el primer partido de la selección que veo solo en mi vida.
No logro despertarme para el comienzo, pero sí a los cuarenta del segundo tiempo. Uno a uno. Armo el mate y espero el alargue. Veo las últimas conexiones de WhatsApp y algunos de los compatriotas con los que vemos los partidos están despiertos. Abro el cajón de la mesita de luz y saco el rosario que me trajo mamá cuando vino a visitarme hace unos meses. Cierro los ojos y decido escuchar el partido. Anular la imagen. Ir a Dios. Empiezo a pasar por cada Ave María, rezo diez, llego al primer Padre Nuestro, rezo uno, y justo, por los parlantes bajitos de la tablet, se escucha al relator imprimir el gol agónico de Julián Álvarez. Le pego dos, tres, cuatro, veces a la almohada de la emoción. Largo un suspiro.
Siento tanta paz interior que decido apagar todo y volver a dormir un rato. Siento mucha seguridad por lo que está sucediendo con ese grupo de jugadores cuando las cosas se ponen difíciles. Dejo el rosario en la mano y lo apoyo sobre el pecho. Confío en Dios, que en composición transitiva es confiar en los demás. Como las manos apretadas de mis amigos en el partido de Egipto. Como Messi pidiendo la pelota cuando nadie la quiere agarrar. Como el pase atrás (y a la carrera) para que el compañero saque la bomba con la derecha y tuerza el destino para siempre. Euge, una de las chicas, manda un meme al grupo con la foto del arquero de Suiza congelado. Sofi, otra de las chicas, le responde.
No es que la historia esté escrita, sino que la historia es una forma de escritura. Y la historia, como forma de escritura, está hecha de acontecimientos que se relacionan con la transcendencia. Hay dos formas de escribir. Uno escribe como se ríe o escribe como llora. Las dos formas son hermosas. Algo de eso dijo Nietzsche, pero Nietzsche acá no importa.
En particular, a mí me gusta todo lo que sucede alrededor de los acontecimientos trascendentales, de la Historia con mayúscula, soy más de los detalle que la arman, de la historia con minúscula: ¿cómo se llama el utilero que le preparaba todas las mañanas la ropa a los campeones del mundo en Qatar 2022?¿De qué color iba a vestido tu abuelo cuando se enteró por la radio que Argentina iba a la guerra contra Inglaterra?¿Con quién estaba tu papá cuando Maradona eludió a seis jugadores ingleses y metió el gol de todos los tiempos?
El fixture eligió que Argentina tuviese una final antes de la final. A nuestro país le toca jugar contra Inglaterra y la herida, que nunca cerró, cierra, ni cerrará, se vuelve a exponer. Pienso que todo lo que se atomizó contra Suiza tiene que volver a ser un átomo. El partido contra Inglaterra es una especie de condensación cuántica. Magia de la física. Lo que está disperso tiene que unirse. Los cabuleros tenemos que prestar más atención que nunca. El todo tiene que ser superior a las partes. Otra vez.
Falta un día para el partido, me junto con Christian, amigo de la República del Paraguay, a tomar unos tererés frente al mar. Los paraguayos toman tereré con agua fría. Sin jugo, sin limón, sin azúcar, sin nada. Así. Migrar es aprender a que te gusten cosas que antes no te gustaban. Hablan tan rápido que casi ni se les entiende. Migrar, debería ser, un acto de apertura plena, pero muchas veces, no lo es. No entender, querer. Si la procesión no va por dentro, viajar no te da nada. Si te quedas en casa todo el día con el celu, tampoco.
Le pregunto a Christian si quiere venir a ver el partido con nosotros. Durante el mundial seguí todos los partidos de Paraguay. Contra Alemania, le mandé un mensaje. Contra Francia, también. Armamos una amistad mediante el fútbol. Fútbol mediante. Eso es el fútbol, aprender a amar lo que otros aman. Unirse cuando el enemigo es más fuerte.
Sentado en las reposeras, frente al mar, recordamos que Argentina, junto a Brasil y Uruguay, fueron parte de la guerra contra el Paraguay, financiada y propulsada por el Imperio Británico para destruir el modelo económico de la potencia. Le pido perdón a Christian por eso. Lo acepta. Desde que estoy acá ningún español me pidió perdón por nada. A mis amigos, tampoco. En la tierra del simbolismo católico, falta pedagogía cristiana. Es así. Qué distinto sería todo si los pueblos adoraran más los pesebres que los palacios. Si las instituciones fuesen algo más que edificios vacíos.
La cita contra Inglaterra es en casa. El menú, sánguches de vitel toné. Cada vez que necesitamos que vuelva a nacer Jesús, inventamos una falsa Navidad. Pongo el peceto comprado la carnicería del viejo del Mercado Central de Ruzafa durante doce horas en vino blanco, sigo al pie de la letra la receta de Paulina Cocina, la cocinera más popular de la última década del país, no falla.
Tengo tiempo y ansiedad, entonces, para bajar un cambio, decido armar un altar. Busco cosas. Pongo una camiseta con la cara del Diego que compré en el Rotel de la peatonal Córdoba antes de irme, una estatuilla de la Virgen de Luján, de esas que te dicen si va a llover o no, que me trajo mi viejo de su último viaje a la costa atlántica, una representación en bronce de la Basílica de San Antonio de Padua que me regaló Úrsula, una gran amiga, de su último viaje a Italia, un cornicello rojo contra la envidia que traje de la primera vez que fui a Nápoles, una representación del Gauchito Antonio Gil que me regalaron en Mercedes de la última vez que fui a visitar su altar, un calendario con una foto del Papa Francisco, autorregalo del Vaticano, una foto que enmarcamos de Malvinas sacada por un ex combatiente, y el Rosario que me trajo mi vieja y usé contra Suiza.
Desde que llegué a Europa, especialmente a España, mi conexión con la fe fue clave. Lo que me mantuvo en eje ahora me tiene de rodillas. Paradoja existencial. Desarraigo y raíces. Creencias. Casi a los treinta años aprendí a arrodillarme. Hace varios meses que una vez al día, al menos, me quedo quince minutos arrodillado frente a la cama. Es un ejercicio. La fe no viene sola. Durante ese tiempo no rezo, no medito, no pido nada, no hablo. No hago nada. Dejo que el tiempo pase. Solo intento respirar y mantener mi cabeza vacía. Es un acto de conexión con algo que está más allá. Una especie de invocación al vacío contra el yo. Un boicot al mundo vertical y erguido que se propone. Una huida del presente. Desde que moví un par de fichas entendí que la posta está en achicarse, Dios le presta atención a lo chiquito porque él fue chiquito. Me gusta buscar gestos de devoción. Eso me dijo un amigo, para encontrar la verdad, la esperanza, tenés que creer menos en vos y más en los demás.
Enciendo tres velas y espero que lleguen los invitados. Ana sigue de viaje así que otra vez lo vemos sin ella. Me arrodillo frente al altar con la cara de Maradona y cierro los ojos. Para no excederme de tiempo, ni más ni menos, pongo el temporizador de quince minutos de reloj. Hay días que el tiempo pasa rápido, algunos normal, otros lentísimo. Esta vez es como abrir y cerrar los ojos. Quince minutos en los que en la cabeza solo está completa de negritud. Un parpadeo eterno. Cuando abro los ojos, una brisa de viento entra por la ventana y apaga las tres velas. Creer o reventar. El deseo está pedido.
Durante el partido siento mucha calma. Estoy entregado. A mis amigos, en primer lugar, a su fe. A los jugadores, en segundo lugar, a su fe. El gol de Inglaterra no me afecta, pero sí me pone alerta. Segundos después, le hablo a Aitor, novio de Maru, amigo vasco que me hice hace unos meses cuando fui de visitas a Bilbao. Le mando foto de la camiseta de Rosario Central que me regaló Juan Cruz Komar, uno de mis más grandes amigos de la infancia, que hoy en día tiene la suerte y elige defender los colores del cuadro de nuestras vidas. Le digo que, si damos vuelta el tanteador, se la regalo. Ese es mi sacrificio por el oro. La pérdida por la ganancia más importante de todas, la trascendental, con la que vas a ser rico para siempre.
Eugenia, la novia de Naza, me pide papel y birome. Anota el nombre del arquero y lo mete en el frízer. Bye, bye, Pickford. Después de ese acto, siento que el gol está al caer. Pase atrás de Messi. “Como contra México”, subrayo mientras sucede. Bombazo cruzado de Fernández. Gol. Naza me mira como si lo hubiese visto antes. Lo vi antes. Manos en jarra como Riquelme contra la tribuna. No vamos a parar. Otra vez, centro de Messi, elevación de Martínez en el aire, frentazo al primer palo. Gol. Toro, gol. Todo cambia. La efervescencia se multiplica hasta el punto de salir al balcón a gritar hasta quedarnos afónicos. Gol, Toro, gol.
Acá ya es de madrugada. Salimos un rato a festejar. Vamos a la Plaza del Ayuntamiento, en el centro de Valencia. Siento un poco de vergüenza. No me gusta el argentino arrabalero fuera de su tierra. Me da un poco de pudor. No es algo nuestro eso. O al menos yo lo siento así. Me dan cringe los banderazos. Desde chiquitito vivo lo popular desde otro lugar, desde el origen, desde lo que siempre fui. No puedo impostarlo. Mi adolescencia fue estar en una esquina con los pibes fumando un porro y tomando un vino para entrar al estadio, correr de la policía porque te quiere pegar un palazo antes de que te revisen el carnet de socio, inventar canciones y pintar paredes con aerosol. El fútbol para mí es eso. No quiero ser parte video de un Tik Tok de cien argentinos desperdigados en Valencia. Tampoco me interesa caer en la foto de Instagram con la remera de las tres estrellas frente a un ícono arquitectónico de la ciudad que elegí para vivir. Qué se yo, capaz me paso de anti, o de termo, o de nostálgico, o de pensativo, pero esa es mi forma de ser. Me gusta bailar tango donde se creó el tango. Escuchar cumbia donde se escucha cumbia. Vivir el fútbol donde se me transmitió el fútbol. Territorio y ADN. No es fácil, es la forma que elegí vivir. Seré más renegado, sí, menos gil, también. Acá aprovecho a comer paella, conocer las tradiciones de los demás, sino cuándo, sino dónde, sino quién, me va a enseñar la belleza de ser alguien más.
Hoy es la primera vez desde que me fui que quiero estar en Argentina. Extraño Argentina. Fuera de Argentina, soy un extraño. Eso también es bueno. Pero la extraño. A la vuelta, solo y tranquilo, me voy al mar a agradecer. A sentir mi cuerpo bajar la temperatura sobre la tibieza del mediterráneo. A bendecir con agua salada la herida que, en este momento, mi generación le vuelve a provocar a la Corona Británica. Tirado bajo las estrellas de la noche, reflexiono. Me arrodillo, otra vez. Mi viejo me contó de Maradona, de los goles, de las visitas, de las hazañas de esa Selección, de la fija que se jugaban los días previos al partido del ‘86. Yo creía que nunca iba a poder sentir algo similar, algo parecido. Que mi generación no estaba destinada a escribir en los libros grandes de la Historia. Pero algo sucedió. El tren de la historia ya no existe. Claro. Caída del muro de Berlín, todo chiquito. Ahora la historia va en un colectivo misericordioso que se llama Scaloneta. Y que le hace sentir, a todos los argentinos del mundo, distribuidos por la gracia de Dios, en cualquier rincón del planeta, que la justicia, esta vez, estuvo de nuestro lado. Que la verdad se puede escribir en una sábana en un cuarto de hotel, metértela entre los huevos, y mostrársela a la humanidad con una letra desprolija: “Las Malvinas son argentinas”.
A la final llego como un partido aparte. Tengo poco ánimo. Resaca emocional de todo lo que nos dieron nuestros morochos de barrios populares contra los chetos del Colegio Inglés. Hoy estoy más nervioso que entusiasmado. Con mucha bronca. A la mañana me toca trabajar. Los argentinos llegan por medialunas y sándwiches de miga. Pongo en el parlante el enganchado para la selección que hizo La T y la M para musicalizar el viaje del héroe de los veintitrés argentinos que hoy pueden volver a hacer historia. El que musicalizó todos los asaditos que comieron estos pibes creados y criados a carne vacuna.
El tema que más me gusta es uno que se llama Tierra de campeones (Pa’ la selección), porque me parece muy tierno el estribillo que dice así: “Es que, por eso, hoy grito soy argentino hasta los huesos, tierra de trabajadores buscando el peso, de la gente que confía en el proceso, de la que busca el progreso”. Sobre todo, porque no dice que somos los mejores, ni los peores, sino que dice que somos laburantes, algo que me gusta que podamos decir con orgullo. Aunque a la gente se le pague mal. Aunque la gente no llegue a fin de mes. Soy trabajador, soy argentino. Un bronce ahí.
Los clientes escuchan las canciones y sonríen. Todos están contentos, también nerviosos. Se juega una fija. Si me daban a elegir un país para jugar la final prefería cualquiera menos España. Me caen bien. Juegan bien. Y, además, los conozco de primera mano. Vi todos los partidos por la RTVE (señal pública de extrema calidad del Estado español). No sienten nervios en instancias decisivas, son como los brasileros. Es indiscutible. Pueden ganarte sin transpirar. O perder cinco a cero un partido que jamás creerías que podrían perder. El prejuicio argentino los cataloga como mediocres, insensibles, aburridos, dispersos, pero el español es algo más, no creo que esos adjetivos sean los que caractericen a este pueblo, si es que existe, o a la selección española, si es que existe. Más bien creo que después de la transición democrática, (España es un país dividido), acá se vive un relajo existencial, una forma de ser un poco menos neurótica, menos nerviosa, que tal vez, se deba a que las cosas acá, muchas veces fueron muy crueles y siniestras, que la forma en la que se narran a sí mismos sigue siendo un poco, bastante, injusta.
Durante los días previos a la final, la migración me construyó una balanza perversa, binomio del cual hablé con Paloma Chen, una amiga periodista valenciana, hace unos días para el diario Las Provincias. Nunca me fue difícil elegir entre país de origen y país de destino. Amo a mi país. Soy argentino. Tengo nacionalidad española por una Ley. Porque mi tatarabuelo nació en Cabrejas del Pinar, Provincia de Soria, y se fue a vivir a Villa María, provincia de Córdoba. Quiero todo lo que hay acá. Es así. Lo difícil es que el contexto me obligó a optar por la felicidad de alguien y la tristeza del otro. Y eso fue lo que sucedió. La final la sufrí más por el temor a sentir la alegría del otro y no poder compartirla que por sentir la alegría propia y no poder compartirla con el otro.
El partido lo vemos, otra vez, en la casa de Santiago y Sofía. En el vecindario del médico narcisista. Hace mucho calor y ellos tienen un buen aire acondicionado. Pedimos empanadas tucumanas, invitamos a Christian, el talismán paraguayo del partido contra Inglaterra, armamos unos vasos de gin con vermú y soda, un trago de acá que se llama Yayo (como el comediante), que pega como patada de burro y está “canchero para el verano” como dice Rodrigo De Paul. Durante todo el día tengo la presión baja. El cielo está nublado. No doy más. Las pasiones tristes que habitan mi ser futbolero operan con fuerza. Durante la final siento un vacío que no puedo resolver con ningún rezo. Tengo más miedo a perder que ganas de ganar. Tal vez eso también le pasó a la Selección. O así vi el partido.
El resultado es el que ya sabemos. Salimos de la casa de los chicos. Antes les doy un abrazo a cada uno, les digo que los quiero, les agradezco el viaje hasta acá, como si nos bajáramos de un auto. Con Ana caminamos unas cuadras, estamos los dos con las remeras de Argentina que nos regaló Rina, alrededor nuestro, de las casas, bares y edificios, la gente empieza a bajar a los gritos de “Campeones, campeones, olé, olé, olé”. Y, en ese instante, le pido por favor a Ana que consiga un taxi. Es la primera vez que siento que donde estoy no es mi lugar, no solo que no es mi lugar, sino que es lo más parecido que vivencié en mi vida al infierno. Sobre todo, porque estoy borracho. Conseguimos un taxi, le digo al taxista que agarre por una zona lejana a los festejos, vamos por el extrarradio de la ciudad hasta nuestra casa.
El taxi tiene aire acondicionado, están pasando un tema de Oasis, me pongo a murmurar el himno argentino en la cabeza. No sé cómo, ni cuándo, pero llegamos a casa. En tres horas tengo que salir a trabajar.
Con resaca, mal humor y poca onda. Salgo a la parada de colectivo. Hoy no agarro la bicicleta porque me resulta demasiado arriesgado con tan pocas horas de sueño. En la calle no hay un alma. Los trabajadores están en la esquina, un poco más contentos algunos, otros indiferentes porque la mayoría de los trabajadores de madrugada no son españoles, son latinos o africanos. Ja. Llego a la cafetería, prendo el horno, calibro el molinillo de café, respiro hondo. Es hora de abrir. Pongo en Spotify una playlist de Juan Quintero, el tema que sale por el parlante es No soy de aquí, ni soy de allá, ¡una reversión que el cantante y guitarrista hace junto a Mex Urtizberea y Milo J, en las sesiones FA!.
Entra la primera cliente, que, como siempre, los lunes, es Encarnación, o Encarna, como le gusta a ella que le digan. Ella es valenciana, pero vivió en Bahía Blanca, Argentina, junto a su esposo desde los 35 a los 50 años. Se fue con dos hijos (Manuel, que en ese momento tenía tres años y Juan, que en ese momento tenía cinco años) que nacieron en España y allá tuvo a Lola, su hija nacida en Argentina. Ella entra y, pícara, lo primero que me pregunta es si la voy a felicitar. Le digo: “Enhorabuena”, como sé que felicitan ellos. Y ella, me confiesa, que de verdad está un poco triste por sus hijos. Le pregunto por quién hincharon cada uno, y ella, ya grande, deduzco que debe tener más de setenta años por su piel y su andar, me dice que todos sus hijos hincharon por Argentina, pero lo que más le sorprendió fue que durante la ceremonia previa al partido, los tres se pararon en el living de la casa y cantaron las estrofas del himno argentino. Y, para no dudar, ella agrega y me dice: “yo también me paré en la parte de «Sean eternos los laureles que supimos conseguir, que suuupiiiiimos con-se-guir»”.
Cuando Encarna termina la performance, me doy media vuelta en la barra y noto como se me cae una lágrima por el costado del cachete. Después de esa lágrima vendrán muchas más. Durante todo el día. También mucho enojo impuesto desde las redes sociales. Mucha bronca. Demasiado disciplinamiento para un pueblo que acaba de perder una Final del Mundo. Déjennos llorar tranquilos. Tantos que en un momento decido desinstalar todas las aplicaciones del mal (X, Instagram y Facebook), del teléfono hasta llegar a casa y dormir la siesta. Duermo muy profundo, durante la siesta tengo un sueño, no lo recuerdo bien, pero el sueño me deja una enseñanza. Es una enseñanza azul, una caricia de distancia.
Hoy, más en frío, siento que este Mundial afuera me dejó algo. Siento que cuando no sabés muy bien para qué lado salir disparado, cuando el algoritmo y sus almas bellas te dicen que Argentina, que tu país, que vos, que quien sea, es el enemigo del momento, lo mejor que podés hacer es hablar, mirar hacia el costado, salir a dar una vuelta, ir hacia afuera, seguro alguno está viendo algo que vos no ves, y en eso que no ves, tal vez está la Copa del Mundo. Pero también, si te digo una cosa, te digo otra, siento que cuando no sabés muy bien dónde estás parado, capaz que lo mejor que podés hacer es arrodillarte, ese lugar en el que estás es el mejor que tenés.







